miércoles, agosto 10, 2022

Ucrania, Estados Unidos, Rusia y el juego de la primacía geopolítica

Era inevitable tras ocho años de conflicto interno entre Ucrania y los separatistas de Novorussia (Donetsk y Lugansk). Los intentos de Rusia a través de su Ministerio de Asuntos Exteriores y con el apoyo del Presidente de Bielorrusia, Lukashenko, dieron dos frutos: Minsk I y Minsk II, que desde hace mucho tiempo eran papel mojado pero con existencia de iure. Hoy, tras la resaca diplomática de ayer, toca analizar el conflicto desde diferentes vertientes.

Tras las maniobras de Viktor Yanukovich para que Ucrania mantuviera una posición equidistante entre Moscú y Occidente, cancelando ciertos acuerdos con Estados Unidos y la Unión Europea que podían desequilibrar la situación en el país, que se acabó demostrando que andaba en la cuerda floja, la revuelta del Euromaidán y el posterior golpe de Estado rompieron de forma brusca el equilibrio y, sobre todo, la equidistancia. Sin embargo, esta equidistancia no era sólo geopolítica, sino interna. 

La Rada Suprema acordó abolir la ley sobre las bases de la política lingüística estatal de 2012 por el cual las lenguas habladas por más de un 10% de la población dentro de una región podían adquirir el rango de lengua cooficial. Esto provocó un seísmo interno en un país fuertemente escindido entre ucranianos (entendiendo la “ucraniedad” como una conjunción lingüística, étnica y cultural) y rusos (entendidos como conjunción étnico-lingüística y cultural), aunque afectó también a otras minorías como los tártaros.

El objetivo consistía en desrusificar el país para que pudiera ser controlado por una élite ucraniana y mover el Estado a voluntad buscando el acercamiento a Occidente, lo que provocó la respuesta armada de los ruso-ucranianos y la posterior guerra civil. Ya que lo que ha sido llamado durante ocho años como “invasión rusa” ha sido un eufemismo para no llamar a las cosas por su nombre: guerra civil y conflicto interno.

En este caso, el conflicto interno se solapa con otro internacional, y es el tirón de Kiev hacia Occidente, la expansión de la OTAN hacia el este y la incapacidad rusa de lograr que los objetivos consignados en los tratados internacionales firmados se cumplieran. De modo que Rusia, que estuvo ocho años intentando ofrecer pactos y acuerdos, vio cómo la situación se deterioraba de forma acelerada.

Tras más de un mes de escalada mediática y acusaciones lideradas por Estados Unidos, Reino Unido y la UE, así como las amenazas de sanciones contra Moscú por el incremento de tropas, producto de los ejercicios militares conjuntos con Bielorrusia, la tensión acabó por provocar que Ucrania y Novorussia se enzarzaran de nuevo en una escalada militar. Lo que unido a la cobertura diplomática, política y mediática sobre el conflicto más la oleada de refugiados de Donbass a Rostov del Don y la penetración de unidades ucranianas en territorio ruso hizo que Moscú, finalmente, reconociera Novorussia.

Frente a esto, Biden dejó claro que no iba a desplegar tropas en Ucrania, ni de USA ni de la OTAN. Boris Johnson dijo lo mismo. por lo que los grandes instigadores de la escalada de tensión de Kiev dejaban solo a Zelenski, que ahora debe lidiar, con un apoyo indirecto de Occidente, con la actual situación.

El problema que se plantea aquí es el siguiente: Rusia ha desplegado sus tropas dentro de un estado que ellos reconocen como independiente y con quien firmaron acuerdos de asistencia mutua, por lo que para el ordenamiento jurídico ruso no es una invasión ni una declaración de guerra, que se hubiera producido si hubiera entrado sin reconocer Donbass.

Por otro lado, la consumación del reconocimiento y el posterior despliegue implica la ruptura del espacio eslavo en dos bloques: a favor de Ucrania y a favor de Rusia y la enemistad de estas dos esferas de influencia que se ven mutuamente excluyentes y amenazantes. Durante años no se han dado garantías a Rusia de que la ampliación de la OTAN no era peligrosa para ellos (con el incremento de soldados, ejercicios militares y armas en las regiones al este del Elba), lo que ha provocado una creciente agresividad de Rusia frente a sus estados fronterizos a la hora de que hagan movimientos hostiles contra Rusia (Ucrania, pero anteriormente Georgia).

