domingo, septiembre 25, 2022
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Iturgaiz y el valor de la “paz en Euskadi”

“Antes la verdad que la paz” (Unamuno)

En el balance que, a diez años del “cese definitivo” de la “actividad armada” de ETA, se ha realizado, por parte de partidos políticos, medios de comunicación, etc., ha sido muy habitual reprobar los “métodos” (terroristas) de la banda (la “violencia”), pero para dejar a salvo, intocables, sus “fines” (separatistas), como fines legítimamente defendibles “en democracia”. Incluso se celebra que estos se defiendan “desde las instituciones”, dando por bueno el que ETA “haga política” a través de Bildu, y deje así de matar.

Es decir, opera aquí una especie de consumación de un chantaje al que se le ha llamado “paz en Euskadi”.

Se finge la desaparición de la amenaza separatista con la desaparición de la amenaza terrorista, cuando esto no es así, ni mucho menos. Es más, la amenaza separatista puede ser más sólida, más consistente, más beligerante una vez desaparecida la amenaza terrorista, al quedar el separatismo completamente consagrado institucionalmente. Y ello siempre concediendo que la amenaza terrorista haya desaparecido con la desaparición de ETA, que es mucho conceder, como estamos viendo.

Desde luego la separación no se ha producido, por supuesto, pero ahora todo el separatismo (jelchale y aberchale) se ha instalado en las instituciones (locales, autonómicas, también nacionales), para defender la idea de un todo nacional, en referencia al País Vasco, que quiere convertirse en Estado. Ahora el separatismo, incluyendo el separatismo etarra, tiene a mano los resortes del estado (educación, parlamentos, plenos, incluso el control o supervisión sobre los servicios secretos, etc.) para llevar a cabo esa fragmentación, y hacerlo, además, con la aquiescencia de una sociedad vasca “pacificada” tras la “renuncia” de ETA (como si la banda hubiera hecho un sacrificio o un favor). Ahora toca al Estado, así piensan muchos, devolver el “favor”. Y en estas estamos.

Cualquiera que represente una oposición a ello tiene que ser apartado, cancelado, confundiendo vasco con nacionalismo vasco: sólo es vasco quien comulga con el nacionalismo vasco y sus planes plebiscitarios separatistas, el resto es un estorbo maqueto, no vasco. O, peor aún, vascos traidores (vean el excelente documental de Jon Viar, Traidores).

Y es que, muchos ven, en efecto, con toda candidez, como caídos de un guindo, en los planteamientos plebiscitarios una salida “genuinamente democrática” al “problema vasco” o al “problema catalán”, etc. El bombardeo institucional de esta idea es permanente, constante: “España es una imposición, la separación un derecho” (casi 900 muertos son hasta pocos, si se compara con la opresión secular de España frente a “Euskadi”). Este es el mensaje cotidiano, continuo, machacón. El pueblo catalán, vasco, etc., damnificados por España, tienen derecho a decidir: esto es asumido casi como un axioma, como una evidencia “democrática” por parte del nacionalismo, convertido en mantra propagandístico, sin que tenga una respuesta de oposición clara por quienes lo combaten (siempre a la defensiva, inermes ante el “argumento ontológico” democrático). La consulta al pueblo es la única vía legítima, dice el nacionalseparatista, para resolver el “conflicto político” generado por la imposición de la unidad española. La urna es el precio que tiene que pagar el estado por la renuncia etarra. Ante esto, el que se opone al separatismo no sabe qué decir, y, generalmente, calla. O sea, concede (el silencio, en el debate público, siempre es interpretado como aprobación). Y ahí está el eslabón débil por el que se cuela el separatismo, en ese silencio aquiescente.

Ahora bien, el planteamiento plebiscitario es completamente aporético por paradójico, y, por tanto, absurdo. Porque ¿qué pueblo es el que tiene que tomar tal decisión?, ¿qué pueblo vota?, ¿cómo se establece el censo de los que deciden en dicho posible referéndum?, ¿quién es el titular de la soberanía al que se le “consulta”? ¿Cuál es el sujeto (político) de referencia?

El planteamiento plebiscitario es una trampa demagógica, que sirve para adular a ese “pueblo” (y es que esto es el nacionalismo, pura adulación populista), y para darse autobombo a quien lo plantea, pero que no resuelve absolutamente nada. Porque si se determina que el sujeto consultado es “el pueblo vasco”, ya no hace falta votar, porque ya se habría considerado soberana a una fracción de la soberanía española. Así que, antes de que el “pueblo vasco” fuese consultado, ya se habría decidido que sólo él es el que tiene que ser consultado. Ya se habría decidido con anterioridad a la consulta, y al margen de su resultado. No habría, ni podría haber, pues, “decisión” del pueblo vasco. De otro modo, si se determina que el sujeto al que hay que consultar es al pueblo español (titular de la soberanía desde el punto de vista constitucional), entonces tampoco haría falta votar porque seguiríamos en las mismas: el “pueblo vasco” seguiría sin “decidir” por sí mismo, al fijar de nuevo como sujeto decisorio al pueblo español en su integridad. Tampoco habría aquí “decisión” del pueblo vasco.

El referéndum es, pues, una vía muerta, absurda, que no resuelve nada, puesto que, de una forma o de otra, por su propio planteamiento, se vuelve superfluo, siendo precisamente por esto por lo que se convierte en un arma propagandística de primer orden en manos del nacionalseparatismo. España vulnera un “derecho”, el derecho a decidir, cuya concesión es imposible por parte de España, y de este modo España siempre va a representar una afrenta, una agresión antidemocrática, y el pueblo vasco, un pueblo permanentemente afrentado, oprimido, lastimado, herido.

Y aquí aparecen las figuras de Iturgaices, Semperes, Oyarzábales, Fanjules, Garcías (me refiero al valiente Carlos García, siempre dando la cara), que serán vistos, de nuevo permanentemente, como cómplices de esa agresión, y, naturalmente, una amenaza para la “paz en Euskadi”. Unos “provocadores”, como ha dicho algún miembro de Bildu. La mera existencia del PP vasco es ya una provocación. Y no sólo el PP, claro. Todo el que no acepte el chantaje separatista, “paz” por “autodeterminación”, es un provocador. De este modo, el valor de la “paz en Euskadi” es el valor de la omertá aquiescente, que sólo sirve a quien se pliega al chantaje separatista. El resto, cómplices de una traición, sólo merecen el apartamiento, la cancelación, la segregación y, en último caso, el exterminio (es decir, la expulsión de “Euskadi”).

Y es que ya decía muy bien el también vasco Miguel de Unamuno, y también por supuesto “exterminado” por el nacionalismo, “¡triste enfermedad esa de creerse un hombre o un pueblo vejados! ¡Triste manía persecutoria colectiva! ¡Por dónde se va a parar a las republiquetas de taifa, al pueril juego de estatutos resentimentales!”.

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