lunes, enero 30, 2023
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Románticos y racistas en el hogar de Breogán

El racismo supremacista ario es algo que no solamente está en las bases del nazismo, con Auschwitz como punto culminante, sino que también lo está en las del nacionalismo regionalista (catalanista, galleguista y bizkaitarra), tan bien asentado actualmente en las instituciones políticas españolas.

Es realmente llamativo que, tras la catarsis producida a partir de 1945, tras el hundimiento del Tercer Reich, el prestigio de los autores que inspiran el regionalismo autonomista permanezca intacto. Es más, su reconocimiento, en el contexto del Estado autonómico de 1978, es enorme, hasta el punto de haberse convertido en figuras indiscutibles a escala local (monumentos, calles, plazas, institutos, placas, etc, son dedicados a los “padres fundadores” de los movimientos regionalistas, en las regiones correspondientes), eclipsando totalmente otras figuras de mayor relieve a escala nacional española.

Es verdad que este reconocimiento se produce a base de obviar completamente el componente racialista de sus doctrinas, pasándolo por alto, como un “pecadillo” debido a “las circunstancias”. Pero ello no es así, el racismo es un componente central en sus doctrinas nacionalfragmentarias, como pone muy bien de manifiesto Jorge Polo en su magnífico libro Románticos y racistas (ed. Viejo Topo, 2022), y, además, tampoco se puede excusar con las circunstancias porque había autores, en esas mismas circunstancias, que combatían ese racismo regionalista (así Oliveira Martins, Sánchez Moguel, Juan Valera, Pardo Bazán o el propio Unamuno).

En el caso del galleguismo, la vía de penetración del racismo más grosero (arianista) fue el celtismo.

El celtismo es un movimiento ideológico decimonónico, no exclusivo de Galicia, pero que el galleguismo va a utilizar como justificación del “hecho diferencial” gallego. “Lo celta” va a ser el núcleo a partir del cual Galicia, en la concepción nacionalista, quede recortada como realidad “nacional” fragmentaria (“sitio distinto”), y desconectada, incluso confrontada, con el resto de España. Una desconexión “nacionalista” respecto a la historia de España que se ha llegado a “normalizar” en buena parte de la historiografía y por la que la “Historia de Galicia” se ha convertido, en realidad, en una historia del galleguismo (la historia de Galicia entre los siglos XVI y XVIII –los llamados “siglos oscuros”- carece de interés para esta historiografía, es como si no existiera).

Fue en el libro Historia de Galicia, de Verea y Aguiar, publicado en 1838, en donde por primera vez aparece el celtismo como base reivindicativa del “hecho diferencial” gallego. Así lo advierte su autor en la Dedicatoria inicial, dirigida al rectorado y claustro de la Universidad de Santiago, afirmando que su libro es “fruto de mis tareas en la vindicación de los derechos históricos de la respetable Galicia”. La impronta celta sobre Galicia es tal que el propio topónimo se debe, según Verea y Aguiar, a dicha influencia: “Galicia fue un pueblo, tan radicalmente céltico, que aún no pudo borrarse su nombre tan espresivo [sic] de aquella antigüedad; y por tanto participante de aquellas prerrogativas que constituyen grande la nación céltica” (Historia de Galicia, p. 15, Ferrol, 1838).

Alfredo Brañas, en su obra capital El Regionalismo, también va a reivindicar un “celticismo” que, impugnando a la escuela de Pezrón (que identifica a galos y a celtas, siendo Francia su cuna), defiende el origen peninsular, castizo, de los celtas de España. A esta escuela pertenecen Masdeu, Larramendi, Sabau, así como también, precisa Brañas, Verea y Aguiar, Vicetto y Murguía: “Después de leer a Verea y Aguiar, Martínez Padín, Murguía, Huerta, Vicetto, y en general a todos los historiadores gallegos […] no admite discusión que ya en aquellas remotas edades latía en el corazón de los gallegos el sentimiento regionalista, germen del vigoroso y lozano espíritu patriótico que hoy nos anima y reconstituye, a pesar de nuestras miserias y debilidades” (Alfredo Brañas, El Regionalismo, ed. La Voz de Galicia, 1981, pp. 224-225).

Ahora bien, será sobre todo de la mano de, precisamente, Vicetto y Murguía (desde la “cova céltica”, en la que se reunían en La Coruña), en sus correspondientes Historias de Galicia, como el mito del celtismo adquirirá ya tintes racialistas supremacistas en relación al resto de España, representando Pondal, en este sentido, la completa apoteosis reivindicativa del celtismo hasta el punto de considerar a Galicia (así en el himno autonómico actual, con letra tomada de la Queixume dos Pinos de Pondal) como grey céltica, como la “nación de Breogán”, desconectada ab origen del resto de España y perteneciente, vía racial, al conjunto de “naciones célticas” del área de difusión “atlántica” (según la concepción posterior de Risco).

Un mito que ha valido pues, y sigue valiendo, para justificar la premisa fragmentaria fundamental del galleguismo: los gallegos son (somos) la “nazón descendiente de Breogán”, siendo así que cualquier otra influencia (íbera, semita, etc) será vista como exógena, incluso hostil, sobre todo si proviene de “la meseta”, toda vez que Galicia se identifica íntegramente con la nación celta. 

