martes, agosto 16, 2022

La verdad tiene solo un camino

Recuerdo con pasión algunas de las mejores conversaciones de mi vida en aquella que me surgió en el 2010 cuando me dijeron: “la verdad tiene un solo camino… y siempre se impone, aunque el tiempo haga que olvidemos lo que queríamos saber, existe la historia y la documentación para ponernos en nuestro sitio”.

Me encantaría que eso se cumpliera siempre, como esos que desean en los “nuevos cristianos renacidos” que las palabras del antiguo testamento en lo que refiere a la justicia y colera divina se ejecuten con precisión quirúrgica en la Tierra… pero me temo que la justicia poética, y la infinitud del esfuerzo de memoria, o entra en contradicción con la máxima del “perdón cíclico al que mal hizo”, o resulta ser una “suerte de venganza que todo lo apunta”. En cualquiera de las dos posiciones siempre hay alguien que sufre por una estéril reparación que nunca se dará o que amarga su tiempo por ver lo que no le está permitido.

Pero algo hay en nosotros que nos hace creernos siempre con derecho a sentirnos “especiales”, algo que siempre está preparado y presto para el juicio, pero parco en la reparación. Muchas veces me “tembló el pulso” a la hora de cumplir mi función de franco tirador, y se me fueron “de rositas” necios, irreverentes, egoístas y trapaceros; como tantas otras veces en las que un pulso firme resultó señalar a quien luego se me mostró como tratado injustamente. Lejos de ser un “castigador” al modo cinematográfico, con pasado turbio y destrezas “propias de un ser mítico”, siempre me he cuidado en no juzgar. La única salvedad es la estructura formalista en la intento basar mis decisiones, sabiendo que es cuestión de tiempo que la vara de otros “midan mis costillas”.

Vivir es equivocarse, y el único que nunca se equivoca es el que cumple unos de estos tres arquetipos: el nunca hace nada y flota en corriente por lo que huye de responsabilidades que no vengan “marcadas” por ídolos de cualquier tipo (ahora son los influencers y gente de buen vivir enseñando a los demás cómo vivir); el que se pliega y repliega según vela, aparejo o corriente, y que suelen ser gente de medro fácil en un mundo de gente necesitada de seguidistas; y los peores de todos, los que no actúan ante nada que les suponga un compromiso y que pasan por la “tierra” de sombra en sombra esperando la oportunidad de parasitar a alguien o a un sistema.

Es erróneo pensar que son gente dócil o sin carácter, todo lo contrario, son tan ególatras y narcisistas que nada les mueve que no sea el beneficio ocasional; eso que en política se llama tacticismo, y mi abuela llamaba sencillamente: mala gente.

Los cursis y adoradores de libros de autoayuda y frases hermosas sacadas de contexto los llaman “vampiros energéticos o gente tóxica”. Pero no son tóxicos porque eso se aplica a algo biológicamente perjudicial al ser ingerido, y no veo a esos creyentes de la “New Age” o de la mala lectura de la “inteligencia emocional“ como caníbales, dado que son gentes melindrosas y fáciles de escandalizar; como tampoco creo que tengamos que recurrir a mitos decimonónicos creados entre absenta y aburrimiento intelectual.

Hay gente mala, perniciosa, nacida con el atributo de cualquiera de los pecados capitales, resumidos en uno: maldad intrínseca. No necesariamente criados en entornos negativos o sin falta de cariño y sanas costumbres. Sencillamente son… el mal con erguida bipedestación.

La verdad sólo tiene un camino, pero no es dogmático, puesto que no se trata de funciones heterónomas o escritas en libros de cualquier tipo; como tampoco es relativista, por que en toda cultura, época y tradición siempre se tuvo un consenso de “que pasta era esa gente”.

Son ellos y no otros a los que debo agradecer mi predisposición a no callar ante la ignominia, frenar a los pedantes (los que habla de oídas, de lecturas de resúmenes, los que pontifican de lo que no saben), y decidir, con gran pesar para mi entorno, denunciarlos sin medir consecuencias. Es lo que tiene el formalismo conductista, hacer lo que se deba, aunque te perjudique.

En ocasiones, pocas he de decir, me han inquirido sobre “los seres” que aparecen en mis diatribas. A todo requerimiento he respondido con sinceridad, incluyendo si el que pregunta ejecutaba alguno de los comportamientos implícitos en el texto. Esto me ha labrado algún desagradable resultado: mentiras en foros sobre mi vida y pasado, criticas en instituciones de las que dependía mi sustento, y la mejor, que no la última, la reapertura de búsqueda de informaciones o expedientes para bucear en alguno de los centenares de errores cometidos por mi lenguaraz comportamiento. Siendo mi pecado la necesidad de tener un poco de viejo testamento en este mundo posmoderno, el deseo de “poner pie en pared” cuando la molicie y las malas artes campan entre nosotros.

Como en la fabula de la rana y el escorpión que comparten necesidad de cruzar el rio, me temo que periódicamente tengo la manía de “morder” la mano de cierta gente. Pero a estas alturas nadie me ha dicho que los “señalados” no fueran en verdad y en todos sus términos unos vende-patrias, corruptores de moral ciudadana, aprovechados del esfuerzo de otros, ladrones de ideas y pureza de “juniors”, e incluso difamadores del “quítate tú que me pongo yo”. En cualquier caso hay que reconocer su brillantez en tener el embaucamiento propio de “serpientes” y que cuentan con una gran virtud, la de saber reconocerse entre ellos, como “perros oliendo y lamiendo las partes del contrario”. Esos ritos unen tanto o más que la sangre, la bandera o la sociedad, precisamente porque esquilman a los suyos, injurian a su bandera vendiéndose al postor de moda, y como los “demonios inteligentes” de Kant, la sociedad es para ellos “el jardín de sus delicias”. Siendo lo más cercano a su imagen las deformes figuras antropomorfas de “El Bosco”.

He renunciado a la justicia en este mundo, pero no a creerme que las cosas deben cambiar y hacer lo posible “para que la verdad tenga un solo camino”. Para lo cual, no tengo inconveniente en seguir “disparándome al pie” cada día.

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