Al mismo tiempo, los estados eslavos que intentan mantener relaciones estables con ambas partes ven su soberanía y su independencia cuestionadas por las dos fuerzas que presionan por una definición más clara de sus posiciones provocando injerencias y el miedo a las respuestas de Rusia, pero también a los desaires de Occidente.

En este caso, el problema ahora se plantea de la siguiente manera. ¿Qué pasará con los espacios intermedios en Ucrania? Ya que el país ha sido dividido: Crimea es parte de Rusia y Donbass está reconocida por Moscú, que reconoce el territorio que controla pero no sus aspiraciones irredentistas de controlar todo el territorio de las provincias de Donetsk y Lugansk. Por lo que, en principio, desaprobaría una aventura militar de las dos repúblicas para ampliar su territorio.

Por otro lado, el gobierno de Kiev está estrechamente unido a los gobiernos occidentales, pero ¿podrá Zelenski aguantar la embestida rusa y de los radicales ucranianos de Biletsky, por ejemplo? ¿Qué pasará con los núcleos de rusos dentro de Ucrania? Zelenski ya comentó que incluso pretende armarse con armas nucleares (yendo contra el tratado de no proliferación de armas nucleares o contra la declaración de Budapest de 1994 que desnuclearizó el país). 

La cuestión es clara. Rusia, de facto, ha reconocido la pérdida de influencia en Ucrania de forma definitiva, lo cual ha provocado el reconocimiento de Donbass para retener parte de su influencia entendiendo que ya no tiene nada que negociar en eso y dando por finalizados los acuerdos de Minsk violados sistemáticamente por Kiev. Estamos ante un divorcio traumático de dos naciones hermanas y Kiev entiende esta crisis como la oportunidad para confirmar de forma definitiva la independencia lograda en 1991 de la URSS entendiendo que las relaciones Kiev-Moscú fueron una forma de influencia determinante. 

Para los ucranianos más nacionalistas, esta crisis es una oportunidad de eliminar a Moscú de su país y centrarse en Occidente, entendiendo que son una nación europea y que naturalmente deben formar parte de estructuras occidentales al precio que sea, que, al parecer, según algunos expertos, tampoco estarían cómodos con una Ucrania integrada en la UE o la OTAN.

Según Andriy Biletsky, líder del grupo de extrema derecha Asamblea Social-Nacional, el futuro de Ucrania es formar parte de la “Unión Intermarium” que llegue desde el Báltico hasta el Mar Negro a través de la unión internacional de países como Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa y Eslovaquia, entre otros. 

En definitiva, una reconfiguración del poder internacional en Europa Oriental que responde al cambio de paradigma geopolítico propuesto por Estados Unidos tras la salida de Afganistán y que implicaba el enfrentamiento en Europa, de forma directa, con Rusia y la preparación para la competición con China. Trump lo vio claro, pero rechazó esa idea intentando reconducir la situación hacia un mundo donde Estados Unidos tuviera primacía, pero donde se llegara a acuerdos.

Sin embargo, Biden, que piensa en términos unipolares en un mundo multipolar, se enfrenta ahora a un reto: el resurgimiento de Rusia como potencia y la respuesta contundente, tras treinta años perdiendo terreno, de Moscú, que ve cómo tras poner orden dentro del país y atajar su inestabilidad interna ahora puede exponerse hacia el exterior. ¿El problema de Moscú? Que es un gigante con pies de barro y a nivel económico no ha hecho los deberes; es la sexta potencia económica del mundo cuando podría estar entre las cuatro primeras y sólo está un 3% por encima de España en potencia económica, por lo que pueden plantear una blitzkrieg militar siempre y cuando no caigan en la trama de las guerras de carrera de fondo

Ucrania ha decidido claramente: Kiev está con Occidente y ve este proceso como la conclusión de su total independencia y soberanía. Y Rusia entiende que no hay nada que hacer en Kiev salvo mantener algunos lazos diplomáticos necesarios, pero para retener su influencia ha tenido que actuar con la fuerza de la Realpolitik ante la inconsistencia de la política de consensos.

Welcome to the Jungle.

Artículos relacionados

Un gesto majestuoso

Suspicious minds

La polémica del cartel