martes, junio 28, 2022

¿Cultura? ¡Gratis no, gracias!

El acceso a la Cultura, en mayúsculas y en general (literatura, teatro, música, imagen, bellas artes…) nunca ha sido más redundantemente accesible. Lo que no podría sino ser algo por lo que felicitarnos. Incluso se llega a decir de manera enfática que se ha democratizado (sic). Confusión absurda e intencionada para no usar la palabra «vulgarizar», que se tiene por algo ofensivo, aunque sea sinónimo directo de «popularizar». Y lo popular parece que es conseguir que cualquiera pueda conseguir ir al teatro, adquirir libros, o asistir a conciertos, sin tener que ser miembro de una clase económicamente elitista. Lo más curioso es que este acceso universal no es nada nuevo. Lo nuevo es que ahora se ve como normal que sea gratuito. Y no existe nada gratis. Nada.

Recuerdo cuando de estudiante se podía ir al Teatro Real al llamado «paraíso» por cinco duros. Esto es, 15 céntimos de euro. Y, por supuesto, ir a la biblioteca y tener un carné de la misma, era algo más que normal. Cosa que afortunadamente aún ocurre y es posible. Aunque ya no existan más que numantinamente aquellos quioscos de venta, compra e intercambio de novelas y tebeos. ¡Economía circular lo llamarían los modernos de ahora! En vez de plataformas on-line había videoclubs. Y en suma, el acceso a la cultura era tan posible como en esta época wikitecnológica. Pero lo que no ocurría es que se pretendiera que tal acceso fuera, como dirían los castizos, por la jeró. O los clásicos, de bóbilis. Que así acabó llamándose a la sopa que iba de balde y que llamaron boba.

Y bobos acaban siendo quienes terminen trabajando en el mundo cultural, pues para ellos no les queda sino aferrarse al cacillo menesteroso del Estado para esa cosa tan tonta como querer comer todos los días. A no ser que se coja un carrito bien colmado del Carrefour y se haga uno un Cañamero – Gordillo huyendo con el botín. Tal vez las proveedoras de servicios eléctricos como Iberdrola o Gas Natural, o cualesquiera de ellas, fueran benévolas en sus facturas si los rapsodas les dedicaran silvas y sonetos en su honor; o los músicos les consagraran baladas. Es de imaginar que los bancos no tendrán en cuenta la revisión del EURIBOR a la hora de aumentar las hipotecas a pintores, escultores, fotógrafos, diseñadores gráficos… a cambio de que todos ellos les hagan retratos, como si de nuevos Médicis se trataran.

La realidad es que, no contentos con que la gente dedicada a la cultura, incluyo a los promotores que intentan que la misma llegue a cuantos más mejor, tenga que pagar la hipoteca, la electricidad, el agua, la calefacción, e incluso comer todos los días, resulta que como en pocas otras profesiones vamos a encontrarnos con que su trabajo, el de cualquiera de ellos, sea el menos valorado. Y sin querer confundir valor y precio, menos pagado. Porque cada vez más se entiende que, como el acceso a la cultura ha de ser universal, nada tiene que pagar el ciudadano para disfrutar de ella. De este modo, las quejas por el precio de los libros es tan recurrente, que me sorprende cuando la gente, en el uso de su libertad (faltara o faltase), no se queje del precio de los gintónics de marca, que cuestan exactamente lo que un bien editado libro de bolsillo.

Que se forme una batahola por el precio de las entradas al teatro, pero no por el de los abonos de los eventos deportivos, especialmente los que tengan una pelota de por medio. Que el entrar en un museo haya de serlo previo paso por taquilla (¡qué escándalo!) cosa que nadie pone en duda para entrar en cualquier parque de atracciones conocido, donde un refresco vale más que la susodicha entrada a cualquier museo. Sé que habrá quien arquee la ceja tras estas evidentes muestras de argumentaciones tendenciosas queriendo llevar de este modo el ascua a mi sardina. Pero déjeme que les cuente realidades y no presuntos sofismas.

¡Anda, qué cuadro más bonito! A ver cuándo me haces uno. Y me lo regalas, claro. ¿Tú tienes libros tuyos? ¡Ya me podías dar alguno! ¡Hala, qué fotos haces! ¿No te importaría hacerme un book gratis? Oye, que he visto que tienes un grupo de música. ¿Qué te parece si te vienes a mi local y así te promocionas? ¿No podrías venir a dar una charla a mi asociación? ¡Si total, tú de lo que hablas ya te lo sabes de sobra! Me encantaría que vinieras a mi programa de radio o televisión. Aunque ya sabes que sólo podemos pagarte con cariño…

Juro que voy a intentar esta última acepción cada vez que vaya al taller a reparar algo, así me ponga de grasa de motor hasta las cejas del par de ósculos que le plantaré, bien sonoros, al mecánico. Con la cajera del súper, con un mega abrazo que no me librará de la demanda de acoso, aunque un carrito con la comida del mes por tal achuchón merecerá la pena. Al fontanero o al electricista que venga a casa, que hasta chispas saltarán del cariño que le brindaré de manera altruista y generosa. Al director de la sucursal del banco le invitaré todos los domingos a un cocidito casero con mucho amor, que seguro que así me exime hasta de las comisiones. En suma, mucho cariño y amor de parte de la gente de la Cultura, así, en mayúsculas. Porque mayúscula es su situación si seguimos con la mentalidad de que artistas y creadores no merecen ser pagados por su labor. Sea la que sea.

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