sábado, enero 28, 2023
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Trucos e ilusiones

Yo terminé la carrera de Filosofía impaciente por cambiar de aires y dejar esa Facultad fea y pintarrajeada, que, dicen, es patrimonio de no sé qué. Por eso me apunté a un máster de otra cosa que ahora dudo de si es, en realidad, una cosa: la comunicación. Llegué a mi nueva universidad, que no era patrimonio de nada, acostumbrado a que en clase se me transmitiese un conocimiento, a que se me enseñaran formas de aproximarme a los textos y, sobre todo, a que los profesores mostrasen su modo de interpretar y de construir a partir de uno o varios autores; y me encontré con clases en las que se transmitía una técnica, un modo de hacer las cosas que puede funcionar, sí, pero que puede también fracasar porque depende más del contexto que de la habilidad o el conocimiento propios.

Lo primero que me sorprendió fue las muchas, muchísimas asignaturas que el programa incluía. Y, de entre ellas, una llamó poderosamente mi atención: era sobre algo así como de aprender a gestionar la comunicación interna en una empresa. Acudí el primer día porque tocaba, porque allí, como en el colegio, exigían asistencia, y no di crédito a lo que la profesora nos contó. Ella se pensaba experta en una materia importantísima, y así pasó una hora y media larga explicando métodos para lograr que los empleados se sientan realizados, felices, para que no hablen mal de la empresa, para que se sientan identificados con ella. Todo eso, aseguró, redundaría en beneficio de la empresa, que al poco tiempo vería incrementada su facturación.

Vaya por delante que no tengo nada en contra de ganar dinero; lo que sí me molesta es concebir a las personas como herramientas al servicio de un fin particular, propio, y además tan feo como el dinero. No es de ningún modo aceptable procurar que los empleados se sientan realizados porque de ese modo aumentará la facturación y mejorará la reputación de la empresa. Podríamos decir, por resumirlo mucho —resulta que la asignatura terminó siendo de quince sesiones—, que todo se reducía a aprender a subyugar de un modo velado, casi imperceptible, a los trabajadores y de lograr al tiempo que se identificaran con los valores de la empresa. O sea, que se trataba de aprender a ser un auténtico hijo de puta.

Durante esas clases me acordé mucho de Keynes, cuya única intención, aunque a veces pueda parecer lo contrario, fue salvar un capitalismo que colapsaba. Y también del Estado de Bienestar y la renta básica universal, que son ideas encaminadas a lo mismo. Y terminé concluyendo que el contenido de esa asignatura formaba parte de los trucos, de las ilusiones de las que el sistema se sirve para sobrevivir aun cuando las circunstancias nos impelen a cargárnoslo. Ahora se trata de engañar al trabajador para que se sienta realizado rellenando tablillas de Excel; se trata de persuadirle de que la empresa quiere lo mejor para él aunque vuelva a su casa pasadas las once. Y, teniendo en cuenta que hay para quien los hijos esclavizan y las Big Four liberan, parece que no lo están haciendo nada mal. Mi profesora estaría orgullosa.

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