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‘Traidores’, de Jon Viar

De “traidores”, así trataba la banda nacionalista sediciosa separatista ETA a los que renegaban o renunciaban, de algún modo, a seguir actuando en ella. Pero es que el alcance de la traición, según sus propios presupuestos, no se limitaba traicionar las directrices de la banda, sin más, sino que la traición se ejercía sobre el “milenario” pueblo vasco, sojuzgado durante siglos por la “puta España”.

Jon Viar aborda este tema, ahora, tras diez años del “cese definitivo” de la “actividad armada” de ETA (20 de octubre de 2011), cuando la propaganda institucional está muy ocupada en echar el borrón del apaciguamiento y la cuenta nueva del “aquí paz y después gloria”. Así que el “relato” de Jon Viar va totalmente a contracorriente, cuando lo que se busca es, más bien, no remover nada, y echar el velo de la damnatio memoriae sobre el asunto. Se da por buena, sin más, la versión oficial (defendida desde instancias autonómicas, pero también desde el Estado central) que habla, y se felicita por ello, de una banda que se ha por fin disuelto para dedicarse a “hacer política”.

Escribo, como se puede observar, llenando el artículo de comillas, porque son esas palabras, así entrecomilladas, las que se utilizan para encubrir (nunca para revelar) lo que ha pasado en España, y lo que sigue pasando, a propósito de la acción de la banda terrorista ETA. Y es que “dejar de matar” no tiene por qué significar, en absoluto, el fin del terrorismo, sino que pudiera ser, más bien, su consagración institucional (cuando alguien acepta un chantaje, y se pliega ante él, cesa la extorsión, claro, pero porque se vuelve innecesaria: muere de éxito).

De hecho, ese lenguaje velado, disimulado, oculto, escondido en el tono sottovoce que se sigue utilizando para hablar de la acción del nacionalismo fragmentario en España, habla más bien de un éxito que de un fracaso, en el terrorismo etarra, que han conseguido instaurar una especie de omertá que afecta, en buena medida, a toda España (ya es hasta de mal gusto hablar de ETA).

Pues contra él, contra ese lenguaje cómplice, encubridor, falsario, se dirige el corajudo y audaz Jon Viar en esta película documental.

En este sentido, y procurando no revelar nada de la trama (porque, en efecto, aún siendo un documental, le ha sabido imprimir un ritmo dramático, con cierto aire de suspense), nos llaman la atención poderosamente dos aspectos, ampliamente subrayados en el documental, y que creemos casi inéditos como enfoque sobre el asunto.

El primero es la genealogía que se hace del nacionalismo vasco como una doctrina, en efecto, delirante, nada respetable, y que surge procedente del seno de una sociología muy conservadora, de misa diaria. ETA, sí, nace en un seminario, y poco tiene que ver en ello el “comunismo”. Es en este contexto, digamos tradicionalista, en el que cuaja el racialismo aranista volkisch del que se alimenta ETA, y que resulta refractario a la doctrina del “marxismo-leninismo” con la que la propia ETA se quiso propagandísticamente adornar (con ese aire revolucionario, contestario, “emancipador” con el que se quiso revestir). Pero, en el documental se ve ampliamente, como este revestimiento es, eso, una carcasa superficial, que guarda en su seno el delirio aranista particularista étnico (incomposible con el socialismo revolucionario).

El otro aspecto, derivado en parte del anterior, y creo que aún más llamativo, por inédito, insisto, es que la denuncia del documental se dirige no tanto hacia los “métodos” criminales con los que actuaba ETA, que también, cuanto a esa doctrina nacionalista que justificaba, y aún justifica, la acción criminal de ETA. Y es que cuando se sobre entiende, como quiere la mitología aranista, que un pueblo “milenario” ha sido sojuzgado por otro, que además está peor dotado en general, pues las casi novecientas víctimas mortales de la banda terrorista representan poca cosa si se compara con los sacrificios de un “pueblo vasco” sometido, avasallado, durante siglos. El asesinato queda así respaldado, amparado ideológicamente, como un acto de justicia histórica, que apenas compensa el daño, de recorrido secular, infligido por España sobre la sociedad vasca. Todo asesinato etarra es, en realidad, una ejecución en el ara sacrificial de la patria vasca. Verlo de otro modo es una traición.

Traidores, en realidad, es el recorrido por el que algunos es miembros de la banda, desde Jon Juaristi a Mikel Azurmendi, pasando por Teo Uriarte o el propio Iñaki Viar (padre del director), despertaron del “sueño dogmático aranista” cuando tuvieron que llevar a la práctica, en coherencia con la doctrina nacionalista fragmentaria (la “patria vasca”), la metodología criminal etarra. La “traición” era la recuperación de la cordura política que llegaba, muchas veces (cuando lo hacía), por la vía expeditiva de verse en el trance de comprometerse con una acción criminal, resultado de una decisión tan arbitraria como, en ocasiones, cómica (de humor negro, claro). Así, creo recordar que es Mikel Azurmendi el que cuenta cómo se sometió a votación, en el seno de un comando, la decisión de asesinar a un hombre o no (y salió que no, como pudo haber salido que sí). Un “operativo” tan ridículo en su planteamiento como criminal porque es que lo disparatado está en la doctrina nacionalista, a partir de la cual cualquier cosa es posible (ex falso quodlibet, decían los escolásticos). De lo falso, cualquier cosa, incluyendo el crimen.
Una recuperación de la cordura, en definitiva, que condujo a la creación del Foro de Ermua (en buena medida el documental es la historia de la creación de esta asociación), al que pertenecían casi todos los protagonistas del documental, y que surgió como una especie de puñetazo en la mesa frente a la estulticia nacionalista ya generalizada, y plenamente institucionalizada, en la sociedad vasca (en el gobierno y parlamentos vascos, y en los plenos de los ayuntamientos).
Y esto es lo más sombrío que se dibuja, más allá de la elocuencia de muchas imágenes, en el trasfondo de este valiente documental de Jon Viar (o eso creo yo al menos), y es que el fin de ETA ha servido para consolidar, y no acabar, con el delirio aranista, completamente instalado en la sociedad vasca actual.

En general, metida en el zulo nacionalista, y bajo el síndrome de Estocolmo, y sin que tampoco haya una reacción clara en el resto de la sociedad española, se puede seguir contemplando a estos “traidores” a ETA como unos traidores a la causa nacionalista volkischs. La impronta etarra sigue marcando el paso, sin que exista, ni mucho menos, un reconocimiento para esta gente, por haber sabido zafarse de la basura aranista. Al contrario. Más bien molestan. Alteran la calma nacionalista oficial, si se habla de ellos. Mejor callar. Fueron traidores, y siguen siéndolo.

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