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La Hispanidad y el Islam español

Ahora que hace dos días celebramos el día de la Hispanidad, momento de máxima expansión territorial de nuestra historia en la cual abarcaríamos cuatro continentes…Europa, América, Asia (Filipinas), y África con las plazas españolas de Ceuta, Melilla pero también Argel u Orán, debemos repensar nuestra “hispanoesfera” dentro de los parámetros geopolíticos y sociales actuales pero, desde luego, no con visión imperialista sino, por qué no, imperial. España es el eje de un mundo complejo religioso, cultural y lingüístico.

Dentro, sin embargo de nuestra construcción social, debemos entender que de la misma manera que desde sectores hispanistas se entiende a la Hispanidad como un todo que aúna a las sociedades y naciones hispanoamericanas me hago esta pregunta ¿debemos aplicar este mismo pensamiento de Hispanidad al mundo islámico y a las comunidades islámicas que forman parte de nuestra sociedad española actual?. Sí y no.

El no se enfoca en el sentido de que existen naciones islámicas en nuestro país que no tienen relación social e histórica con España, véase los inmigrantes pakistaníes o de Bangladesh, malayos, egipcios etc…, sin embargo en España, en época imperial hubo población musulmana bajo dominio español, de hecho sus territorios eran tan españoles como Soria o Valencia.

Hablo de los habitantes de las mencionadas plazas y, más tarde, del Sáhara Occidental. No hablo de los difusos conceptos de “andalusíes” o moriscos. 

En este sentido considerar españoles históricos a estos pueblos, los bereberes de Ceuta, Melilla, Orán o Argel (las dos últimas plazas perdidas) o del Sáhara (muchos de ellos nacidos bajo la bandera de España y con DNI) es una realidad que va más allá del mero hecho administrativo.

Este concepto de Hispanidad es la de un país que da oportunidades a todos los recién llegados, de hecho España es uno de los países donde las comunidades islámicas más y mejor están integradas a pesar de que existan grupos de presión de índole historicista e islamista radical que quieran restaurar un proyecto político extinto y que jamás volverá como Al Ándalus.

Pensar en eso es como querer restaurar el Imperio Romano o las ciudades estado griegas, un disparate. La realidad del siglo XXI obliga a todas las partes a ceder e integrarse en una sociedad compleja, sin embargo esa integración no exige un sacrificio en la fe personal ni en una discriminación fiscal, jurídica o social sistemática y abierta sino, todo lo contrario.

Uno de los casos, sin embargo, que socialmente más llama la atención es la cuestión del velo. Sin embargo, no es por el mandato teológico del concepto del hijab sino por la cuestión ornamental que, a plena vista, identifica a una mujer como musulmana aunque también en muchos casos he podido comprobar que la cuestión del velo trasciende el mero hecho religioso y se convierte en un signo identitario cuya función es la autopercepción como parte de un colectivo (árabes, bereberes, turcos, persas etc…) ya que cada velo, la forma de llevar, el color o el estilo pueden identificar a la persona como perteneciente a una u otra nación cultural por lo que la cuestión del velo islámico, al menos en Occidente; lejos del mundo islámico, se está convirtiendo en una herramienta de identificación cultural o étnica. 

Los musulmanes, a pesar de la existencia de ciertos sectores propensos a tensar situaciones y malinterpretar con mala voluntad choques culturales, son comunidades que hacen uso de su libertad religiosa en igualdad de condiciones con el resto de personas que posean religiones en España.

Esta evolución social hace que las comunidades islámicas, antaño prácticamente exclusivas de saharauis o marroquíes ahora se haya enriquecido con personas de otros países como Senegal, Turquía o Paquistán pero, también, de multitud de españoles conversos al Islam que, por otro lado, ven en las comunidades islámicas un problema de base y es la comunicación. Cierto es que el rezo islámico, que consiste en la recitación de suras del Corán se da en árabe clásico (el árabe coránico). Muchos musulmanes recitan esos textos de memoria y, en muchos casos, tienen ideas vagas de su significado debido a que, para entender lo que rezan hacen uso de traducciones a su lengua propia.

En esto, por ejemplo, el uso del español como lengua franca en la mezquita y comunidades islámicas de España sería una gran ayuda para el mutuo entendimiento de los mensajes religiosos. Durante el sermón del viernes (jutba), en muchas ocasiones, la lengua que se usa es el árabe dariya marroquí, lo cual excluye en muchos casos tanto a españoles como a otros musulmanes no árabes.

El Islam, por lo tanto, al ser parte de la historia continua de España debido a la permanencia de esos reductos de España en el norte de África, debería entenderse que la lengua franca en motivos no teológicos debería ser el español, la lengua de todos. Entender, por lo tanto, el Islam no como una religión expulsada de España que volvió en la forma de inmigración sino como un continuo desde el 711 que a veces casi ocupa el total de la península y que ahora es mayoritario entre la población española-musulmana de Ceuta y Melilla es reconocer la dimensión Hispánica de ese Islam ceutí y melillense lo cual implica derechos, de los que disfrutan en su totalidad, pero también obligaciones. La primera es la capacidad de comunicación y, por ende, de convivencia y la lucha por evitar influencias externas que puedan instrumentalizar ese Islam hispano.

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