domingo, diciembre 4, 2022
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Sangre de mártires: 64 años del levantamiento húngaro contra la Unión Soviética

Si el yugo soviético aplastó, el lazo húngaro, también de acero, estrangulaba ahora el cuello de un Iósif más impersonal y de bronce, que se elevaba veinte metros sobre la muchedumbre. Era la tarde del 23 de octubre de 1956 y la multitud, arremolinada en los inmediaciones, tiraba con fuerza de la cuerda que terminaría derribando la estatua de Stalin.

Cientos de voluntarios se sumaron al objetivo y contribuyeron a él con diferentes herramientas que conseguirían, una hora después, la caída definitiva del monumento, del que apenas quedaron las botas, donde se colocó la enseña nacional húngara, despojada ya de la estrella roja impostada. Corrían otros años y diferentes latitudes, y por aquel entonces los estudiantes derribaban las estatuas de aquellos que destruyeron la civilización, no de quienes la edificaron. No en vano, el monumento a Stalin se levantó en el lugar que antes ocupaba una iglesia.

Todo había comenzado con varias concentraciones encabezadas por estudiantes que reclamaban una serie de cambios en el sistema político húngaro, convertido entonces en país-satélite de la Unión Soviética. Fue tratando de acceder a la radio estatal para amplificar sus demandas cuando todo estalló, pues los estudiantes fueron detenidos y los manifestantes no aceptaron de buena gana. La policía política abrió fuego desde dentro del edificio y la población se puso en marcha. Poco después, el pueblo húngaro desbordó los bulevares y comenzó la revuelta que puso en jaque al gobierno de Hegedüs, que acabaría siendo derrocado. 

 

El movimiento revolucionario lo encabezó un juventud decidida que en nada se parecería a la generación que, una década después, corretearía por la Sorbona buscando la playa bajo los adoquines, encarnando una izquierda urbanita que renunció a la lucha frente al patrón para hacerla contra sus padres. Bien es cierto que octubre siempre fue mes de hierro y pólvora, mientras que mayo nos evoca primavera y flores.

El movimiento insurreccional se prolongó durante varios días y puso en jaque al ejército y a la policía política, caninamente obediente a Moscú, que observaba con preocupación los hechos a cientos de kilómetros, temiendo el precedente que habían sembrado las revueltas de Poznań.

Erika Szeles, una joven húngara de quince años, sería una de las protagonistas durante aquellas jornadas. Popularmente conocida por haber acaparado, arma en mano, la portada de Billed Bladet. Ejerció labores de enfermería con sus compañeros hasta que decidió compartir trinchera con ellos, algo que le costaría la vida el ocho de noviembre, tras recibir un disparo en el cuello. 

La lucha se saldó con trece mil encarcelados, más de trescientos cincuenta húngaros ejecutados y un total de doscientos mil exiliados entre los que se encontraba Ferenc Puskás, que fue juzgado en ausencia y acusado de traidor patria. No lograría regresar a su país hasta los años ochenta. 

Lejos quedaban ya los enemigos del pueblo ante una Unión Soviética que comenzaba un largo camino hacia su desmoronamiento, agravado por la Primavera de Praga, y de la que no quedan sino los recuerdos de quienes la combatieron valientemente aquellos días. 

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