sábado, diciembre 3, 2022
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Anatomía del cuñao

Se acerca la Navidad y, con ella, el frío, las rebajas y las aglomeraciones. Pero si algo caracteriza estas fechas o, mejor, la forma que tiene el hombre contemporáneo de vivirlas son las comidas y las cenas. Ya a principios de noviembre se anuncia la del trabajo, esa en la que muchos jefes terminan por olvidarse de su rango, hasta de su sueldo y su corbata, y echan unos bailoteos con los becarios. Luego se anuncia la de los amigos, menos previsores, que sólo sale adelante cuando uno toma la iniciativa y reserva en un asturiano o en un asador que le han recomendado. Y después las familiares, para las que uno confirma su asistencia a principios de diciembre cuando, en realidad, llevan un año programadas.

Pues bien, esas cenas, tan diferentes entre sí, comparten un elemento que las une: la concurrencia del cuñao. En efecto, en todas ellas hay por lo menos uno, a veces varios, y uno tiene que ser capaz de reconocerlo(s). De lo contrario, se verá obligado a hacerse una pregunta incómoda, dolorosa, que los menos humildes jamás se han hecho y lo más honestos reconocerán que les ha atormentado alguna que otra vez: ¿seré yo? Y es una pregunta difícil de contestar porque no existe un solo tipo de cuñao, ni siquiera una definición concreta o precisa del término, pues, como «democracia», «cuñao» se dice de muchas maneras. Existe el cuñao futbolístico, que es consciente de la eficacia del doble pivote y también de la importancia de jugar por las bandas, el político, que asegura que «quien no vota no puede quejarse» y que «los extremos se tocan», y el taurino, que grita al torero «¡crúzate!» independientemente de cómo se haya colocado. Pero el más representativo de la especie es el cuñao gastronómico, que sabe dónde se comen los mejores callos y la mejor oreja, y que siempre —¡siempre!— tiene un amigo que le consigue el jamón o el marisco o el vino a mitad de precio.

Por eso, si uno tuviese que señalar una característica del cuñao creo que sería la siguiente: es, ante todo, alguien que sentencia, que pontifica, que habla en forma de homilía. Y además no lo hace por envanecimiento, por orgullo, sino por caridad: como él ya lo sabe todo, procura transmitírnoslo para hacernos partícipes de su sabiduría, un poco como el que en el mito de Platón logra salir de la caverna y vuelve a contar a los de abajo lo que ha visto. Cuando nos habla del poso del vino, de su cuerpo o de los taninos no busca tanto impresionarnos como compartir con nosotros las verdades que le han sido reveladas. Que lo hace por nosotros, vaya, por nuestro bien. Y lo mismo cuando se ofrece a comprar el jamón: sólo trata de que nos ahorremos algo de dinero.

No obstante, el cuñao tal y como lo conocemos está en peligro de extinción. Es un anacronismo, una anomalía en un tiempo cosmopaleto y progresista; es, en fin, de lo poco que nos queda de esa Españita feliz en la que los adultos compraban discos en gasolineras y los niños comían Frigopiés. Su espíritu, en cambio, no desaparecerá nunca: podrá cambiar el fútbol por los videojuegos, hacerse antitaurino, incluso comer tofu en lugar de jamón, pero seguirá iluminándonos a todos con sus sentencias, con sus homilías, con sus comentarios.

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