martes, abril 16, 2024
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Palabras vivas, palabras muertas

Lo malo de tener una columna semanal es que hay que rellenarla, y rellenarla quiere decir ser capaz de contar una vez a la semana algo medianamente interesante. Los primeros meses uno va como en cohete, piensa que qué fácil, pero luego va quedándose sin temas, todo lo que escribe le parece una copia de lo que ya ha escrito y, joder, es muy agobiante. En esas estoy yo ahora, año y medio y setenta y un artículos después.

Para poner remedio a esta falta de inspiración, a mis impedimentos para pensar temas interesantes sobre los que escribir un amigo me ha dado su receta —infalible, según me ha dicho—: «Escribe desde fuera de casa. Un bar, una cafetería, un parque, da igual. Ya verás cómo te ayuda». Y me ha parecido una buena idea, hasta buenísima, pero para alguien que no sea yo, quiero decir, para alguien capaz de escribir con ruidos, de concentrarse aun cuando el de la mesa de al lado atiende una llamada de teléfono o pide a la camarera un solo con hielo. Claro que tampoco tengo otras opciones, así que me he aventurado a probar y aquí estoy, sentado en una cafetería del barrio mientras trato de juntar letras, de hilvanar frases.

La primera conclusión que he alcanzado es que, como casi nunca, yo tenía razón: la receta de mi amigo es buena, pero no para mí. Llevo aquí un rato ya y el folio sigue en blanco, mirándome desafiante en plan «sabes que no vas a poder rellenarme» mientras yo, en lugar de mirarlo a él, miro al señor de al lado, que es muy misterioso y lleva ya dos cortados con sacarina. No hace nada, sólo contempla. Cuando creo que me va a pillar mirándole me giro y observo a tres señoras que hay al fondo de la terraza. Hablan muy alto, tanto que me siento parte de la conversación, y la mezcla de sus colonias llega hasta aquí, hasta mi mesa, y me marea. Al parecer el hijo de una se ha ido a Australia y le va fenomenal: tiene un puestazo, le pagan bien, está encantado. Es que no sabemos lo que es Australia, dice la señora, porque aquí somos muy paletos, pero si lo supiésemos nadie buscaría trabajo aquí. Su hijo en unos años pedirá que lo transfieran de vuelta a Madrid y llegará ganando tres, cuatro veces más que los hijos de las otras señoras (esto no lo dice, pero lo sugiere, lo deja caer, y las otras la miran como compadeciéndose, seguramente porque son buenas amigas y conocen y perdonan sus debilidades).

De modo que así es como estoy pasando la mañana. Y volveré a casa dentro de poco porque empiezan a dar las comidas —ya se ha ocupado la camarera de avisarme— habiéndome gastado diez euros en café para que no me echen y cinco en tabaco porque de tanto observar, de tanto pensar, de tanto fingir que escribo me he acabado el paquete que traía. Y vuelvo también sin artículo, aunque, eso sí, con una idea que desarrollaré en alguna de estas columnas en algún momento: la conversación, aun cuando es ajena, es siempre superior a la escritura porque una está viva y, la otra, muerta

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