martes, julio 16, 2024
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Que no es el virus, cojones, que son tus derechos

Ahora los políticos y muchos medios de comunicación no dejan de azuzar el miedo entre la población con la oleada de nuevos positivos por COVID-19, positivos de la variante ómicron. Curiosamente e investigando, resulta que esta nueva variante sí, se contagia mucho más rápido pero, al mismo tiempo, es mucho menos mortífera que las versiones anteriores y todo tiene su lógica. Los virus mortales de necesidad que matan lo que tocan provocan su propia extinción con la muerte del paciente y con aquellas personas que toman medidas pero las más benignas, al pasar desapercibidas, duran más. Esto grosso modo.

Ahora bien, como siempre hay que sospechar de los políticos, debemos ser capaces de leer en profundidad la situación. En primer lugar, el poder no se pide, se conquista y, en segundo lugar, pedir permiso para ejercer tus derechos es el primer síntoma de que ya no son derechos sino concesiones.

Y esto ahora, lo del virus es lo menos importante. Lo importante es que desde marzo de 2020 han ido aprovechando el virus, y lo han hecho muy bien, para ir dominando a la población. Las restricciones ilegales y arbitrarias bien argumentadas por periodistas vociferantes y siempre humanitarios y transversales lograron crear una histeria colectiva (siempre lo hacen: el cambio climático, la crisis social, la posible guerra con Rusia y el famoso apagón que se puso de moda hace unos meses).

Este es uno de los primeros pasos para instaurar una tiranía, la creación de un gran problema y la propuesta de una gran solución. El primer efecto de la causa vírica y la solución fue, siempre con palabras suaves, blancas y cara de preocupación impostada bien secundada por la propaganda el confinamiento pero toda tiranía necesita prometer algo… cuando las dictaduras iban a la guerra aseguraban dolor y sangre pero prometían la victoria, el triunfo, el honor y la gloria (siempre bien regada por el oro). Hoy la victoria era “salir más fuertes” a cambio del confinamiento.

El confinamiento, tres meses de angustia y tortura que ha generado un problema de salud mental pública del que se habla poco, solo algo tras el suicidio de Verónica Forqué. El caso es que se promete y se promete hasta que se mete y una vez metido se olvida lo prometido y ese fue el caso. El siguiente sacrificio era la vacuna, el primer cuello de botella. La vacuna era la panacea y con dos dosis ya sería suficiente, con el 70% de los vacunados ya habría inmunidad de grupo y listo, a hacer vida normal, pues no.

Tras esto empezaron a tantear la tercera vacuna, ¿no eran dos? Ya en Israel van por la cuarta y se está preparando la quinta. Otra mentira. Proponen la tercera y existen cada vez más voces discordantes y llega ómicron que es, como dijimos arriba, menos peligrosa y se trata como el ébola así que volvemos a 2020: miedo e histeria, el arma perfecta de las dictaduras, el enemigo invisible y eterno está ahí y su colaborador necesario (los no vacunados o los que sólo tengan la segunda pauta son el peligro).

La jugada es magistral si la analizamos con perspectiva histórica, subrepticiamente nos han ido conduciendo a esto recortando derechos y pervirtiendo conceptos como el de responsabilidad, solidaridad, etc… los responsables y solidarios son ellos y los irresponsables e insolidarios son los que no quieren ceder sus derechos y luchan por ellos, luchan contra la discriminación y la división en castas de la sociedad.

Pues bien, tenemos en este relato el enemigo invisible, el colaborador y el paso siguiente es la división de la sociedad en buenos (vacunados con el certificado) y los malos (los que no lo tienen), de hecho se han incurrido, como en una auténtica dictadura, en mensajes de odio contra aquellos que no quieren pasar por el aro del pasaporte.

Llegados a este punto ya no es un tema sanitario porque el pasaporte COVID te otorga fueros: puedes entrar en cafeterías, hacer ciertas actividades y viajar y el no tenerlo te quita derechos, lo que uno puede hacer con el pasaporte de marras tú, sin él no puedes hacerlo. Uno puede, en diciembre, meterse dentro de la cafetería y el que no al final del autobús como un negro en los Estados Unidos de los años treinta, un negro de la Sudáfrica del Apartheid o un judío en la Alemania nazi.

