Historia
Las notas de la esperanza: música para sobrevivir en Auschwitz

Las notas de la esperanza: música para sobrevivir en Auschwitz

Campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, 1943. Unos dedos famélicos y temblorosos sujetan el arco de un violín y unas cuantas notas nacen del instrumento. Los ojos del músico, llenos de miedo y con signos de agotamiento, miran al director de la orquesta improvisada, que les indica a él y a sus compañeros el inicio de la actuación. Es domingo y los prisioneros tocan para deleitar a los miembros de las SS y a sus familiares. 

Orquesta principal de Auschwitz en una de sus representaciones ante las SS.

El párrafo que acabo de escribir es ficticio, pero se acerca mucho a lo que vivieron algunos cautivos de los campos de concentración nazis. Allí la música jugó un doble papel: por una parte de salvación y por otra de sometimiento. 

Prisioneros judíos en un campo de concentración

Los inicios de la música en los campos de concentración nazis

Al principio no era más que un elemento de supervivencia. Los prisioneros escribían sus propias canciones e himnos y las cantaban como símbolo de resistencia cultural y psicológica. Al cantar juntos se sentían acompañados y tenían una sensación de pertenencia que les ayudaba a afrontar el duro presente que les había tocado vivir. 

Comenzaron empleando instrumentos que realizaban con latas de aluminio y con hojalata. Como mucho, alguno conseguía del exterior un acordeón o una armónica, y cantaban a escondidas, ya que los castigos eran muy duros, sobre todo si se trataba de música “degenerada”, tal y como calificaban los nazis al jazz o a la música de compositores judíos.

Orquesta de prisioneros tocando para acompañar a sus compañeros durante el trabajo

Un elemento más de las SS

Tras el inicio de la segunda guerra mundial muchos músicos fueron encerrados en campos de concentración y enseguida el alto mando nazi también quiso hacerse con el poder de la música. Por ello, formaron orquestas oficiales de prisioneros. Quienes tocaban en ellas debían hacerlo para aumentar el ritmo del trabajo de sus compañeros, para tocar los domingos ante las autoridades nazis o para acompañar durante las caminatas a las cámaras de gas. Siempre bajo las órdenes de las SS. 

Las melodías preferidas de los altos mandos para acompañar al trabajo de los prisioneros eran las marchas militares francesas, ya que eran las más rápidas. De esta manera obligaban a quienes partían, muertos de hambre y sin apenas haber descansado, a trabajar  durante largas jornadas, a hacerlo a buen ritmo. Agotados y en masa, imitaban un paseo militar en el que cualquier tropiezo o gesto fuera de lo ordenado podría ser penado con la muerte. A su regreso, la orquesta tocaba de nuevo para agilizar también la vuelta a las barracas de los reclusos. 

Músicos supervivientes

Formar parte de una orquesta era un “privilegio” para los prisioneros de los campos de concentración. Les situaba en una esfera superior y a algunos músicos, como a la violonchelista Anita Lasker-Wallsfusch, tocar les salvó la vida ya que, como ella misma admitió  “los violonchelos eran difíciles de reemplazar”. No obstante, la mayoría de los músicos supervivientes recuerdan que tocaban en las condiciones más inhumanas y experimentaron sentimientos de culpa y depresión por el resto de sus vidas. 

Alma Rosé con su padre, director de la Orquesta Filarmónica de Viena

Otra música destacada fue la violinista Alma Rosé. Tanto es así que durante su estancia en Auschwitz y debido a su talento, fue muy apreciada entre los altos mandos de las SS y cuando falleció, pese a ser judía, fue honrada con un funeral dentro del campo de concentración. 

La música fue salvación, fue esperanza donde todo lo demás era terror. Pero también fue dominación y un instrumento de propaganda más al mando del gran aparato nazi.

Quienes lo vivieron, quienes dormían hacinados y comían apenas un trozo de pan al día, quienes se vestían con un pijama de rayas y se preguntaban cuánto tiempo de vida les quedaba, probablemente escuchasen ,entre toda la miseria y el terror, las cuerdas de un violín entonando las notas de la esperanza. 

 

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