miércoles, agosto 10, 2022

¡Santiago, y cierra España!

Hemos defendido en este lugar, ya en varias ocasiones, la idea del origen bajomedieval de España, y de que ni la Hispania romana, ni la Hispania visigoda (prolongación de la anterior) son España. Hemos defendido con Américo Castro, con Gustavo Bueno, que España surge a partir de la formación del reino astur y, sobre todo, a partir de su consolidación con Alfonso II.

Y, precisamente, uno de los elementos ideológicos fundamentales que acompaña al proceso fundacional ovetense de Alfonso II (llamado «el primer peregrino»), y que significará una desconexión clara, en general, con respeto a la Hispania visigoda, es la formación del mito de Santiago.

En principio, Oviedo va a buscar su prestigio, en tanto que urbs regia y sede episcopal, a través de la reunión allí de una colección de reliquias a las que rendir culto (pignora sanctorum). El culto a las reliquias se extendió por todo Occidente durante la Alta Edad Media y su proliferación respondía al respeto y veneración por los mártires de las persecuciones paganas, de tal modo que, en los despojos de los mártires y otros restos asociados al mensaje evangélico (desde la misma cruz de Cristo, indumentaria, clavos, corona de espinas, etc), se creía tener constancia de la realidad providencial del cristianismo como vía escatológica. En ellas convergían los valores sagrados del fetiche y de la santidad, al dotarlas de poderes taumatúrgicos y protectores ante las acechanzas diabólicas, de tal modo que se muestran y veneran como un acceso evidente y material a lo divino. Además, ofrecían una alternativa de culto, controlada, frente a otros cultos (fetichistas, animistas) de origen popular, paganos, que muchas veces tomaban la forma de aberrantes supersticiones.

Entre los años 900 y 1100 se produce una auténtica fiebre en el tráfico de reliquias, coincidiendo con las expediciones Cruzadas al Oriente, de tal modo que se multiplican por todas partes los hallazgos y traslados hacia las iglesias del Occidente, sea como fuera como se produce su adquisición (incluyendo el robo o furta sacra). Naturalmente la política no desaprovechó esta capacidad aglutinante de las reliquias, y, contando con que podían extender su égida numinosa a los pueblos o entidades políticas encargadas de su custodia, el poder político trató de legitimarse en torno a su propiedad. Así, por ejemplo, en Francia la dinastía merovingia ya lo había hecho con San Dionisio, uno de los pocos mártires de origen galo, cuya veneración se vio acrecentada después por los carolingios y por los Capeto. Los reyes custodiaron sus restos en la abadía de Saint-Denis (en donde, por cierto, surgirá más adelante el gótico) y «Montjoie Saint-Denis» se convertirá en el grito de combate de los franceses. En Sicilia, por su parte, el principado normando allí instituido quiso justificarse como poder político a través de las reliquias de San Nicolás, rescatadas del Asia Menor en las Cruzadas, y fundó para ello una espléndida iglesia en Bari que tanta transcendencia tendrá posteriormente (al fundirse con tradiciones nórdicas y formar la figura de Santa Claus).

En esta línea, Oviedo no va a ser menos, y va a convertirse en un centro de colección de reliquias atesoradas en la Cámara Santa, con la cruz de los Ángeles, la hidria o tinaja de las bodas de Canaá, y, sobre todo, quizás la más destacada, el Arca Santa, se supone procedente de Jerusalén. Pero, además, en el capítulo de los cuerpos de santos y mártires, custodiados también en la iglesia de San Salvador, Oviedo se convirtió en el centro depositario de las reliquias procedentes del ámbito visigodo, de nuevo como heredero de su palacio e iglesia. Así, se apropió de los restos de santa Eulalia de Mérida, de santa Leocadia de Toledo, y de los recientes mártires cordobeses Eulogio y Leocrisa, rescatados de al-Ándalus más tarde, en el 884. De este modo, «Asturias se fortalecía con la herencia carismática de las sedes más importantes del desaparecido reino visigodo (Mérida, Toledo y Córdoba) como primer paso para reclamar en el momento oportuno la primacía o capitalidad eclesiástica de la península en claro preámbulo de otra de orden político», aclara Márquez Villanueva (Santiago, trayectoria de un mito, Ediciones Bellaterra, 2004, p. 143).

