Historia
Nicolás II no fue el último zar de Rusia

Nicolás II no fue el último zar de Rusia

Aunque la noción de que Nicolás II fue el último ocupante del trono ruso está muy extendida, esto no es técnicamente cierto

La Revolución Rusa es uno de los hechos históricos más importantes del siglo XX. En la Primera Guerra Mundial, los bolcheviques, liderados por Lenin, se echaron a las calles e hicieron caer el centenario imperio de los zares. La dinastía Romanov fue despojada de poder.

El momento clave en este largo y costoso proceso fue el asalto al Palacio de Invierno, donde la familia real fue apresada por los revolucionarios y, más tarde, fusilada en Ekaterimburgo. Pero, antes de eso, el zar, Nicolás II, viendo lo que se le venía encima, decidió abdicar, lo que supuso el fin de un sistema absolutista de casi dos siglos de antigüedad.

No obstante, y pese a que todo el mundo lo piensa, no es puramente cierto que Nicolás fuera el último emperador de Rusia. El motivo, tal y como cuenta José Luis Vila-San-Juan en su libro ‘Mentiras históricas comúnmente creídas’, es que la burguesía y la nobleza del país, en vista de la situación social y política, hicieron un último intento por salvar a la monarquía.

La opción del Gran Duque

El ministro de Exteriores del Gobierno oficialista, Pável Miliukov, para mantener el sistema absolutista y que el Soviet no arrasara con el sistema, propuso la abdicación del apático Nicolás II. Por ello redactó un documento destinado a que lo firmase el zar y que contemplaba la cesión del trono al hijo de Nicolás, Alexis. Sin embargo, por ser este demasiado joven (sólo contaba con doce años), la regencia debía recaer sobre el hermano de Nicolás, el Gran Duque Miguel Alexandrovich Romanov.

Nicolás II, apodado El Sanguinario, no opuso resistencia y firmó el documento. No obstante, los médicos le habían confesado que la enfermedad que sufría su hijo Alexis —hoy en día se apuesta por que era la hemofilia— era incurable. Es por eso por lo que Nicolás modificó el documento para pasarle el trono directamente a su hermano, haciendo a Miguel zar y no regente.

Como cabía de esperar, los revolucionarios rusos no iban a aceptar a otro Romanov en el trono, la dinastía estaba acabada desde hacía tiempo. La presión que ejercieron llevó a Miguel a renunciar a sus derechos tan sólo dos días después, el 16 de marzo de 1917.

Aunque el breve zar no fue fusilado en Ekaterimburgo junto al resto de su familia, su destino no fue mejor. El 13 de junio de 1918 fue despertado en mitad de la noche y conducido por unos milicianos a la calle. No se volvió a saber de él, por lo que se da por hecho que fue asesinado y enterrado en un lugar no conocido.

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