martes, junio 28, 2022

Un 2 de mayo del pueblo… sin el pueblo

Divulgando que es historia

El 2 de Mayo en Madrid es mucho más que una fiesta local. O así debiera de ser. Fue el momento de lo que podría considerarse el inicio de la nación española en su concepto moderno. Una revuelta popular donde quedó claro dónde residía la soberanía. Nadie podrá poner ya en discusión que esto es un lugar llamado, España. Una España milenaria fruto de una evolución geográfica e histórica, de leyendas, reinos, conquistas y reconquistas. Una empresa común que circunnavegó el orbe y que paseó sus pendones a costa de la sangre de un pueblo que, precisamente porque sabe morir, sabe vivir.  Pero no vivir a costa de imposiciones extranjeras.

Ese orgullo, defecto patrio que tanto ha hecho marcado el tópico del carácter español, saldrá a la luz cuando dos alcaldes de un entonces insignificante pueblo como era Móstoles, declararán la guerra nada menos que al Emperador de toda Francia, señor de Europa. Con un par. Contra los casi 40.000 soldados que rodean la capital. La flor y grana que bajo la tricolor francesa, lucharon en Austerlitz, Marengo, Friedland… Granaderos de la Guardia, lanceros polacos, mamelucos egipcios, coraceros imperiales, artillería de campaña e infantería irlandesa… Todos enseñoreados de un Madrid sin reyes. Sin poder. Pero con mujeres, hombres y niños que iban a demostrar ese día al mundo lo qué era un pueblo en armas… aunque tales fueran viejos trabucos, facas de muelles, tijeras de costura, adoquines de las calles, o tiestos de los balcones.

Madrileños todos, como el sevillano Luis Daoiz, el cántabro Pedro Velarde, el ceutí Jacinto Ruiz, la vallisoletana Clara del Rey, o la madrileña de origen francés, Manuela Malasaña. Tantos fueron que supuso la derrota más memorable que nunca ocurriera en solar hispano, y la victoria más cruel y peligrosa que tuviera Napoleón Bonaparte, cuya gloria y estrella empezaría a dejar de brillar por primera vez en estos pagos. Esto fue el Dos de Mayo. Un día que hoy se ha convertido tan sólo en festividad de una de las Comunidades Autónomas que menos quiso serlo, y que se celebra a base de un menguado desfile, unos actos donde lo más importante es el gran cóctel en la Antigua Casa de Correos de la Puerta del Sol, y en el botellón promocionado a los pies de la puerta del Cuartel de Montelón, en tiempos bañado de sangre, y hoy de calimocho, cerveza tibia y vino peleón, servido en vasos de  antiecológico plástico.

¿Qué pasaría si unos cuántos locos decidieran ese señalado día tan importante de nuestra Historia, recorrer los hitos fundamentales de aquella jornada irrepetible? Pues que su periplo sería un sordo paseo rodeado de guiris ignorantes  de esta fecha, coches oficiales colapsando el centro capitalino, y jóvenes que si se les preguntara en plena kermese matutina qué ocurrió un 2 de mayo, seguramente responderían con otra pregunta: ¿de qué año?

Esos locos viajeros del tiempo tendrían que comenzar su periplo en lo que era en tiempos calle y nimia explanada junto al Palacio Real, y hoy es la Plaza de Oriente (llamada así por la orientación Este de la fachada de dicho palacio), junto a la placa de 1947 que recuerda aquel momento, sin que hoy nada la orne especialmente. El lugar donde los «héroes populares iniciaron en este mismo lugar la protesta y sacrificio contra las tropas extranjeras». Así reza.

Ese día la puerta de Palacio no habrá guardias a caballo que recuerden el evento. Sólo bostas sin recoger de los equinos de la Municipal (quién sabe desde cuándo), y algún coche patrulla de la Benemérita impidiendo aproximarse a la puerta del Príncipe a toque de sirena. Ni acercarse siquiera a la estrella olvidada y desconocida que marca el Meridiano de Madrid dejan. ¡Porque hay un Meridiano de Madrid!