La cuestión es que, sin ningún precedente visigodo, irrumpe el hallazgo del sepulcro de Santiago y lo hace en una fecha, no muy segura, pero sin duda con el reinado de Alfonso II ya avanzado (las fechas aproximadas que se barajan lo sitúan entre el 818 y el 842).

El hallazgo viene precedido, en el contexto de la querella del adopcionismo, de la idea, expresada en los Comentarios al Apocalipsis, del Beato de Liébana (año 786), de la evangelización de la Península ibérica por el apóstol Santiago, en donde por primera vez se le invocaba como patrono y protector de Hispania en un himno litúrgico, O Dei verbum, dedicado al rey Mauregato.

La noticia de la predicación de Santiago en la Península ibérica comenzó a conocerse a partir de la difusión por Occidente, en su versión latina, de un Breviarium Apostolorum de origen griego, cosa que no ocurrió hasta ya avanzado el siglo VII. La idea de un apostolado jacobeo peninsular fue ignorada para la Hispania visigoda. Así, en sus enciclopédicas Etimologías, San Isidoro no se hace eco de la predicación jacobea en la península, como tampoco San Julián, que conoció el Breviario en su versión latina, sitúa al apóstol en tierras hispanas. Se ha discutido si existían referencias en la tradición isidoriana de la predicación de Santiago en Hispania, pero las que existen se deben, más bien, a interpolaciones posteriores. El hecho, en definitiva, es que a Santiago nunca se le rindió culto en la Hispania visigoda.

El beato de Liébana produce así un preparado emocional, al margen del debate teológico, que ponía al reino asturiano, recién formado, bajo el patrocinio protector y auxilio del apóstol,

«Oh, dignísimo Apóstol,

cabeza de oro refulgente para España,

nuestro defensor y patrono vernáculo

sé desde el cielo la salud alejando la peste,

destierra toda enfermedad, herida y crimen»

y haciendo que, dada ya la justificación mítica, el «hallazgo» de sus restos fuera cuestión de tiempo.

La invención del sepulcro de Santiago, y su descubrimiento en Compostela, se produce tras la iniciación de las estrechas relaciones entre Alfonso II y Carlomagno, y va a significar, en el contexto de las pignora sanctorum, una «operación de salvamento», como dice Márquez Villanueva, al rescate de una península inundada por el islam, pero que aún guarda la esperanza de su restauración cristiana a partir del reino de Asturias, en la esquina del finisterrae occidental.

En el contexto de la dialéctica geopolítica de bloques de finales del siglo VIII y principios del IX, la figura de Santiago aparece para justificar la vuelta de la península al cristianismo, puesto que había sido Santiago mismo, con su acción apostólica previa, y por impulso del mismo Cristo (que había empujado con su propio pie la “balsa de piedra” en la que llegó Santiago a la costa peninsular), quien había introducido a Hispania en el círculo sotereológico cristiano. Santiago, en sí mismo, cabalgando ahora en favor de los reyes de Asturias, representa con su patronazgo la idea de la restauración peninsular del cristianismo.

La calidad carismática del hallazgo, teniendo en cuenta que se trata de un apóstol y que, además, mantiene relaciones de consanguineidad, según noticia bíblica, con el mismísimo Cristo («no vi otro Apóstol que Santiago, hermano del Señor», Gál. I, 19), a través de María (o como fuera), superaba cualquier posesión carismática en esta latitud, puesto que se trataba del único cuerpo apostólico de todo Occidente. Santiago ofrecía así una novedad, ajena a las tradiciones visigodas y mozárabes, que sellaba la penetración del rito latino en la península, «verdadera piedra angular de la occidentalización peninsular», dice Márquez Villanueva (sin que esa homogenización «europea» signifique, en todo caso, quedar absorbido por el contubernio carolingio-papal).

El significado del mito de Santiago, en cualquier caso, está lleno de matices, pero uno de los principales es el de ser expresión de la voluntad imperial de la monarquía asturiana. El «Santiago y cierra España», por cierto, convertido también en divisa, en lema de combate, no tiene nada que ver con una idea de clausura, ni de atrincheramiento, como muchas veces ha sido interpretado, sino con el latino-vulgar «serare», en su acepción de «embestir».

El patronazgo de Santiago, en definitiva, es representativo de un programa político que ordena una sociedad cuya morfología, tanto política, como sociológica, jurídico-administrativa, urbanística, lingüística, no guarda continuidad, como no la guarda el mito jacobeo, con ese orden gótico (visigodo) anterior.

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