Breogán, por su parte, es una figura legendaria (que el evemerismo medieval quiso hacer real), procedente del libro Lebor Gabála (Libro de las Invasiones) perteneciente al ciclo mitológico irlandés -de ahí la toman, tamizada por Macpherson, Murguía y Pondal-, y en el que se narran las diversas oleadas emigratorias que van ocupando, in illo tempore, la isla de Irlanda. El libro de H. D´Arbois de Jubainville, El ciclo mitológico irlandés y la mitología celta (ed. Visión libros, 1986), sigue siendo de referencia obligada como análisis del Libro de las Invasiones y su interpretación desde el evemerismo medieval.

Un mito céltico, por lo demás, cuyo supremacismo racial engranará (en el galleguismo) con el mito antisemita de la raza aria, buscando con su cultivo el que Galicia no se degrade, así lo dirán Murguía, Pondal, Risco sin tapujos, dejándose arrastrar por el predominio de castas inferiores (negros, bereberes, semitas) propias de otras regiones españolas (fuertemente contaminadas de semitismo): “Y es que esta raza [la gallega], que por una serie de circunstancias forma en España el pueblo sensato y pacífico por excelencia, digno por su misma sensatez de mejor suerte, está destinado a servir, con su cordura y pacíficos instintos, de contrapeso a las exageraciones y locuras de otros pueblos y otras razas revueltas y levantiscas, que llenas de la sangre semita que circula por sus venas, parece que viven en la civilización a despecho suyo, y que solo ansían volver a sus desiertos, a la soledad de sus tiendas y a la vida de la tribu, que es la única que les cuadra, comprenden y practican” (Manuel Murguía, en la revista La Ilustración Gallega y Asturiana, 1879).

En esta misma línea, por si no quedaba suficientemente claro, concluye Murguía su discurso de los Juegos Florales de Tuy, en 1891, diciendo que hay que extirpar de España a la “raza semítica” en tanto que obstáculo para homologarnos con los “hombres europeos”: “Pensemos que no en balde tenemos en Galicia los restos de aquel celeste guerrero [Santiago Matamoros], enemigo de la gente de Mahoma. Hombres europeos, hombres de Cristo, la victoria es para nosotros. Los hombres del Corán, los semitas que aún van errantes como sombras por las tierras de España, solo importan porque son un peligro o un estorbo. He dicho” (Risco, Manuel Murguía, Ed. Galaxia, 1976, p. 90).

En todo caso, sin duda, será Pondal quien lleve más lejos la “bardomía” celtista, autoproclamándose, con tanta solemnidad como arrogancia, bardo de la “nación gallega”, y expresando sin disimulos, en múltiples lugares, ese supremacismo racial de la raza gallega en unos términos bien directos y sinceros, de un maniqueísmo grosero y jactancioso. Así, en su poema titulado precisamente Da Raza (poema 22 de la colección Novos Poemas) dirá lo siguiente:

Vosotros sois de los cíngaros,

de los rudos iberos,

de los vagos gitanos,

de la gente del infierno;

[…]

Nosotros somos de los celtas,

nosotros somos gallegos.

El orensano Vicente Risco, por su parte, ya en la primera mitad del siglo XX, continuará en esta línea de exaltación de los valores arios de la raza celta e insistirá en el elemento rubio (“loiro”) como característica de la población gallega que, por su superioridad (así lo dice abiertamente), resiste cualquier tipo de infiltración de razas exógenas (íbera, romana): “Sea por la mejor adaptación a la tierra, sea por la superioridad de la raza, lo cierto es que ni la infiltración romana, ni la infiltración ibérica consiguieron destruir el predominio del elemento rubio centroeuropeo en el pueblo gallego. La raza gallega sigue siendo la bella raza celta” (V. Risco, Teoría nacionalista, pp. 58-59, ed Akal, 1981)

E interpretando a Murguía, en una biografía que escribe sobre él y que será publicada, significativamente, en el año 1933, dirá Risco lo siguiente: “Pero el predominio absoluto del elemento étnico europeo y nórdico en la población gallega tiene para Murguía una significación capital: venía a representar para él la superioridad de la raza gallega por encima de todas las demás de la Península” (Risco, Manuel Murguía, p. 29, Galaxia, 1976). Una superioridad que se cifra, de nuevo, en el carácter ario de la raza gallega, tal como se prueba, dice Risco, en las “últimas investigaciones” (refiriéndose con ello a Gobineau), y que Murguía había leído ya en sus “maestros arianistas”.

En definitiva, concluye Risco reexponiendo a Murguía, la regeneración de la vida peninsular vendrá de la mano de los “hijos de Breogán”, precisamente por su carácter ario y rubio, siendo así que “esto fundamenta la superioridad de la Raza Gallega en la Península, puesto que el predominio suevo-celta entre nosotros se opone al predominio del elemento moreno de origen africano en las otras regiones, especialmente del Duero y del Ebro para abajo” (Risco, Manuel Murguía, p. 33, Galaxia, 1976).

He aquí pues, concluimos, y creo que esta selección de textos habla por sí misma, los “padres fundadores” del nacionalismo gallego. Como tales se les conoce, y se les reconoce, hoy día.

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