miércoles, octubre 5, 2022
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Un expolio ilustrado

La Revolución Francesa venía con el ímpetu de la Ilustración queriendo llevar el llamado Siglo de las Luces por toda Europa. Lo quisiera o no. Y como no parecía por la labor, o al menos hacerlo a la manera que Francia quería, acabó imponiéndolo sobre las botas y las bayonetas de los soldados aparentemente invencibles de Napoleón Bonaparte. Una extraña forma de poner a la Razón como la deidad que acabara con el fanatismo religioso y los vicios del Antiguo Régimen. Para llevar a cabo tan noble propósito quiso traerse recuerdos de aquellos países por donde pasaba el Pequeño Caporal, el corso que se proclamó a sí mismo emperador de la Francia. Que es otro modo curioso de acabar con las monarquías. ¡Siendo el monarca de monarcas! Con un par.

El caso es que en sus andanzas se fue llevando una serie de souvenirs para llenar el que será el gran museo parisino del Louvre. Que si un Laocoonte del Vaticano, que si los caballos de San Marcos de Venecia, que si la Piedra de Rosetta de Egipto… En total superaron al menos la cifra de cinco mil obras de arte, pinturas y esculturas básicamente, las que fueron rapiñadas por tan ilustrado ejército. España, por supuesto, no se iba a quedar al margen de este afán expoliador. Acabaría por ser parte de la nómina de donantes a la fuerza, pese a que éramos aliados de la siempre taimada Francia. Que mucho pérfida Albión y tal, pero lo de nuestros vecinos de allende los Pirineos siempre fue para darles de comer aparte. Que hasta territorios tradicionales propios de las coronas hispanas son hoy parte integrante del famoso hexágono que delimita su nación. Pero esa es otra historia…

Las andanzas de mariscales y generales como Soult, Murat, Dupont… son las de unos auténticos salteadores de caminos. Aunque los caminos que asaltaron fueron los que llevaban a monasterios, palacios, catedrales… y todo lugar donde hubiera algo valioso con que seguir ensanchando el proyecto revolucionario. Un proyecto que tenía de revolucionario el que el resto de Europa éramos unos parias que teníamos que quedar sometidos a la voluntad omnímoda de su amo. Si el paso de Bonaparte por Italia fue devastador, no lo iba a ser menos en España. Ambos lugares rebosaban de un arte que la grande e ilustrada Francia, ya ven, carecía en tamaña cantidad. Si les ha chocado saber que la famosa cuádriga de San Marcos de Venecia acabó en Paris para ser puesta sobre el Arco de Triunfo del Carrousel parisino, más les va a sorprender que ¡estuvieron a punto de desmontar parte de la Alhambra de Granada! Como lo oyen.

Funcionarios franceses hubo que hicieron negocios a costa del arte que estaba en España. El más conocido, Federico Quillet. Un auténtico caradura, y responsable del expolio cometido en San Lorenzo de El Escorial. Aunque su rapiña no se quedó en este lugar, al que ahora nos volveremos a referir, sino que si hoy tenemos que ir a Londres para ver la maravilla de La venus del espejo, del sevillano inmortal Velázquez, se lo debemos a este sinvergüenza, que trataba con marchantes de arte de todo el mundo para llevarse pingües beneficios a costa del patrimonio de la monarquía española. En el Reino Unido también acabarían otros Velázquez impagables: el Felipe IV de Castaño y plata, que estaba en la biblioteca sanlorentina, y nada menos que El aguador de Sevilla, cuya belleza es sobrecogedora en su aparente sencillez.

Obras de Murillo, Ribera, Tiziano… Miles de obras pictóricas en total, confiscadas. Por no hablar de las incontables piezas de orfebrería religiosa en oro, plata y piedras preciosas sustraídas. O pérdidas históricas como las viejas banderas de los Tercios, que fueron usadas por la caballería de Murat como gualdrapas para calentar los caballos. Las pinturas de Goya en Zaragoza fueron usadas para que los soldados se protegieran de la lluvia y del frío. El sobrecogedor Crucifijo de Benvenuto Cellini que hoy se puede admirar en San Lorenzo de El Escorial, una obra a la que Felipe II tenía verdadera admiración, y que la hizo traer a Madrid a hombros de hombres, que no de recuas, para que no se dañara, fue troceada por los franceses para poder embalarse mejor en una caja. La tumba y los restos de El Cid fueron profanados de vil manera en Burgos, por la soldadesca francesa. La espada del derrotado rey francés Francisco I también fue hecha botín por quienes demostraban su odio y rencor en cada una de sus acciones. Se ve que aún les escocía la derrota en Pavía.

Así fue el paso de quienes nos venían a sacar de la ignorancia trayendo las luces de un nuevo siglo. De quienes vinieron a ilustrarnos. Sorprende aún quienes siguen afirmando que nos hubiera ido mejor si hubiéramos perdido la Guerra del Francés, la de 1808. La que nos llevaría a promulgar una de las Constituciones más modernas del mundo entonces, la de Cádiz de 1812. Si no llega a ser por tal guerra peninsular que nos dejó diezmados en población, medios y recursos, quién sabe si no hubiera sido la verdadera luz ilustrada para los españoles de ambos hemisferios. Nuestros aliados ingleses y franceses, es ya historia, no lo permitieron. Una pena.

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