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Centinelas de balcón

La progresiva regresión de libertades que España ha experimentado en el último año ha venido, en la mayoría de los casos, amparada por la ley y los tribunales (LO 4/1981), quedando reservada para el sentido común una pequeña plaza autorrestrictiva que nos impulsaba a quedarnos en casa cuando fallecían más de 900 personas al día. 

Durante el período más duro de la pandemia, vimos cómo, en nombre de la seguridad sanitaria, se iba estrechando el cerco sobre todos aquellos que de una u otra forma se saltaban las restricciones para inhalar una bocanada de aire fresco o dar un paseo por la montaña en tanto que aprovechaban para sacar a sus perros o ir a la compra. Conocida es la historia del aterrizaje —casi amerizaje — del helicóptero de policía que descendió hasta una playa para sancionar a un hombre que paseaba por la orilla el catorce de abril de 2020. 

Pero la también regresiva situación de la pandemia ha ido cediendo el testigo que un día tomaron las autoridades y que hoy encarnan vecinos en todas las latitudes del país. Llama la atención comprobar cómo el afán delator se ha instalado en las conciencias de buen número de personas que, como si de centinelas se tratase, aparecen siempre prestos a amonestar, señalar o acusar a cualquier paisano que no se ajuste a lo que entiendan por seguridad sanitaria. 

Si antes mencionábamos el caso del helicóptero el pasado catorce de abril, es hoy menester señalar el archiconocido caso de la anciana de 78 años que el pasado mes de marzo se desplazó a su segunda residencia en Alicante, procedente de Madrid, y fue denunciada por otra vecina, enfrentándose ahora a una sanción administrativa de 600 euros. Los señalamientos han sido miles, habiéndose registrado incluso un caso de agresión que fue publicado hace ahora unos pocos días y que tuvo lugar por parte de una mujer que golpeó a un hombre que hacía deporte sin mascarilla. 

Sorprende ver cómo la voluntad del Estado, manifestada en la aplicación de leyes y decisiones arbitrarias, se ha instalado en la conciencia de unos ciudadanos que hoy se delatan entre ellos por mascarillas ladeadas. Resucitada la Guerra Civil, muchos se preguntaban por las traiciones de escalera y las delaciones entre familiares, hoy vuelve el afán inquisidor que nunca terminó de marcharse. 

Poco importa que los contagios en Madrid, una de las ciudades más señaladas y caricaturizadas, hayan remitido notablemente en los últimos días, registrándose este viernes un descenso de hasta el 37.5% respecto al mismo día de la semana anterior, o el número de ingresados en los hospitales de la capital haya descendido hasta alcanzar el número más bajo desde Nochebuena y una de las mejores cifras respecto al pasado mes de agosto. 

Esta situación trasciende los datos y la objetividad, las cifras de contagios o la incidencia acumulada y tiene mucho de política, prensa y moralina agitada por encuadres interesados.  Su origen hay que buscarlo en un resorte que el Estado, en conjunción con la condición humana, ha instalado en buena parte de la población como un mecanismo de defensa o de exhibición de buena moral, que nunca terminó de irse y que no nos hará salir más unidos sino más inquisidores. Cambian los tiempos pero se mantienen, por desgracia, las viejas maneras. 

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