Además, en ese certificado COVID vienen nuestros datos, que están protegidos por ley pero que debemos enseñar a gente sin autoridad para ello. Gente en bares y restaurantes que han sido reconvertidos en comisarios de salud al más puro estilo soviético (para pesar de muchos de ellos) que tuvieron que poner la horrenda y vomitiva pegatina en las puertas de sus establecimientos.

Sin embargo la carta otorgada de derechos que recoge el que tiene el pasaporte COVID NO es vitalicia ni mucho menos, su acto de sumisión debe ser periódico. Caduca, como caduca todo en esta vida, como caduca el DNI, el Pasaporte, la leche o los boquerones en vinagre de bote. Uno debe volver a inocularse voluntariamente porque claro, el sistema del Gran Líder, ese politburó no te obliga, no te va a llevar a rastras pero sí te va a coartar ¿realmente creen que esto se va a quedar en las cafeterías?, ¿Cuánto tiempo tardarán en imponer el pasaporte COVID en centros de trabajos y el no vacunado o que no renueve no podrá trabajar o entrar en centros comerciales y rellenar la nevera o comprar la papilla de su hijo?.

El pasaporte COVID es una total medida de discriminación; artículo 14 de la Constitución española: “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Papel higiénico porque, como ya hemos explicado arriba, todas estas medidas coercitivas son por el bien colectivo, como en toda dictadura, el individuo es aniquilado por el bien común.

Volvemos a lo mismo, no es una medida sanitaria ¿Cuánta gente se contagia de enfermedades venéreas en las discotecas y demás lugares de fiesta y diversión y no hay certificados ni pruebas?, quién dice venéreas dice cualquier otra enfermedad porque les recuerdo que antes del COVID (y aún ahora) sigue habiendo otras enfermedades.

El nivel de sumisión tan brutal que implica el pasaporte COVID y la discrecionalidad de estas medidas dejan bien claro que no van a trabajar por nuestra salud sino contra nuestra libertad, esa que llevan años deseando de limitarnos para finalmente robárnosla y nadie está a salvo. Tal vez el que tenga el pasaporte hoy y crea que es libre por pedir permiso (cuando la libertad es precisamente hacer las cosas sin pedir permiso), esa persona debe saber que el día que se niegue al siguiente pinchazo irá automáticamente a la casta de los parias.

Porque hay castas. En el Congreso de los Diputados se ha rechazado exigir el pasaporte COVID a los diputados (y seguro que a más gente de su caterva), la camarilla que conforma esta casta cuyas facciones luchan por el poder pero que se reconocen entre ellos como compañeros, son los que están organizando la vida de los demás. Ahora mismo, de nuevo, hay dos castas sociales sometidas a ellos: los del pasaporte y los que no tienen pasaporte.

En definitiva, un control llevado a cabo a través de la dictadura digital y de los códigos QR que ya se ha implantado y que fiscaliza ciertos movimientos de los ciudadanos. Tras romper el hielo o cruzar la ventana de overton el resto será simplemente profundizar en la línea de control y confirmar una tiranía política y social usando la pandemia como agente vehicular para imponer la agenda, una agenda que va poco a poco y que la gente no acierta a ver porque está totalmente cegada por el miedo, la propaganda mediática y el ocio desmesurado y controlado pero el futuro al que vamos es a ese, a la dictadura multicolor, transversal y progre que de forma sonriente y con mucha preocupación por nuestro bien nos va a colocar los grilletes digitales y muchos se darán cuenta sólo cuando no puedan salir.

En definitiva, la pandemia ha venido muy bien para empobrecer a la gente y debilitarles psicológicamente a fin de llevarles a la desesperación (como muchos están) y pedir una salvación que llega en forma de cadenas, cadenas que nuestros políticos llevan años deseando de echarnos al pescuezo y ya, al parecer, el lazo nos ha alcanzado pero al ser digital y por nuestro bien la gente no dice nada. ¿Por qué será?, ¿por qué tanta sumisión?

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