Imaginarán los crononautas los cuarteles de Murat donde están hoy los Jardines de Sabatini. La llegada de los cañones desde ellos. El primer muerto cuando intentan los madrileños impedir que se lleven al infante de Paula. Pasarán por donde estuviera el Convento de San Gil, de donde un páter saliera corriendo para avisar desde unas gradas públicas a sus convecinos de lo que ocurriera. Seguirán sus pasos a través de la calle de Santiago hasta llegar a la Plaza Mayor. A una de sus esquinas, donde se haya una escalerilla de piedra que da acceso, bajando, a la calle Cuchilleros. Ahí se encuentra el único púlpito civil de Madrid y uno de los últimos de Europa. El que fuera ocupado durante lustros por un monigote de papel maché atado con una cadena, propiedad de una tienda de al lado. Y que sigue olvidado sin poder ser admirado, en el mismo estado deplorable que antes de los ¿fastos? del pomposo e inútil IV Centenario de la Plaza Mayor. 

Los cronoviajeros seguirán intentando recordar aquella carga de los dos mil coraceros subiendo por la calle Toledo; la imagen de la cincuentena larga de presos que piden salir de la Cárcel Real (hoy Ministerio de Asuntos Exteriores); pretendiendo recordar cómo sería aquella Puerta del Sol donde en vez de mamelucos, decenas de coches de lunas tintadas la obturan. Donde en vez de trincheras hay vallas del Ayuntamiento. Donde no queda otra que ver la placa en honor de aquellos madrileños desde lejos por motivos de seguridad del opíparo cóctel.

Lo suyo es que intenten llegar al parque del Cuartel de Monteleón como chisperos y manolas hicieron en busca de armas. Allí seguro que hay gentío, aunque esta vez arremolinado a las barras de bar improvisadas en las calles de San Andrés y aledañas. Allí verían cómo Daoiz y Velarde aguantan impávidos, no la carga de la infantería de línea gabacha, sino el estruendo del típico concierto callejero de nada épicas proporciones. Ambos dos unidos, enarbolando huecas empuñadoras, pues sus espadas (¡una vez más!) habrán sido robadas o seguirán rotas.

El grupo de viajeros deberían marchar al hospital donde todos los heridos fueron atendidos. Una iglesia cercana que estará cerrada, claro. Allí donde atendieron a los eternos artilleros. Se encaminarán hacia la de la Buena Dicha, cerca de Gran Vía y que también hiciera de hospital, donde reposaron muchos de aquellos héroes hoy desconocidos, aunque también conocidos como Clara del Rey… que también estará cerrada. Les sería imposible el llevar un centro de flores con los colores nacionales para honrarles. Sabrán que tampoco pueden ir al Cementerio de la Florida, donde se encuentra la llama votiva. Lugar que la tradición marca como sitio de los fusilamientos retratados por Goya. Pero que incluso en un día como hoy, ¡como éste!, cierra funcionarialmente a las 15 horas. No sea que vaya gente a rendir respetos a lugar tan señalado a lo largo de la festiva jornada.

Al final sólo les quedaría el marchar al arrumbado monumento de Aniceto Marina, curiosamente el que conmemora y recuerda al pueblo en ese 2 de Mayo, y que durante los tiempos ha ido viajando hasta quedar olvidado entre la Plaza de España y la calle Ferraz. Un monumento sorprendentemente olvidado. ¡Qué mejor sitio sería para leer la célebre oda de Bernardo López! «Oigo, Patria, tu aflicción…». Y así poder depositar finalmente esas flores rojas y amarillas sobre el viejo escudo de Madrid con el dragón, la osa y la corona cívica, en un acto discreto y alejado de celebraciones oficiales. Las que han dejado el recorrido por la Historia en este señalado día, para iniciativas privadas. En cierto modo es lógico. ¿Acaso no fue el pueblo de Madrid y no sus políticos los auténticos protagonistas de algo que ha pasado a la Historia como el 2 de Mayo? ¡Pues de ese modo sería un homenaje popular paseando por el tiempo y la Historia, en la debería de ser Fiesta Nacional de España!

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