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Los ojos de serpiente

Me siento en la obligación de parar mi viaje por tierras hispánicas hablando de voces y conciencias, porque por primera vez en mucho tiempo, veo a las puertas abrevar los caballos de la guerra, el hambre y la muerte. No seria nada diferente a lo vivido en el inconsciente colectivo, en los eternos miedos de la Mitología clásica que nos acompañan, si no fuera porque cada día dan contra mi puerta los naipes del juego de sus jinetes esperando el momento de “volver al trabajo”.

Algo hay de común en todos aquellos que gritan y se rasgan las vestiduras en soflamas para levantar a sus compatriotas. Todos son iguales. En todas las épocas. Todos siempre hablan por ofensas que a otros les hacen, y todos tienen la misma mirada vacía. Mirada de embaucadores y de serpientes.

Hay quien habla de glorias pasadas reflejadas en cuadros de grandes dimensiones y sienten que son ellos los protagonistas de las gestas narradas, sin darse cuenta de que la historia, como la pintura, están creadas para fijar lo que el hombre hizo, no siempre lo que debe emular. Hay demasiados inconscientes “halcones” pretendiendo ser “salvapatrias” cuando nadie se lo pidió. Mal asunto todo aquel que se ha erigido, con intereses personales y partidistas, como protector y defensor de un país que considera amenazado, tratando de imponer un nuevo orden social sin renunciar a la violencia, a la mentira o a la supresión de los derechos de los ciudadanos a los que dice defender. Demasiados ofendidos que ni recuerdan que es vivir fuera de su zona de confort, se auto proclaman “voceros” de las conciencias de cada pueblo o de los valores que dicen representan patrias, banderas o identidades, cuando en verdad son peones prescindibles en intereses creados, guerras económicas o luchas de poderes que como el Leviatán, siempre tienen una encarnación meliflua.

No es casual que los griteríos de salones o tabernas provengan de gentes que no conocieron, ni sufrimientos, ni penurias, ni miraron a la cara a los que juegan con cartas marcadas y apuestan con la sangre de otros. Como mucho vieron en negativos manipulados de 35 milímetros coloreados sucesos y comportamientos que finalizan en justicias poéticas o cantares de gesta.

En estos días de desasosiego la firmeza no está en lanzarse como en Balaclava, ni en bravatas de expertos en “ganar nada”, como tampoco es de valientes correr de nuevo por las arenas de un más que seguro Gallipoli. Todos somos un poco culpables de aupar con nuestra indecencia a los que ahora para preservar sus comodidades nos aprestan a encontrar enemigos que parecen amenazar las nuestras.

No hay, ni habrá, “plumas blancas” en mi cartera; pero es una sin razón actuar por el juicio de otro o por exigencias de ebrios en absenta con anetol adulterado o anisatina en grandes cantidades, que ni doblan espinazo, ni abandonan engoladas formas. No creo justo valorar a aquellos que velan por nuestros derechos adquiridos, viendo desde la barrera la forma que de hacerlo tienen. Hay demasiados interesados en que nos dé por obedecer las consignas de estériles testosteronas u ofensas imaginarias; pero que sin embargo cambian de rasero según la lisonja recibida.

Veo cada vez más gente que, sin saber lo que implica, se cree Jarheads, henchidos de falsas promesas, hipnotizados por discursos de serpientes, frías, y que mueven la boca como flautistas de Hamelín. Los mismos que tanto gritan, tanto correrán cuando de poner “pie en pared” se trate. Creo en las tareas colectivas, como creo en la identidad de mi historia, pero veo que de nuevo confundimos gallardía con estulticia, mientras otros toman el Té en los patios de nuestras casas.

Veremos que depara esta pelea de perros viejos. Puede que sean de nuevo 13 días de entretenimiento para lograr un nuevo status quo, pero preferiría que eligiéramos por nuestras propias razones; equivocadas o no, al menos por una vez en casi doscientos años dejarían de burlarse de nosotros a los que bailamos el agua de forma lisonjera. Quizás es momento de comenzar a buscar nuestro propio camino que tantas veces demostramos en la historia fue lo correcto.

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