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Chile: qué esperar tras el plebiscito, por Agustín Laje

Chile: qué esperar tras el plebiscito, por Agustín Laje

Más del 50% del padrón electoral chileno concurrió a las urnas en el plebiscito del domingo pasado. Se trata de una cantidad nada despreciable, no sólo por la voluntariedad del voto en este país, sino también por el contexto pandémico. ¿El motivo político de fondo? Darse (o no) una nueva constitución.

Las revueltas empezaron hace alrededor de un año, cuando el pasaje de metro subió cuatro centavos de dólar y las izquierdas chilenas promovieron la desestabilización política y social. El apoyo de Maduro fue un hecho que OEA había advertido con anticipación a un Piñera que guardó silencio. Diosdado Cabello se adjudicó por entonces los méritos: definió la situación como “huracán bolivariano”. En Chile se encontraron operando desde militantes izquierdistas argentinos hasta miembros de las FARC. Tanto el Foro de Sao Paulo como el Grupo de Puebla impulsaron a su vez las revueltas. La izquierda siempre ha sido internacionalista.

Piñera, por entonces, como buen liberal-tecnócrata-cobarde que siempre ha sido, se dedicó a conceder y, por supuesto, a pedir “perdón”. Prometió a la sazón reformas con olor a socialismo: aumento de pensiones, subsidios varios, seguros estatales, salario mínimo garantizado por el erario público, más impuestos, etcétera. Nada fue suficiente. Los insurgentes fueron muy claros: no buscaban una reforma sino una revolución; y una nueva constitución es, ciertamente, un hecho revolucionario si se considera que la constitución es la base sobre la que se estructuran los Estados modernos.

El plebiscito significó, finalmente, una aplastante victoria del “apruebo” (una nueva constitución) frente al “rechazo”. Redondeando números, el resultado fue 78% a 22%. En virtud de ello se pueden ofrecer algunas ideas sobre lo que significa en términos político-ideológicos este número por un lado, y sobre lo que vendrá ahora, por el otro. Empezaré por esto último.

Chile inicia un proceso que demorará alrededor de dos años. El siguiente paso es elegir por voto popular a 155 ciudadanos para formar una convención constituyente. Una victoria tan rotunda del “apruebo”, que es en el fondo una victoria de la izquierda chilena (con la complicidad cobarde de la mitad de la centro-derechita cobarde, empezando por el mismo Piñera), envalentona y legitima las aspiraciones más radicales y revolucionarias que se han echado a andar. Si el resultado hubiera sido más parejo, la mesura constituiría un camino posible. Pero ese no ha sido ciertamente el caso, razón por la cual hay que esperar todo tipo de desmesuras.

Esto se advierte desde ya cuando se repasa la calidad política y moral de quienes festejan en la región los resultados del plebiscito. El dictador Nicolás Maduro demostró su alegría por Twitter con la arenga “¡Viva Allende!” y auguró un futuro “mejor” para Chile (¿acaso como el de su propio país?). Los criminales de las FARC expresaron a la izquierda chilena que “nuestros corazones están con ustedes, gracias por tantas enseñanzas”. El corrupto y fraudulento Evo Morales, por su parte, anticipó que “un nuevo pacto social construirá una sociedad más justa para su país”. Gustavo Petro, líder comunista colombiano, celebró: “Hoy revive Allende”. O sea, revive el socialismo empobrecedor y liberticida. El Grupo de Puebla festejó que la nueva constitución vendrá con agenda de género incluida por defecto.

Adicionalmente y más allá de los políticos, la ingeniería constitucional se transforma siempre en la pasarela favorita de los intelectuales. El vicio constructivista tan denunciado por Hayek y tan inherente al intelectual moderno encuentra en esa pasarela la oportunidad de una realización plena. Se trata del poder de todos los poderes: el de la refundación, el de la construcción casi ex nihilo nada menos que del Estado y de su nación. Y dado que la intelectualidad chilena —como toda la intelectualidad occidental en general— está decididamente comprometida con las izquierdas, habrá que esperar que la “voz de los expertos” vaya siempre en ese sentido. ¡Y cómo adora la gente escuchar acríticamente a quienes los medios presentan en sus marquesinas como “expertos”!

Sumemos: apabullante legitimidad electoral de las izquierdas, apabullante respaldo del establishment izquierdista regional, apabullante representación izquierdista en los espacios intelectuales. Y sumemos algo más: la forma de ver y estar en el mundo dominante hoy día es la forma “progresista”. Esto es crucial puesto que, en definitiva, el proceso constituyente siempre se desenvuelve atravesado por las condiciones ideológicas dominantes de su propio momento. Y este proceso se desplegará en un mundo que habla 24/7 de género, de mujeres oprimidas por hombres, de homosexuales oprimidos por heterosexuales, de indígenas oprimidos por colonizadores, de negros oprimidos por blancos, de inmigrantes oprimidos por nacionales, de jóvenes oprimidos por adultos, de animales oprimidos por seres humanos, y un inacabable etcétera.

No extraña, en consecuencia, que ya se alardee anticipando que la “nueva constitución” estará marcada a fuego, por primera vez en la historia mundial, de “paridad de género”. Tampoco extraña que ya se adelante la cesión de soberanía a los grupos terroristas mapuches. Si todo esto se consuma hoy, cuando todavía no se conoce ni un solo artículo de lo que será la “nueva constitución”, uno ya puede hacerse una idea de qué esperar… arriesgo algún adelanto: género hasta en la sopa, relativización de la propiedad privada, relativización de los valores patrios y de la soberanía, relativización de las libertades individuales fundamentales, ampliación del poder político en nombre de las “víctimas” y los “oprimidos” de este mundo y, por supuesto, en nombre de unos “derechos humanos” tan inflados que quedaron totalmente vaciados.

