domingo, febrero 28, 2021

Lucía Ruiz: “Yo no decidí ser una víctima de ETA; ellos sí eligieron poner un coche bomba”

Este viernes se cumplen 33 años del atentado de ETA en la casa cuartel de Zaragoza, que dejó 11 fallecidos, 6 de ellos menores de edad, y 88 heridos

“Me toca a mí”, “no, me toca a mí”. Lucía, de 10 años, y su hermana discutían prácticamente cada día por ver quién bajaba a tirar la basura. Ambas querían y no eran las únicas. Todos los niños del vecindario hacían lo mismo. Corrían escaleras abajo tocando los timbres para ir un rato a la calle, invierno o verano, daba igual.

Ahora, 33 años más tarde, Lucía sigue recordando a sus amigas del vecindario: Silvia Pino, risueña y presumida, le encantaban los Pinypon, unos muñecos que cautivaron  a los chiquillos de los años 80. Rocío Capilla, que jugaba al balonmano y estaba apuntada a una academia de jotas. Esther y Míriam Barrera, las gemelas, muy gemelas, tanto que a sus padres les costaba distinguirlas. Solo se diferenciaban por un lunar en la pierna y a sus tres años eran el “juguetito” de todos los demás. Lucía y sus amigas llevaban una vida normal, feliz, propia de los niños de su edad. Hasta que llegó aquella horrible noche.

11 de diciembre de 1987, casa cuartel de Zaragoza, 6 de la mañana. Una enorme explosión hizo un boquete de más de 10 metros de diámetro y derrumbó parte del edificio. Los cascotes de la pared cayeron sobre Lucía. De aquel día recuerda cada detalle, como si los hubiera repasado minuto a minuto miles de veces: “Me despertó la explosión. Mi padre entró por la puerta escasamente 15 segundos después con las botas desabrochadas, el pantalón del uniforme y la guerrera a medio poner porque entraba de servicio aquella mañana. Lo primero que me preguntó fue si estaba bien y si me dolía algo”.

La organización terrorista ETA cometió uno de los atentados más sangrientos de su historia asesinando a once personas, entre ellas seis menores de edad, con edades comprendidas entre los 3 y los 17 años, y dejando 88 heridos, la mayoría civiles. La explosión de un coche bomba, un Renault 18 robado, con 250 kilos de amonal, destrozó el inmueble y sepultó a las víctimas bajo los cascotes.

Ninguna de las víctimas mortales del atentado contra la casa cuartel de Zaragoza había cumplido los 40. Las gemelas Miriam y Esther Barrera Alcaraz, de 3 años; su tío Pedro Ángel Alcaraz Martos, de 17; el guardia civil José Julián Pino Arriero, de 39; su esposa, María del Carmen Fernández Muñoz, de 38, y su hija Silvia Pino Fernández, de siete; el cabo José Ballarín Gavá, de 31, y su hija Silvia Ballarín Gay, de seis; el guardia civil Emilio Capilla Tocado, de 39, su esposa, María Dolores Franco Muñoz, de 36, y su hija Rocío Capilla Franco, de 14.

Cinco de esas niñas con las que Lucía jugaba cada día habían muerto, ETA les había arrebatado la vida. Para recordar a Silvia, Esther, Miriam y a los otros menores que murieron entre los escombros de la casa cuartel, la Guardia Civil bautizó como ‘Infancia robada’ la operación con la que, 32 años después, lograron detener a Josu Ternera, considerado el cerebro de aquel brutal atentado.

De izquierda a derecha y de arriba abajo: Rocío Capilla (12 años), Silvia Ballarín (6), Silvia Pino (7), las gemelas Míriam y Esther Barrera (3 años) y su tío Ángel Alcaraz (17).

Pese a su corta edad, Lucía fue totalmente consciente de lo que había ocurrido: “Vivíamos en una casa cuartel en plena época de los años de plomo… A las seis de la mañana semejante explosión no podía ser otra cosa”. Tanto en su casa como en la de todo el vecindario era habitual que la radio estuviera puesta, sobre todo cuando los guardias civiles que residían allí salían de servicio, “por si acaso ocurría algo”.

“Esa mañana me llevaron primero a casa de mi tío, y allí me prestaron ropa: un jersey y el pantalón de chándal de mi primo. Habíamos perdido todo, no teníamos nada”. Lucía cogió el autobús hacia el colegio. Tras dos paradas se montó una amiga de clase y le dijo que le había estado llamando por teléfono a su casa. Lucía rompió a llorar: “No tenemos teléfono, no tenemos ropa, no tenemos casa, no tenemos nada”.

Las labores de desescombro se desarrollaron durante todo el día y toda la noche, hasta el mediodía del día siguiente, con la esperanza de rescatar a alguien con vida. La confusión en torno al hallazgo de los cadáveres provocó que las autoridades comunicaran oficialmente que eran 12 las personas fallecidas, debido a la mutilación de algunos cuerpos.

El mismo día del atentado, el padre de Lucía se quedó recogiendo escombros y sacando los cadáveres de las personas que habían sido asesinadas: “Mi padre apareció en el hotel donde nos realojaron por la noche. Vino con el uniforme, embarrado, lleno de tierra y verle salir del taxi con la cara que tenía es algo que no le desearía ni a mi peor enemigo”. Nunca estuvo de baja después de lo que ocurrió. “Mi padre para nosotros es un héroe, pero un héroe que sin su heroína al lado no hubiera tenido nada”, añade Lucía refiriéndose a su madre.

Lucía pasaba cada día por el que había sido su hogar para ir al colegio. Se bajaba del autobús una parada antes y se iba con su padre, que estuvo durante meses haciendo servicio en las ruinas de la casa cuartel. “La estructura de nuestra casa había quedado en pie y, cuando ya estaba asegurada, subí. Estaba todo por los suelos porque la onda expansiva lo tiró todo… la ropa fuera de los armarios, la vitrina con las copas y la vajilla volcada, la televisión boca abajo…”.

Cada 11 de diciembre Lucía Ruiz se despierta, automáticamente, a las seis de la mañana, pero no es el único día que lo hace: «No sé lo que es dormir de un tirón desde entonces, y tenía 10 años». La interrupción brusca del patrón de sueño es una de las consecuencias psicológicas frecuentes en las víctimas de atentados terroristas. Además, Lucía padece asma residual por estrés postraumático, algo que le es “imposible de controlar”.

Los diciembres son duros para ella, como lo son para las familias de los once fallecidos de la casa cuartel. Las cinco niñas que murieron eran amigas suyas. Lo que se vino abajo fue su casa, y la que cambió para siempre fue su vida: “Es muy duro, pero lo peor de todo es ver a tus padres sufrir por ello”. “No me cuesta ver imágenes del atentado, hay algunas en las que he visto a mi padre desescombrando el edificio y no me duelen tanto como la de los ataúdes en el Pilar”, cuenta Lucía recordando los féretros de esas amigas con las que pasó los que quizás fueron los años más felices de su infancia.

Han pasado 33 años desde ese día, las heridas cicatrizan pero, evidentemente, no cierran: “No soy capaz de perdonar u olvidar así tan fácil. Tengo un punto rencoroso y no me veo capaz de perdonar. Lo primero, porque nadie me ha pedido perdón, pero es que tampoco quiero que me lo pidan, no lo necesito. Es complicado, es muy complicado. Yo no decidí en ningún momento ser una víctima, ellos sí eligieron poner un coche bomba”.

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