miércoles, noviembre 30, 2022
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Tradición y modernidad

Nada proviene de la Nada. Esfuerzo, entorno fértil y la suerte de un buen “capitán” suelen ser más que suficientes para marcar la diferencia entre el naufragio y los llantos por la honra sin barcos, y el falso éxito bien publicitado.

No es el momento, ni lugar, ni la intención de ir al universo común de las noticias de óbitos regios para glosar siete décadas en poco más de mil palabras. Un franco tirador no dice sus opiniones con la sangre y el corazón cuando apunta objetivos; eso le hace temblar el pulso y errar, quizá el único disparo y oportunidad que se tiene para entrar en el cerebro humano antes que el sistema reptiliano nos ciegue de nuevo.

Doctores tiene la iglesia, e historiadores de variado signo que alumbrarán los actos de quien en estos momentos deja huérfanos a casi una veintena de países y que aúna tanto odios exacerbados, como loas mitológicas. Otro tiempo habrá para hablar de lo que hoy  inunda televisiones, radios y prensa de todo tipo.

La excusa, aunque no fuera este mi deseo, es perfecta para espolear a mis compatriotas y poner algunas reflexiones en común. Equivocadas tal vez, pero pese a quien pese, documentadas. De mí, como de todos los de mi gremio, del que seré un eterno mero aprendiz, se han dicho tropelías y soflamas difamatorias de todo tipo, e incluso algunas verdades como puños… pero nadie sugirió ni en los peores conciliábulos que por obra, palabra o por omisión realizara mi mano, mi pluma o mi pensamiento, nada que rayara en la más mínima fisura sobre el amor y respeto a la tierra que me vió nacer, me verá morir y sobre la que, equivocado o no, he intentado contribuir  a su mejora o a la disolución de disputas infantiles que sólo benefician a otros, con otros intereses Patrios.

Estoy cansado de los golpes de pecho, de las remembranzas históricas de gestas “pleistocénicas”, de himnos y fanfarrias que animan los corazones (el mío también), pero que son de tan “quijotescas y pasionales” fuente de “cebos” para aquellos que luchan por la división de lo que debería ser lo único que importara: la mejora de la totalidad de la sociedad y el Estado que nos acoge; siendo capaces de aglutinar las sensibilidades históricas, ya sean inventadas o reales. Da igual. A ver si nos damos cuenta de que no somos el único país con historia gloriosa, con problemas identitarios, con en ocasiones uniones forzadas y con permanentes luchas intestinas por encontrar motivos de afrenta contra “el de enfrente”.

La diferencia entre ellos y nosotros es que sus crisis han permanecido “civilizadamente” soterradas bajo aquello que les unía antes de lo que les separaba. Y que cuando así no ha sido, respondían a fisuras hundidas en la noche de los tiempos y sobre las que hacen falta siglos de “vendajes”. Y se hacia por la vía expeditiva.

Libéreme cualquiera de los Dioses Mono o Politeístas que existan o existieron de que se me confunda con un insider de aquella que se llamó la pérfida Albión. Nada más lejos de mi ánimo. Pero de hasta los enemigos hay que saber reconocer sus puntos fuertes para saber cuando flaquean y usar el “ariete” para nuestro beneficio.

Y de eso se trata, de ser capaz de tener un nexo que una el tiempo que sea posible los intereses, y también los corazones, de un grupo diverso de personas o de un colectivo, valga decir sociedad civil, que a priori tendrían muchos más motivos de conflicto que de unión. Ese “milagro taumatúrgico”, no depende de hechizos o maldiciones, si no de la capacidad, al menos una sola vez en la historia de que confluyan las “cabezas pensantes” en intereses y en estrategias de acción común: económicas, sociales, militares… “todo es bueno para el convento” que dirían los clásicos.

La capacidad de unir bajo un principio de tradición común (ciertamente en ocasiones impuesta a sangre y fuego) a un territorio, una población, un sistema, y dotarle de un enemigo “común más grande y terrible que sus propias miserias”, es una argucia mental digna del mejor proceso de ingeniería social, lingüística y política. Si además logras convencer incluso a los reprimidos de que “esa razón de Estado” es ciertamente igualitaria e implacable en las normas consuetudinarias, entonces tienes una sociedad, un sistema, un verdadero “Leviathan” que, durante el tiempo que sea, logrará todo lo que se proponga, precisamente por que nada será más importante que el mantenimiento del sistema. Ahora quizás veamos decaer a posiblemente el último de los “imperios tradicionales”. Y será por contradicciones internas, por falta de agilidad para encontrar nuevas “narrativas” que vuelvan a unificarlos; quizá por que el globalismo o los intereses de potencias emergentes sean imparables… no lo tengo claro aún.

