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Más Platón y menos ‘procés’, por Alberto G. Ibáñez

Más Platón y menos ‘procés’, por Alberto G. Ibáñez

Tribuna

¿Por qué triunfa el separatismo en España más que en otros países? Tal vez porque hemos cometido un error de diagnóstico. Cuando se afronta un problema complejo conviene analizarlo desde más de un punto de vista. Sin embargo, en las sociedades postmodernas caemos cada vez más en la trampa del pensamiento superficial. Se hacen  diagnósticos simplistas de fenómenos complejos, señalado a una sola causa que se hace encajar bajo una etiqueta lo más llamativa posible para hacerse viral. A partir de ahí queda prohibido profundizar en otras causas o cuestionar la predominante, entrando en una suerte de “bucle ideológico” auto-referencial. Este “enfoque de un solo ojo” además de errar en el diagnóstico, lleva a recetas inútiles o incluso contraproducentes que en lugar de eliminar el problema lo retroalimentan. Sería como si quisiéramos fabricar vacunas sin saber muy bien cómo funciona el virus.

Son muchos los ejemplos de este fenómeno (ver mi libro ‘La Guerra cultural’), pero un caso sintomático es la aproximación que se hace frente al separatismo. La simplificación del discurso ha llevado paradójicamente a asumir acríticamente la tesis del adversario: el separatismo sería consecuencia inevitable del Estado opresor español, que surgiría primero con Felipe V (los borbones) y después con el franquismo. Ya tenemos la etiqueta viral. Pero este diagnóstico no es casual ni nada ingenuo pues trata de conectar con el sentimiento republicano y anti-franquista de muchos españoles. El problema es que es falso o como mucho muy parcial e incompleto. La Guerra de Sucesión (1701-1715) no fue entre españoles y catalanes, sino entre españoles/catalanes (austracistas) y españoles/catalanes (pro-borbón), mientras el periodo de mayor esplendor económico de Cataluña se produce a partir de los Decretos de Nueva Planta (G. Tortella). Por otra parte, durante el franquismo tanto Cataluña como el País Vasco figuraron siempre entre las regiones más ricas, favorecidas por la política industrial y económica del régimen. En 1955 la región más rica de España era el País Vasco, a la que seguían por este orden: Madrid, Cataluña y Navarra. Con el tiempo Cataluña superaría a Madrid, si bien paradójicamente a raíz del proceso separatista la relación vuelve a invertirse.

En realidad, el separatismo surge a partir del llamado “desastre de 1898” (España es el único país que llama desastres a sus desastres, sean reales o imaginarios) y el pesimismo generacional que le siguió. El nacionalismo vasco no existía antes de principios del siglo XX y el nacionalismo catalán, que desapareció durante los siglos XVIII y XIX, sólo reaparece en la misma época, consolidándose durante la II República y con el pujolismo (Tarradellas estaba en otra cosa), precisamente con la restauración de la democracia y la aprobación de los estatutos de autonomía. En este sentido, curiosamente se han olvidado las claras conexiones (últimamente el documental “Una esvástica sobre el Bidasoa” parece borrado de Internet) entre los dos nacionalismos periféricos y el fascismo y el nacionalsocialismo. Se ve que no toca.

Un error de diagnóstico lleva a un error de recetas. Si la causa del separatismo es un Estado opresor y centralista, la solución sería ceder cuantas más competencias mejor hasta que ese Estado se vuelva líquido o gaseoso. Pero este camino no llevará nunca a integrar a los separatistas en el proyecto común sino a disolver éste. De hecho, al menos desde 1978 contamos con un proyecto sugestivo de vida en común más que aceptable. La España democrática ha sido, a pesar de todas sus deficiencias, una historia de éxito. No hay más que mirar las cifras de crecimiento económico, el incremento de la renta per cápita, nuestras pequeñas y grandes empresas innovadoras, los éxitos deportivos o el proceso de transición política pacífica de la dictadura a la democracia… para poder estar orgullosos. Además, el español es el segundo idioma más hablado del mundo, y sigue creciendo en importancia cualitativa y cuantitativamente (incluso en Estados Unidos). ¿Por qué romper un proyecto de éxito en lugar de fortalecerlo?

Nos estamos olvidando de otras causas del separatismo. Si estuviera tan claro que el País vasco y Cataluña han sido naciones históricas reprimidas por el malvado Estado español no habría hecho falta adueñarse de la educación y los medios de comunicación para cambiar las mentes de la población (dimensión interna de la guerra cultural). Para las “fake-stories” que rodean al relato histórico áureo del separatismo les invito a leer esto. Ni tampoco crear una “telaraña” de redes de interés y opinión fuera de nuestras fronteras para cambiar la mentalidad de la sociedad internacional para que acabara apoyando el proceso de secesión (dimensión externa); ver el excelente libro de J.P. Cardenal.

El nacionalismo se aprovecha de que vivimos en una sociedad ambivalente, al mismo tiempo individualista y tribal, donde el sentido de la identidad se ha perdido (Proust escribiría hoy ‘À la recherche de l’identité perdue’). Unos buscan colmar este vacío resucitando ideologías del pasado o creando nuevos conflictos, mientras otros prefieren recrear (potencialmente de forma complementaria) etiquetas colectivas que les permitan subir su autoestima como miembros de un grupo “superior” al resto. El separatismo ofrece, de forma tentadora, en una época de caos e incertidumbre una “identidad colectiva refugio”. Se ensalza una “marca” a la que se pertenecería por el simple hecho de haber nacido allí (cultura del no esfuerzo), mientras se busca un enemigo exterior (“chivo expiatorio”) al que hacer culpable de todos sus males: el resto de España les roba o los odia aunque no son capaces de mirarse al espejo y observar que lo único que les motiva es el odio a lo español. En lugar de vivir y trabajar su presente, prefieren imaginar futuros paraísos artificiales ─»la independencia»─ que llegarán “por necesidad” y que resolverán mágicamente (y sin esfuerzo) todos sus problemas y dificultades a que, por supuesto, no tienen “nada que ver” con ellos y sus propias costumbres y actitudes. Nada es culpa suya, todo es culpa de otro: “España nos roba, nos trata mal, nos discrimina…”.

El proceso separatista recuerda a lo que está pasando en nuestras casas y escuelas con los jóvenes más rebeldes, amenazantes y violentos. Los que hacen del chantaje permanente virtud. Los que se creen con derecho a todo sin dar nada a cambio. Los que se saltan las normas sin consecuencias. Los que practican el pensamiento superficial y la manipulación emocional como banderas. Esta actitud esconde problemas de falta de autoestima pues precisamente la rebeldía es una forma eficaz de autoafirmarse o llamar la atención. De hecho, paradójicamente las comunidades autónomas rebeldes no son precisamente las más pobres, sino las más ricas y acomodadas, alzándose contra (papá) Estado y (mamá) España para exigir más dinero, más “derechos”, más independencia o simplemente “privilegios”. Se los damos, pensando que a cambio conseguiremos su cariño, cuando lo que logramos simplemente es su desprecio. Si hay dos grupos tirando de una cuerda, cada uno de un extremo y a uno le importa más que al otro que se rompa la cuerda, éste tenderá a moverse hacia el terreno del otro.

¿Y si estuviéramos no tanto ante un conflicto político sino más psico-cultural? Parafraseando a L. Marinoff: “Más Platón y menos procés”.

 

Alberto G. Ibáñez es escritor, ensayista y autor del libro ‘La guerra cultural. Los enemigos internos de España y Occidente’.

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