viernes, septiembre 30, 2022
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El impacto de la Revolución rusa en el obrerismo español

La revolución rusa de 1917 alentará las aspiraciones de una gran masa española militante y revolucionaria que descubrirá que, su ideal colectivista, hasta entonces considerado utópico y debatible únicamente en el terreno de las ideas, ya era una realidad susceptible, por tanto, de análisis empírico. 

De todos modos, de este análisis derivan tres conclusiones distintas. En primer lugar, sus seguidores pensarán que Rusia había optado por un mundo «feliz» colectivista del cual debíamos aprender; en segundo lugar, un sector anticomunista que declarará que la experiencia rusa era la muestra del fracaso colectivista; y, por último, una opinión socialista y anarcosindicalista que dirá que, pese a ser los métodos rusos inadecuados, la vía de la colectividad seguía siendo una opción válida y viable. 

El inicio de la revolución será acogido en España entre las diferentes ideologías izquierdistas de manera distinta. Los socialistas estarán más preocupados por los resultados de la Primera Guerra Mundial, mientras que los anarcosindicalistas prestarían más atención a la posibilidad revolucionaria radical que la ocasión les presentaba que a su filiación marxista. La mayoría de la cúpula del PSOE, exceptuando a unos pocos como Manuel Núñez o Mariano García que insistían en la contrariedad al proletariado que representaban ambos bandos, consideraba que la victoria bolchevique sería un paso positivo para la construcción socialista, aunque esto significase la implantación de una democracia burguesa. Por ello mismo, en el verano de 1917 el PSOE participará en un intento de revolución al estilo ruso de febrero (es decir, de orientación democrática) que fracasará tras el malogro de la huelga general de agosto. 

Con todo, a las pocas semanas se producirá un cambio de orientación en la ideología socialista, pasando de alinearse a la causa bolchevique a comprender que ésta era contraria a la continuación de la guerra y, por tanto, amenazaba la victoria de los aliados. Sin embargo, los anarcosindicalistas continuarán pensando que la proliferación de los soviets derivaría en el inicio de una revolución imparable que no iba a ser únicamente burguesa. 

Una vez adentrados en la segunda fase de la revolución rusa en octubre de 1917, y al tiempo que los anarquistas continuarían colmando de halagos a los bolcheviques, los socialistas mantendrán un riguroso silencio sobre los acontecimientos que se estaban produciendo. No veían fiel el hecho de criticar una revolución socialista por ser su misma ideología, pero, al mismo tiempo, una preocupación les rondaría por las cabezas: la posibilidad de que la revolución se tradujese en unas mejores condiciones estratégicas militares que favoreciesen al Imperio Alemán. Finalmente, el silencio socialista se romperá con la llegada del fin de la Primera Guerra Mundial. Una vez vencidos los imperios centrales y, por tanto, desintegrada la aliadofilia, ya no verán motivo en silenciar la causa rusa. De esta manera, un mitin en la Casa del Pueblo de Madrid en enero de 1919 será la primera gran manifestación pública a modo de admiración del PSOE a la Rusia soviética. 

Ambas corrientes ideológicas del obrerismo español eran internacionalistas. Hasta la fecha, nadie concebía que la tan esperada revolución socialista que conduciría hacia una nueva sociedad fuese a realizarse por separado en cada una de las naciones. En todo momento se interpretaba una revolución mundial y a la par, pero, en 1918, tanto socialistas como anarcosindicalistas carecerán de coordinación internacional.

Será en este momento cuando, en marzo de 1919, se funde en Moscú la Internacional Comunista, también llamada III Internacional o Komintern, la cual hará un llamamiento a los revolucionarios del mundo. Ésta tendrá un gran impacto en el PSOE y en la CNT, pero el debate acerca de incorporarse o no a la misma será un largo y complejo proceso, pues los bolcheviques no aceptarán el ingreso de ningún partido que no hubiese renunciado a sus elementos más moderados. En suma, y tras una serie de congresos y referéndums en las políticas internas de ambos partidos, los anarcosindicalistas acordarán adherirse a la III Internacional y los socialistas estudiarán la posibilidad de abandonar la II Internacional (socialista) para integrarse, también, en la III.

Al tiempo que el PCE (Partido Comunista Español) se funda y consolida entorno a unas Juventudes Socialistas animadas por agentes soviéticos, la CNT y el PSOE ya habrán acordado su ingreso, comenzando así los primeros contactos con la realidad soviética. Con todo, ambas fuerzas políticas acabarían defraudadas por los soviéticos tras el viaje a Rusia por parte de representantes de ambos partidos. La CNT comprobará que la dictadura del proletariado era una mera dictadura de un partido arbitrario en donde no tenían nada que hacer y el PSOE no conseguirá cumplir las exigencias rusas, rechazando definitivamente su ingreso.

Estamos hablando, por tanto, de una revolución comunista que alentará, de forma inicial, las aspiraciones revolucionarias de un movimiento obrero español que enseguida será consciente de su incompatibilidad con la ideología bolchevique. Solo un sector minoritario de las milicias obreras se incorporaría al nuevo Partido Comunista Español.

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