Lo que si tengo meridianamente claro es que trescientos años de pragmatismo dan como fruto que el sistema prevalece ante cualquier amenaza. Si para ello se debe recurrir a la mentira, a la creación de historias y leyendas negras, al  pago generoso de aquellos que medran vendiendo a los suyos, usando como nadie los medios modernos de comunicación y la penetración cultural… estará legitimado por el bien del interés común. Ese que sólo une el fino hilo de equilibrio entre modernidad y avance a toda costa, con la preservación de tradiciones (algunas irrisorias) que a toda costa se mantienen como seña, no de identidad, si no de diferenciación voluntaria y ánimo en la confianza de una superioridad moral. No importa en ningún caso que fuera todo farsa, teatro o mero convencionalismo por interés económico. Ir contra corriente, creyendo que los demás son los equivocados, y alimentarse de una historiografía hecha a medida, hace que durante bastante tiempo el impulso obtenido reporte grandes beneficios en todos los niveles.

Cuando uno es capaz de cambiar la historia escrita y hacer que los demás se la crean, reinará bastante tiempo sobre los “merluzos” seducidos por cantos de sirena. Es la hipocresía, el pragmatismo y la capacidad de mantener como algo indiscutible contra todo y todos “las opiniones propias”, lo que mantiene los Estados; máxime cuando de lo que se trata es de “imponer pequeñas decisiones”, insignificantes al parecer, pero que se mantiene en el inconsciente colectivo como algo irrefutable y sin atreverse a someterlo a juicio crítico o moral.

Cuando de alguien por siete décadas de “trabajo”, el sistema económico y de mantenimiento de los intereses estratégicos (es decir los servicios de inteligencia), se le despide agradeciendo su lealtad a la estrategia marcada, el buen juicio, la prudencia y la capacidad de integrar tradición y modernidad… es entonces cuando entendemos de verdad “la razón de Estado”: hacer lo pertinente para que lo que soy permanezca como inalterable en el tiempo, sacrificando lo que sea menester. Nadie va a negar que la corrupción moral o el engaño por sistema sea deleznable, pero centrarse en las tradiciones ignorando (al menos en apariencia) los devenires y cambios del mundo hace que si tienes la suerte de imponer una Noocracia , y que sea aceptada como algo natural, entonces, has triunfado.

Se que no estoy diciendo nada que no parezca obvio, pero la lectura atenta de los sucesos de este último medio siglo, nos hace ver que se considera como una virtud el engaño, el soborno, la corrupción, y por qué no las covert actions como algo no sólo necesario, si no exigible. Llegará el día en el que caigan las falacias históricas, en el que los archivos de la ignominia sean abiertos, en el que “El Estado” tejido a la fuerza caiga en desgaste, sí, pero no será hoy, ni mañana, será cuando no tengan la capacidad de sobornar o inducir “Insiders”, ni tengan el apoyo de los “hermanos de sangre” (o si lo prefieren de lengua), que comparten bastante de ese pragmatismo e hipocresía para con el mundo. 

Trescientos años de práctica en doblegar por la vía militar o por la vía económica las voluntades de pueblos y sus dirigentes, da un establishment suficiente para perpetuar algún tiempo su influencia.

De eso en España sabemos mucho, pues ya están saliendo documentos que demuestran que incluso en la época contemporánea reciente que se dice “más patriótica y radical” muchos de los gobernantes, políticos, militares y empresarios trabajaban a sueldo de los intereses de, entre otros, todos los “viejos imperios” que dejaron de darse golpes de pecho, para abrazar el pragmatismo. Al menos lo suficiente como para evitar pegarse entre ellos, mientras hubiera otros necios a los que “engañar”.

“…. Buen Vasallo, si hubiera buen Señor”, cuando los tengamos, si es que eso se da, entonces podremos quitarnos la manta de la vergüenza y reconocer lo que somos. Así se hace Patria, no con recuerdos de nostalgia o revanchas periódicas (por cierto, demostrado está que muchas son pagadas por quien nos quiere entretenidos mientras saquean nuestro proceso de influencia decreciente).

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