sábado, diciembre 3, 2022
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¡Nadie espera a la Inquisición española!

Muchos amantes del amor absurdo de aquél grupo británico de humoristas llamado los Monty Python habrán reconocido este gag que intitula este articulillo. Y que era usado apareciendo varios de ellos vestidos de estrafalaria manera haciéndose pasar como inquisidores, con sotanas rojas sangre y sombreros imposibles, irrumpiendo de manera inopinada en un hogar inglés. La sola mención a la católica y papista institución, epítome de todos los horrores posibles, es motivo de regocijo para los amantes de la visión de la España negra y tridentina. ¡Del Concilio de Trento me refiero, claro! No a la que empuña un mefistofélico tridente para ensartar a herejes azotes de la Vera Fe. Aunque para muchos es sinónima, y esa es la imagen más repetida en el imaginario que sobre los chicos de Torquemada podemos encontrar. Y digo chicos no en genérico, sino dejando claro que esto es una cosa muy del heteropatriarcado y tal. Porque ya sabemos que las que se llaman feministas en este primer cuarto del siglo XXI son las nietas de las brujas que no pudieron quemar.

Da igual, eso sí, que fuera precisamente la Inquisición española la que acabara con los procesos de brujería. ¡Al menos en España! Mientras que en Alemania esta caza asesinaría a más de 30.000 personas. Mientras que en Suiza en el siglo XVIII en un proceso, por señalar uno especialmente aberrante, se juzgó a un grupo de niños y el tribunal civil obligaría a sus padres bien a expulsarles, bien a envenenar ellos mismos a sus propios hijos… Cosa que algunos hicieron. Mientras que en Inglaterra centenares de hombres, mujeres y niños habrían sido llevados a la hoguera en sucesivos procesos dirigidos por un tal Matthew Hopkins, con el cargo (pásmense que lo van a hacer), de «cazador general de brujas», otorgado nada más y nada menos que por el admirado Parlamento puritano inglés. Mientras que estas y otras aberraciones pasaron y pasarían en el mundo (pues al otro lado del Atlántico tenemos que recordar el famoso proceso a las brujas de Salem, Massachusetts, que en tantas películas hemos visto), en Logroño sucedió algo insólito. 

Un inquisidor burgalés, el dominico Alonso de Salazar Frías, revisa el proceso que se ha hecho contra las llamadas brujas de Zugarramurdi. Un proceso que había tenido origen en Francia, ese modélico país que nos pone a parir a la primera de cambio con esa superioridad moral que no sé de dónde saca, pues sólo en una noche de su historia, la de San Bartolomé, en 1572, la matanza originada en París se llevaría a más gente asesinada que el número total de víctimas de toda la Inquisición española en sus tres siglos y medio de existencia, según el recuento del hispanista británico Henry Kamen. ¡Como para dar lecciones enciclopédicas están aquí, los ilustraos! Pues en Burdeos un juez comisionado por el rey Enrique IV de Francia llamado Pierre de Lancre se puso a hacer una caza de brujos y brujas (que también la persecución por esta chuminada de iluminados también se hacía a los hombres pese a los tópicos sobre que esta fuera persecución hecha sólo a las mujeres sabias de la época, por sus conocimientos de botánica y memeces parecidas), y dicha caza provocó una estampida de gente hacia los Pirineos y Navarra, que ríanse ustedes de los rusos en la frontera con Finlandia para no ir a lo de Ucrania.

Contra las brujas de Zurragamurdi (aunque también se procesaron y murieron hombres, pero queda más molón hablar siempre de este tema de la brujería en femenino para seguir con el discurso que llevan quienes lo utilizan con intereses espurios) lo que hubo fue mala fe promovida por un inquisidor, Juan del Valle Alvarado, celoso de hacer prevalecer su idea de que la brujería era otra forma de herejía. Y sobre todo, de quienes se aprovechaban de fanáticos como el citado para finalizar viejas rencillas gracias a la delación, y pleitos jurisdiccionales por un quítame allá unas tierras. Que siempre ha habido hijos de mala madre que han codiciado lo ajeno y se han escudado en presuntas nobles causas para conseguirlo. Tan rebotado acabaría nuestro Alonso de Salazar por el resultado donde por votos de dos a uno, el del mencionado Alvarado, y de su conmilitón Alonso Becerra Olguín, se terminaría con el ajusticiamiento injusto de seis personas por lo que era todo menos cosa del Maligno y de tener tratos con él.