Hay que entender que la revolución chilena ha sido “molecular” y eso significa que no tiende a coagular sus diversas demandas en identidades agregadas. Al contrario: como las moléculas, cada demanda se vuelve inaprensible, relativamente aislada, mantiene su particularidad molecular y sólo se encuentra con las demás en su pura negatividad. Dicho de otra manera: LGBT, feministas, abortistas, abolicionistas, anarquistas, comunistas, indigenistas, anti-especistas, etc., etc., etc. no han sido articulados en un todo mayor que ellos mismos: la lógica hegemónica no ha operado de la misma manera que la lógica molecular. 

La Plaza Italia de Santiago es un ejemplo ilustrativo al respecto. Allí se yuxtaponía una enorme diversidad de simbología y banderas distintas (con excepción de la chilena, por supuesto, que prácticamente no tenía lugar). Así: banderas multicolores de las “disidencias sexuales”, banderas violetas con el puño feminista, banderas del Partido Comunista Acción Proletaria (estalinistas que no están dentro del sistema político), banderas anarquistas, banderas mapuches y hasta banderas de barrabravas de equipos de fútbol. Todas esas posiciones yuxtapuestas en el escenario público operan, sin embargo, en su particularidad, y aspirarán a una constitución que haga eco precisamente de sus demandas particulares.

A grandes rasgos, esto y mucho más habrá que esperar en los próximos años. Ahora bien, ¿Qué significa ese resultado, 78% a 22%, en términos del mapa político-ideológico chileno? Aquí es donde, curiosamente, en el marco de semejante derrota, puede hallarse alguna esperanza o, al menos, algún camino por el cual tratar de transitar. Seré lo más directo posible: dentro de lo malo, lo bueno es que ya se sabe “quién es quién”, por así decirlo.

Quienes estén despiertos se habrán dado cuenta de que lo que se llamaba “derecha” en Chile en verdad era “centro-derechita”; que el plebiscito no reprodujo el clivaje izquierda-derecha tal como el imaginario chileno lo concebía. Por empezar, los líderes de la centro-derechita cobarde no hicieron nada en favor del “rechazo” e hicieron mucho en favor del “apruebo” (tanto por omisión como por acción). La izquierda votó en unidad completamente por el “apruebo”; la derecha, en cambio, mostró que no tenía unidad alguna, pues de haber sido así, el resultado hubiera sido muy otro.

Hoy en Chile se puede confirmar que la derecha ha dejado de ser Piñera y la recua de cobardes que lo secundan. Todos ellos han quedado desplazados, cuando mínimo, al centro.  Y eso es algo bueno a largo plazo. La derecha ha estado en todas partes, durante mucho tiempo, liderada por personas que nunca la representaron realmente, que nunca creyeron en sus valores e ideas, pero que eran respaldadas por toda la derecha por falta de alternativas visibles. Piñera en Chile, Macri en Argentina, Duque en Colombia, el PP en España, el PAN en México, etcétera. Centro-derechitas cobardes que mueren de ganas por parecer de izquierdas y que traicionan sistemáticamente a la derecha convencida que le presta sus votos.

Hoy sabemos que la derecha en Chile es, al menos, el 22% del electorado. Esta es la realidad y sobre ella hay que trabajar. Quien ha votado el “rechazo” ha evadido el bombardeo del establishment mediático que militó en su totalidad por el “apruebo”; ha desoído a la farándula que llamó a votar “apruebo”; ha dado la espalda a la ruidosa militancia izquierdista y ha padecido la indiferencia de los líderes de la centro-derechita cobarde. El voto del “rechazo”, en ese sentido, es un voto muy consciente: es un voto decididamente “contracorriente”.

Lo mismo no aplica al 78%. Es decir: no cabe concluir que el 78% del electorado sea de izquierda. Por empezar, gran parte de ese 78% es de centro-derechita-cobarde. Gran parte de ese electorado, asimismo, es bastante apolítico y se compone de personas bien persuadidas por el aparato de propaganda que operó un año seguido 24/7. Muchas de ellas son simplemente personas que tienen vidas aburridas y que vieron la oportunidad de ser “parte de la historia”, de echar un poco de pimienta a sus vidas de comodidad consumista y jugar, por un rato, a la revolución. Nada más. La militancia de izquierda está desde luego representada en una medida importante en ese 78%, pero no es de ninguna manera el 78%.

La derecha con agallas sabe ahora que es el 22%. Se sabe, además, traicionada. Pero no ha sido traicionada ahora, sino que viene siendo traicionada desde hace años. Este acontecimiento, en todo caso, ha sido la gota que derramó el vaso y, por ello, terminó mostrando el verdadero mapa político-ideológico de Chile. En adelante, la derecha con agallas podrá tomar uno de dos caminos: el camino de volver a confundirse con la centro-derechita cobarde y seguir prestándole sus votos, o armar una nueva alternativa política que, desde abajo y con un piso nada despreciable, se lancé a la reconquista política de un Chile verdaderamente libre. 

Este último ha sido el camino que la derecha española tomó con Vox frente a las traiciones del PP. Nada mal le ha ido: en pocos años el partido de Santiago Abascal se convirtió en la tercera fuerza nacional española y sigue creciendo constantemente. Chile, en el marco de esta crisis, tiene sin embargo la oportunidad de aprender de aquella experiencia y dar lugar, por fin, a una nueva derecha que deje atrás a los cobardes y los oportunistas.

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