sábado, diciembre 10, 2022
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Tierra de pioneros espaciales

Uno de los topicazos sobre España está basado en la tontuna de que la Ciencia ha sido algo ajeno por completo por estos pagos. Podríamos hacer un estudio de las razones sobre si esto es algo realmente cierto, una cuestión endémica, o el porqué del imposible florecimiento de una escuela científica propia. Hay quien señala que nos encontramos con científicos y con auténticos pioneros en todos los campos, pero que todo ello no crea una auténtica escuela que enraíce y dé auténticos logros. Pese a todo, nos vamos a topar (¡verbo tan de moda ahora!) con genios como Domingo de Soto, en la Escuela de Salamanca y en el siglo XVI, el cuál sería el primero en establecer que un cuerpo en caída libre sufre una aceleración constante. Estamos hablando de un descubrimiento clave para el campo de la física, y base esencial para el posterior estudio de la gravedad por parte de Galileo Galilei (medio siglo más tarde) y, claro está, por Sir Isaac Newton. ¡Casi ná! O con Jerónimo de Ayanz, que presentaría un traje de buzo que fue probado en el mismo Pisuerga. Patentaría decenas de inventos que van, desde un aire acondicionado para enfriar una mina, pasando por la máquina de vapor, a un serio precedente del submarino… ¡en 1600!

Hablando de submarinos se nos vienen a la cabeza dos nombres: los del pionero Narciso Monturiol, con su Ictíneo, construido en 1859, pero sobre todo el de Isaac Peral y su verdadero ingenio, que funcionaba con propulsión eléctrica y era capaz de lanzar torpedos. Ingenios que nos hacen recordar otros como los del autogiro de Juan de la Cierva, que ahora aparece envuelto en la polémica política con relación a su apoyo al golpe de Estado del 1936, y la oportunidad de poner su nombre como homenaje debido a su obra, a un aeropuerto. Sin duda se lo merece. Como se lo merecería alguien que le ayudó en la construcción de su invento que fue precursor del helicóptero, como fue Emilio Herrera Linares. Otro genio desconocido que, afortunadamente, ha dejado de serlo (tanto) gracias a su aparición como personaje en la serie de televisión El Ministerio del Tiempo que, sinceramente, creo que ha hecho más por aproximar la Historia de España y a muchos de sus protagonistas, que las ocho leyes orgánicas educativas que llevamos en democracia. Pero no nos desviemos y vayamos a este genial personaje.

Un ingeniero granadino que nace en 1879, cuando lo más que podía verse volar como artefacto humano, era algún montgolfier, que no dejaba de ser algo propio de ferias por más que llegaran a intentar convertir aquellos globos en dirigibles para ser usados en la guerra en tiempos napoleónicos. El caso es que este granadino que comenzó queriendo ser arquitecto (en algo debió de tirar la sangre de un antepasado como Juan de Herrera, el artífice final del Monasterio Palacio de San Lorenzo de El Escorial), terminaría como teniente, tras pasar por la Academia de Ingenieros de Guadalajara, en la Escuela Práctica de Aerostación, en 1903. Porque el tema de los globos y de los dirigibles seguía siendo el principal modo de dominar el aire. O así se pensaba, pese a los intentos de que algo más pesado que el aire, pudiera volar. Como el de los famosos hermanos Wright; o los menos conocidos, como el valenciano Ricardo Causarás, que diseña el prototipo del primer avión de forma triangular de ala delta rígido del mundo. O el también valenciano Juan Olivert Serra, que realiza el primer vuelo motorizado en España en 1909. Y aunque el inventor del dirigible moderno como lo conocemos, fue el cántabro Leonardo Torres Quevedo, que merecería un artículo sólo para él, Emilio Herrera iba a aprovechar su experiencia con este tipo de aeronaves para llegar al que será su gran aportación a la aerostática… y a la carrera espacial.

Para llegar al mismo, su carrera profesional le lleva a ser piloto titulado tanto de aviones como de dirigibles, llegando a comandar la Sección de Globos Aerostáticos en Melilla. Con un aeroplano, y junto con otro militar, el también capitán entonces José Ortiz Echagüe, realizan el primer vuelo entre Europa y África de la historia. Entre las localidades de Tetuán y Sevilla. Estamos en 1914, y aquel vuelo llevando una misiva a Alfonso XIII de su general, hizo que el rey firmara un decreto nombrándoles gentileshombres en reconocimiento a sus servicios. Nos puede parecer algo naif, ingenuo, pero aquel cruce del Estrecho en un monoplano fue historia de la aviación mundial, jugándose la vida en unos cacharros cuya autonomía y capacidad de elevación estaban bastante limitadas. Durante aquellos años sigue estudiando, creando la primera escuela de hidroaviones. Pero la idea de cruzar el océano Atlántico sigue resultando una quimera, excepto para los mencionados dirigibles. Es por esto que en 1918 intenta llevar a cabo la idea de una línea transoceánica con estos aerostatos, cuya invención ya dijimos que se debieron a Torres Quevedo, siendo finalmente una empresa alemana quien le compraría la idea.

Emilio Herrera sigue innovando, ayudando a ello, como con la idea del autogiro; o diseñando y construyendo en 1921 el Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos, donde uno de sus enormes túneles de viento fuera visitado por Albert Einstein, con el que acabaría teniendo una cercana amistad. Se ha convertido en una personalidad de la aeronáutica. La mismísima Sociedad Naciones le nombra en 1932 como experto internacional en aviación. Sus logros se centrarían en ver cómo llevar a cabo con seguridad las ascensiones hacia la estratosfera mediante los todavía, prácticos globos. Globos que podían alcanzar cerca de los 30 kilómetros de altura. Altitud en la que peligraba la vida de quien estuviera en la barquilla. Nada que no se pudiera arreglar con el equipamiento adecuado. Un traje aerostático, confeccionado entre Guadalajara y Cuatro Vientos (Madrid), que llevaría el nombre oficial de escafandra estratonaútica, cuyo diseño contaba con un sistema de calefacción, respiración antivapor, micrófono, termómetros, barómetros y otra serie de herramientas. ¡Todo un traje espacial diseñado en 1935!

Con el tiempo, los americanos de la NASA vieron las posibilidades de desarrollo de este hallazgo para los futuros e inminentes vuelos espaciales. Se le llegó a ofrecer un cheque en blanco a Emilio Herrero por su diseño y sus estudios. Sin embargo la negociación no llegó a buen fin. El dinero no era desdeñable, pero para un hombre ya de su edad, en su mente anidaban otras prioridades. Y la condición que puso fue que la bandera de España fuera también en el viaje a la Luna. A lo que los americanos se negaron. Cuando el primer hombre que pisara el satélite, Neil Armstrong, quiso tener un detalle con él trayéndole como recuerdo una roca lunar, Emilio Herrera ya había fallecido.
Así fue parte de la historia de este ingeniero militar, católico y monárquico, que acabaría siendo presidente de la Segunda República en el exilio, anhelando una reconciliación nacional que jamás tampoco vería, como esa piedra lunar, al morir en 1967 en Ginebra. ¡Cosas de la Historia de España!

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