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La provocación es existir

La lluvia de piedras que eclipsó Vallecas el pasado miércoles ha distorsionado el debate de lo que es un asunto con mayor trasfondo. Si bien es cierto que la violencia política ha sido relativamente común en España, siempre había quedado relegada a pequeños grupúsculos.

Por normal general, la mayoría de las autoridades condenaban los hechos categóricamente y una pequeña excepción concentraba su excusa pública en una forma muy recurrente de cobardía: venga de donde venga. Pero ahora las cosas han cambiado y ni la excusa es recurrente para rechazar que a un paisano le abran la cabeza con un canto rodado. 

Los vecinos que acudieron al mitin de Vallecas el miércoles sufrieron una pedrada doble, siendo el primer lanzamiento el de los que allí acudieron a reventar el acto y el segundo el del hasta ahora vicepresidente del Gobierno, que después justificó el hostigamiento. Aunque quizá el lugar de reproche no deba dirigirse contra quienes justifican, pues personas así siempre hubo en cada pueblo, sino contra unas instituciones débiles que permitieron el acceso al poder de personas que están indispuestas a condenar un ataque violento en función de qué voto lleve en la mano su vecino. Quizá es mérito de quienes justifican y demérito de las instituciones que amparan, sea un ministerio o una consejería.

Lo destacable no son los disturbios, que también en cierta parte, sino que ese señor que acudió a un mitin en su barrio, donde VOX se hizo con el 12,18% de las papeletas en las pasadas elecciones de noviembre, vea cómo el que ha sido su vicepresidente le tacha de provocador.

Estas prácticas se remontan a los peores tiempos del País Vasco, donde ser un provocador era presentar una candidatura por el Partido Popular al ayuntamiento en Rentería. Después vino la deshumanización y la animalización del adversario político, cuyos últimos retazos vemos hoy en “festividades” como el Ospa Eguna, donde se caricaturiza con animales a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. 

No hay que remontarse muy atrás para comprobar cómo lo que provocaba la ira de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón era una ponencia de Rosa Díez en la universidad, si bien es cierto que por aquel entonces no usaron piedras, sino que se bastaron del escrache para evitar que la invitada hablara. Era 2010, Pablo aún no pensaba en política y seguramente no había desarrollado aún ese meloso tono.


La posterior ‘desinfección’ de la plaza donde se había celebrado el acto político, realizada con menores de edad, es la semilla que germina en el ser de una izquierda madrileña que no se perdona haber nacido en un barrio castizo en lugar de haberlo hecho en Sestao o Mondragón, por mucho que hubieran escuchado a Kortatu durante su adolescencia. Cuando la provocación es ser, entonces es un deber provocar.

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