viernes, diciembre 2, 2022
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Luis Padrique

La nariz rota cortesía de Tassotti en aquellos (malditos) cuartos de final del Mundial ’94 contra Italia. El puente aéreo de Madrid a Barcelona que todavía le siguen recordando y recriminando algunos. Ya como técnico, el famoso andamio en los entrenamientos. También las ruedas de prensa ‘a lo Mourinho’: tan pronto una declaración altisonante como una pregunta sin respuesta… ¡y hasta un villancico! Sin olvidar el tuit reivindicativo del cuadrito, “solo por poner las cosas en contexto”. Y ahora el más difícil todavía: los cascos de streamer. Todos esos elementos conforman, de una manera u otra, a Luis Enrique Martínez. Desde hace un tiempo rebautizado, y merecidamente, Luis Padrique.

No será el que escribe quien se aventure con una cábala de cómo concluirá España su participación en Qatar 2022. Que el precedente continental del baloncesto bien merece estar, por si acaso, calladito. Lo que sí me atrevo a pronosticar es que el santo y seña de los hitos y descalabros de nuestra selección de fútbol en tierras de los jeques va a ser el bueno de Lucho. Un referente como no hay otro en esta Roja.

Detrás de esa presencia suya tan proclive a la animadversión, uno está más que convencido de que se esconde una persona totalmente distinta al personaje. A la primera la pudimos atisbar, por ejemplo, en el más que recomendable Informe+ dedicado a Juan Carlos Unzué. Pero claro, vende más el segundo. Mucho más. Y Luis Enrique es plenamente consciente de ello desde sus tiempos como entrenador del Barça. Aunque todo se ha ido de madre desde que está al frente del combinado nacional. Y, creo, para bien.

Sinceramente, es de valorar tener referentes públicos, en este caso un entrenador deportivo, abiertos a salirse de la norma y apostar por lo distinto. ¿Que la chavalada está en Twitch? Pues allí que va a estar también Lucho. Y, mal que nos pese a los periodistas por no tenerle en nuestros medios, será noticia. Y, por mucho que les duela a los panenkitas, es muy posible que las intervenciones que allí perpetre den más juego que el partido mundialista de café para muy cafeteros de turno.

Para mí, el movimiento es digno de quitarse el sombrero. Sobre todo, porque percibo que se confirma que Luis Enrique sabe reírse de sí mismo y, por si lo anterior no fuera ya importante, adaptarse a los nuevos tiempos. Hace mucho que se intuye: el paseo en patinete eléctrico hecho un pincel, las diversas formas originales de dar las listas de España a las que se ha prestado, la ironía cada vez más socarrona en sala de prensa… Hasta su presentación de la convocatoria del Mundial hace unos días, con una seriedad impostada al decir los 26 nombres de esas en las que cuesta aguantarse la risa, me pareció una genialidad.

Reconozco que, hace años, no soportaba a Lucho. Pero este esfuerzo suyo de integración que contemplo, siempre dentro de los límites de ese avinagramiento real o ficticio que gasta, me ha hecho cambiar de opinión. ¡Ha conseguido caerme hasta medio bien! Ahora mismo, no me importa lo que hagamos en Qatar. Lo que quiero es seguir asistiendo a la reconversión del personaje borde de Luis Enrique en uno que no renuncia a esos orígenes sin los que nada sería lo mismo, pero que es mucho más llano y hasta entrañable. Y, lo mejor, al que le da todo igual.

Quién sabe, puede que hasta hagamos algo en el Mundial precisamente por lo ‘padre’ que es nuestro seleccionador. A los jóvenes se los empieza a ganar. Y a los mayores seguro que ya empieza a sacarles más sonrisas que antes. Camacho tuvo su sobaquina. Luis, su sexador de pollos. Clemente, su patapúm parriba. Y Luis Enrique, su canal de Twitch. Imposible no querer, aunque solo sea un poquito, al autoproclamado mejor entrenador que hay en la faz de la Tierra (“No es verdad, pero me lo creo”). Uno que va “cuesta abajo y sin frenos”, pero que va. Puro Padrique.

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