viernes, diciembre 2, 2022
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‘Blonde’ o Marilyn al desnudo

Uno de los primeros papeles cinematográficos de Marilyn Monroe llegó en 1950 de la mano de Joseph L. Mankiewicz, en su obra maestra Eva al desnudo. La jovencísima sensación rubia apenas aparece en dos breves escenas, ambas compartiendo pantalla con otra de las más grandes leyendas del Hollywood clásico, Bette Davis.

Una de aquellas secuencias aparece recreada en Blonde, el reciente estreno sobre la vida de Marilyn Monroe y que supone la gran apuesta de Netflix de cara a los Óscar. La mención al mítico filme de Mankiewicz se antoja adecuada para afirmar que Blonde no es un biopic al uso, sino un retrato ‘al desnudo’ del gran icono de fascinación producido jamás por Hollywood.

Dirige Andrew Dominik, un cineasta agudo aunque poco prolífico, ya que este es solo su cuarto largometraje de ficción en más de veinte años de carrera. Eso sí, algunos de los anteriores han sido notables, como El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007) o Mátalos suavemente (2012). Dominik no oculta que es un director de autor y no hace concesiones comerciales pese a abordar una de las figuras más explotadas de la cultura pop estadounidense.

Esto se traduce en una película triste, dura y en ocasiones traumática que muestra sin ambages la cara B de la fama: la adorada Marilyn vivió en un infierno permanente desde la infancia, con una madre trastornada y violenta y un padre cuya ausencia se convierte en una obsesión enfermiza. En este relato, cabe aludir a las duras escenas de sexo que, al contrario de la tendencia habitual en el cine de hoy, no son gratuitas, porque contribuyen a alimentar ese retrato descarnado.

Por otra parte, la película ha recibido críticas por cargar las tintas, cuando no por su distancia con la realidad. La enmienda, no obstante, pierde peso cuando recordamos que el filme que es una adaptación de la novela homónima de Joyce Carol Oates (Blonde, 1999). Por tanto, es preciso analizar la película no como un habitual biopic, sino como una representación psicológica del personaje.

En cambio, la gran crítica que se le puede hacer a Blonde es su excesivo metraje. No parece excesivo decir que a la película le sobre una de sus casi tres horas de duración. El guion vuelve una y otra vez sobre los mismos dramas —la orfandad, los abusos, la soledad, la maternidad frustrada— y en ocasiones peca de repetitivo, con importantes caídas de ritmo incluso para una película que admite la lentitud en su pacto de lectura.

Capítulo aparte merece el extraordinario rol de Ana de Armas, que se consolida como una de las grandes actrices del panorama actual. Estamos ante uno de esos casos en los que, sin quitar mérito al filme en su conjunto, la interpretación brilla más que la propia película, que queda sostenida por el estado de gracia de la hispanocubana. Ya tenemos una firme candidata al Óscar.

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