De este modo, Alonso de Salazar se propuso hacer un informe que desmontara, no ya todo el proceso llevado a cabo, sino demostrar que toda esta historia del demonio haciendo raves en prados transmutado en macho cabrío, convirtiéndoles en un local de after llamado aquelarre (¡que no me digan que no tiene nombre de disco cutre donde te ponen garrafón!), no es que fuera cosa cristiana, sino que era de débiles de seso. Que aprovecharse de acusaciones fundamentadas en chismes de niños a los que en ocasiones se torturó; o en testigos de cargo tan fiables como los usados por el magistrado francés, como el de una bruja confesa que usaba para detectar quién era un hechicero que había pactado con Satanás, a los cuales descubría con sólo mirarlos (¡una fenómena la sujeta de marras!); o en testimonios de quienes decían haber fornicado con el diablo, cuando luego las matronas determinaban que eran vírgenes… Como que no. No era ni serio ni normal.

Y de ahí que se recorriera los Valles del Baztán para llevar a cabo una investigación en profundidad sobre la materia brujeril. Siguiendo lo que el sacerdote Pedro Ciruelo, matemático y teólogo licenciado por Salamanca y La Sorbona, donde daba clases antes de conseguir su cátedra en Sigüenza, escribiera en su Reprobación de las supersticiones y hechicerías (¡publicado en 1529 nada menos!), donde exigía que el método deductivo empírico fuera el empleado en cualquier proceso al uso, y no el de dar pábulo a bulos e histerias colectivas como las que provocó el juez bordelés. Evitando así dar credibilidad a ungüentos hechos con zumo de huesos de difuntos, besos y tocamientos lascivos del Diablo en persona, niños mandados a «guardar rebaños de sapos vestidos de colorado», reuniones en las que se dan «banquetes de carnes de hombres difuntos y de niños que desentierran» y tanta sarta de disparates que sólo el mayor atorrante crédulo pueda dar por ciertos. Salazar fue claro en el informe final que presentaría al Consejo de la Suprema Inquisición. Sólo se pueden creer los hechos que cuenten con pruebas. Concretas, objetivas, documentadas. Y evidentes. No chorradas de mujeres volando en escobas. Y así lo dejó documentado en 11.000 folios en los que se basaría la instrucción de 31 de agosto de 1614 de la Suprema donde se acabaría con estos procesos absurdos, pese a la todavía efectiva bula del papa Inocencio VIII de 1484, dejando como un libro de descerebrados el escrito por el alsaciano Heinrich Kramer y por el suizo Jakob Sprenger, el Malleus Maleficarum, el martillo de las brujas, que era el catecismo de los que perseguían y siguieron persiguiendo oficialmente por el resto del mundo civilizado y reformista a quienes en España se dejó de hacer gracias a la Inquisición.

Pues en España no tuvimos la suerte (ironía Modo ON), de tener a un reformador como Martín Lutero diciendo, como en su proclama de mayo de 1526, cosas como que «Es una ley muy justa que las brujas sean muertas, porque producen muchos daños, lo que ha sido ignorado hasta el presente; pueden robar leche, mantequilla y todo de una casa. Pueden encantar a niños. También pueden generar misteriosas enfermedades en la rodilla, que el cuerpo se consuma… Daños los producen al cuerpo y alma, dan pociones y encantamientos, para generar odio, amor, tormentas y destrozos en las casas, en el campo, que nadie puede curar. Las magas deben ser ajusticiadas, porque son ladronas, rompedoras de matrimonios, bandidas, asesinas… Dañan de muchas formas. Así que deben ser ajusticiadas, no solo por los daños, sino también porque tratan con Satanás». A ver si es que al final no nos equivocamos tanto de Dios en Trento…

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