jueves, diciembre 9, 2021

Sobre Antonio Escohotado

El sábado por la noche, Jano nos contó que Escohotado estaba mal: «Es cuestión de días o de horas», decía el mensaje. Al parecer, estaba decaído, triste, y llevaba un tiempo sin fumar. Claro que Coco y yo no creímos que fuese serio. 

Lo cierto es que yo a Escohotado apenas lo conocía, y si pude ir a verlo a Ibiza hace un mes fue solamente gracias a Jano, que le había hablado bien de mí. Llegué nervioso, con la incómoda sensación de saberme casi infiltrado, y recibí ese trato amistoso y cercano que uno reserva para sus íntimos. Sospecho, sí, que ayudaron las referencias, pero también sé que no lo explican todo. Porque nada le obligaba a invitarme a cenar, a debatir conmigo o a enseñarme a preparar su cóctel favorito y, sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo. 

Del personaje queda poco que decir. Todos conocemos sus libros, sus conferencias, sus intervenciones en los medios; todos hemos leído los periódicos estos días. «De los filósofos españoles más importantes del siglo XX», decía uno; «el gran defensor de la libertad», decía otro. Y han recordado sus viajes, Los enemigos del comercio, Amnesia e Ibiza, la polémica con Maradona, la cárcel y su Historia general de las drogas. También ha habido algunos que han dicho no sé qué de su teoría del comercio, como si en tiempo de pena, lamento y luto cupiese un debate sobre economía. 

Cuando me enteré de su muerte, pensé en lo feliz y tranquilo que la habría recibido. Estoy seguro de que la miró directamente a los ojos y casi seguro de que le ofreció un cigarrillo. Entonces me acordé de que Aristóteles, en alguna parte —no recuerdo si en Ética a Nicómaco o en De Anima—, dice que no se puede saber si uno ha tenido una vida eudaimónica hasta que muere, pues la forma en la que uno afronta la propia muerte revela si ha sido verdaderamente feliz. Y pensé que, si Aristóteles tenía razón, Escohotado tiene todas las papeletas para haberlo sido. 

Ahora que ya no está, el filósofo madrileño deja amigos, familiares y una obra extensa; deja hasta un tratado de ontología que elogió en su día Gustavo Bueno (Realidad y substancia). Y deja también una legión de seguidores que lo admiran y lo leen con fruición. Entre ellos yo: antiliberal, receloso de las drogas y, supongo, enemigo del comercio. Gracias a él, ya nunca beberé Baileys sin whiskey y siempre —¡siempre!— echaré dos hielos en lugar de uno. Da igual que sean las doce de la mañana.

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