viernes, diciembre 2, 2022
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Mi querido Irán, es el momento

Conozco bien a la sociedad iraní. El destino me llevó allí en un ya lejano año 2016. Un chaval de 26 años, más madrileño que el Oso y el Madroño, aterrizando solo en el epicentro del chiismo musulmán mundial, en Teherán, la capital de la teocracia de los Ayatolás. Una locura de la que nunca me arrepentiré.

Mientras pensaba en los motivos por los cuáles decidí plantarme solo en esa experiencia algo rocambolesca, para muchos de mis amigos y familiares demasiado, un gesto dentro de ese avión que se adentraba en territorio iraní acaparó parte de mi atención, entre pensamientos melancólicos por el miedo a salir de la zona de confort.

Unos segundos después de que el comandante anunciara los pocos minutos restantes para aterrizar en el aeropuerto internacional Imán Jomeini, las mujeres, que en su gran mayoría lucían sus extraordinarias melenas persas, hicieron mano de sus enseres para, al unísono, extraer el famoso ‘hiyab’ (el velo islámico que deben portar en muchos países de credo musulmán), y situárselo cuidadosamente en sus cabezas para ocultar sus lindos cabellos.

Conocía bien esa prenda de “vestir”, ya que trabajé en una pequeña televisión saudí en mis primeros años en esto del periodismo (no sé qué me llevó al mundo del islam, pero como decía mi madre: “Que Alá te pague, y el Espíritu Santo te cuide”), pero jamás olvidaré la sumisión de buena parte de las mujeres de ese avión que partió de Dubái ante una prenda tan básica para nosotros como un pañuelo, pero que para ellas es muchísimo más. Es opresión. Es control. Es una forma de ver cómo en el extranjero no lo tienen que llevar, mientras que en su país natal están obligadas. Fue demasiado chocante.

Tras ello, comenzó mi andadura por aquel inhóspito país para mí, que rápidamente se convirtió en acogedor. Claro, yo hombre, extranjero y con densa barba (me llegaron a confundir con autóctono). Gente afable, simpática y muy cordial, que me hizo sentir a veces como en casa pese a las grandísimas diferencias culturales y sociales que nos separan. Pero esa comodidad que yo llegué a sentir pocas veces se la noté a algunas de mis amigas o compañeras de trabajo iraníes. Mujeres que, pese a defender los credos chiitas en público, anhelaban libertad en privado.

Varias son las anécdotas que me hicieron darme cuenta de aquello. En mi primer día de trabajo, por ejemplo, mientras los hombres me recibían con abrazos muy rudos (demasiado quizás) e incluso besos en la mejilla, las mujeres prácticamente ni levantaban la mirada de sus escritorios. Iluso de mí, intenté, ante la incomodidad, tender la mano a una de mis compañeras presentadoras, a lo que rápidamente, el director del canal, y ante las risas de todos los hombres que había en esa redacción, me paró con un chascarrillo: “Eso aquí no se puede, Javier, son nuestras costumbres”.

Por mencionar solo una más, no quiero aburrirles demasiado, las famosas fiestas diplomáticas. Como bien saben (y, si no saben, yo les cuento), en Irán está terminantemente prohibido el consumo de alcohol. Y claro, expatriados como yo, amante de la cerveza y el buen vino, nos buscamos la vida para, de vez en cuando, poder ingerir tan exquisita bebida. ¿Los sitios más adecuados? Embajadas, consulados y casas diplomáticas. Pues bien, mientras saciábamos nuestra “sed” sin ningún impedimento más allá de no emborracharnos demasiado, un detalle de las invitadas volvió a sorprenderme. Al llegar, siempre portaban sus ‘hiyab’ e, incluso, sus ‘chador’ (una prenda típica iraní negra que oculta todo el cuerpo de la mujer salvo su cara). Tras ello, acudían a una sala donde, tras unos minutos, y como si del programa ‘Lluvia de Estrellas’ se tratara, aparecían transformadas con sus mejores galas: vestidos cortos, zapatos ‘Valentino’ y, cómo no, sus extraordinarias melenas persas. Un claro ejemplo de opresión.

Ahora, y tras cinco años de aquella experiencia iraní, veo cómo esas mujeres que tanto gritaban libertad para sus adentros, se han llenado de valor para expresar ese sentimiento ante su pueblo, su totalitario Gobierno, su temida Guardia Revolucionaria y ante el mundo entero. Las oportunidades pueden solo pasar una vez en la vida. Y esta, quizás, es la vuestra, mujeres de Irán. Es ahora o nunca. Es el momento.

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