lunes, agosto 8, 2022

Malos tiempos para la Lírica

Dice un viejo refrán de un pueblo indígena, de esos que llamamos “no contaminados”, que para saber si algo es bueno o malo y se debe aplicar o debemos abominar de ello, basta con ver las consecuencias de esa acción siete generaciones después. 

Visto tal capacidad de prospectiva en un pueblo y su sistema, lo primero debería ser modificar los conceptos de avanzado, indígena, atrasado e innovador. Visto lo visto en la última década, el dicho tan expresivo de “como pollo sin cabeza”, tiene mucho más sentido que el mero grafismo de un ave que corre inercialmente hasta que detiene su movimiento por falta de estímulo nervioso. No hay magia en el suceso, son los restos de impulsos eléctricos que hacen que algo se mueva in inercialmente durante unos segundos antes de que al no recibir “ordenes” del cerebro, se pare indefectiblemente; igualito que ocurre con la caída de una Cultura, un pueblo que sufre de gobernantes narcisistas, o una persona que hace de lo “in/out” su regla de vida y motivo de identidad.

Ya sabemos que es mentira, por ser un mero juego mental, pensar que cualquier pasado fue mejor, o que siendo los primeros en algo saldremos de la “saudade” y la melancolía que azota las culturas que han perdido la capacidad de darse soluciones, así como la sensación de adormecimiento que sus habitantes tienen como mecanismo de defensa en este siglo de incertidumbres.

No vamos a ahondar en la Filosofía de la Sospecha, esa que nos dice que las cosas tienen motivaciones más sencillas y prosaicas para comprender nuestro pensamiento, y que todo al final se reduce a un valor desde el que desplegamos nuestra razón de ser, sacamos una idea que justifique nuestros cambios, no vaya a ser que tomemos conciencia de lo que pasa y optemos por el suicidio en masa. Bueno en realidad hace ya tiempo que “suicidamos” de forma constante nuestro raciocinio con la búsqueda permanente de anhelos imposibles. Parecemos más, peces dado bocanadas desesperadas fuera del agua antes de quedar convulsivamente inertes.

Me da igual si me mueve el instinto irrefrenado y desconocido de “vivir cada segundo como el último”, guiados por la Naturaleza o La “voluntad de Poder” del mal leído Nietzsche; o si lo hago condenado a “la búsqueda eterna y estéril” de una causa pasada y reprimida en nuestra mente al estilo del Freud tan manido y poco entendido; e incluso creo que da igual que lo que nos mueva sea la burda necesidad de justificar nuestros actos por un factor de “oferta/demanda” al modo de Carlitos Marx…

Sea como fuere parece que vivimos distópicamente y sin ganas o valor para hacer las cosas pensando en otra cosa que no sea los próximos hitos que demostrarán a todos lo “guay” que soy o lo “disruptivo” de mi vivir. 

Es cierto que nunca hubo un tiempo pretérito mejor o en el que las cosas “eran como dios manda” y todo estaba en orden. Es cierto que necesitamos cambiar para comprender nuestra forma de vivir cada vez más compleja de lo simple que resulta. Y sobre todo es algo que, de tan cierto, nos deslumbra y preferimos desviar la mirada: somos presa de débiles deseos narcisistas para justificar nuestra vida estéril en permanente movimiento “como pollo sin cabeza”. Al fin y al cabo vivimos de lo que hemos sembrado consciente o inconscientemente en nuestro pasado, comemos lo que otros nos han “cocinado” con buena o mala intención, y necesitamos sentirnos “diferentes” para lograr admiración y nuestro lugar en la historia cotidiana de nuestro pequeño y miserable “terruño”.

Nunca fueron buenos tiempos para el pensamiento, puesto que este va más allá en lo prospectivo, en el análisis de tendencias, de lo que podemos conscientemente asumir en cada momento. Eso es a lo que se dedica la filosofía, que de tantas veces que la intentan eliminar de la capacidad de penetrar socialmente, me temo que la van a hacer tan “elitista” que quien la tenga como herramienta controlará cambios sociales y morales a su antojo y necesidad.

Es cierto que las cosas deben cambiar y la inercia, favorecida por la tecnología emancipada, nos hace que todo parezca provisional y caduco. Siendo que modas, haceres y comportamientos se suceden a tal velocidad, que ya sólo seguir la pista de la “tendencia” te lleva toda la energía que sería necesaria para crear una identidad aceptable y menos propicia a depender de los antidepresivos. Es el signo de los tiempos, creemos que la cresta de la ola será siempre eterna y que son mero azar sus comportamientos, cuando en realidad son las “causas necesarias” que justifican como se sostiene el mundo que tenemos. Frágil, enfermo, sutilmente violento, y sobre todas las cosas, condenado necesariamente a fenecer lenta pero inexorablemente hasta que otro paradigma lo sustituya de forma rápida, y al que correremos a abrazar como si del “llegar los primeros a esa moda” fuera lo único relevante para nosotros.

No querría que pensáramos que aquellos que optan por la visión de regreso a un pasado que no conocieron como forma de identidad o como “agarre” ante la locura y el vacío, son menos inconsistentes o propicios al dolor y a la zozobra. Mas que nada por que fían su vida y su futuro a aquello que leen, pero no han vivido, aquello que les cuentan “los viejos del lugar” como moraleja y fábula; pero sin darse cuenta de que no hay fábula sin doble sentido, ni moraleja que no sea cruel en sus conclusiones.

Decíamos malos tiempos para la Lírica, por que en el simbolismo está todo lo que necesitamos saber para confortar nuestra zozobra, todo lo que somos resumido en pocas palabras, y todo lo que necesitamos saber para que nuestro instinto acierte en la toma de decisiones.

Pero sabemos que el éxito de esa lirica es sorprendentemente tan generosa que da por valido mensajes destructivos entre ritmos que nos hechizan, manifestados en estéticas grandilocuentes, centradas en arquetipos del marketing más artificial posible… y lo peor envueltos en valores alejados de lo que nuestros mayores nos enseñaron trasmitiéndonos sus experiencias. Bueno, como si supiéramos o tuviéramos consciencia de ese pasado que ya no está. Nos lo inventamos o lo recreamos para justificar lo que ahora nos interesa hacer.

Malos tiempos para pensar en lo que “se comerán” nuestros hijos y nietos, porque en realidad sólo nos importa el ahora y el yo. La experiencia es aquello que cuando lo tienes ya es tarde para cambiar las “carreras sin cabeza” en las que nos hemos metido.

No es malo clamar en el desierto, si es que al menos nos vale como terapia. Lo malo es que el desierto avanza y pronto añoraremos, no los jardines de la Babilonia que no conocimos, si no cualquier mínima expresión de aquello que no sea un ego narcisista. 

Me siento cansino hablando siempre de tareas colectivas, pero me temo que no llegaremos de otra forma a dejar nada para las generaciones futuras, y que esas siete generaciones en las que fijar la prospectiva para afirmar que algo es o no pernicioso, de las que hablan nuestros ancestros, no son un canto a conocer una guía de mejora si no que mas bien es una fecha y la época en la que ya estaremos extintos como especie sustituida por Avatares, Metaversos y demás “evasiones” que recreamos para evitar pararnos a pensar. Somos pollos sin cabeza en la que es la inercia la que nos mueve hacia el estertor final y no la “inercia” de un cambio que podría alumbrar una nueva Era.

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