viernes, diciembre 2, 2022
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Los doce de la fama: cuando los españoles luchamos en Vietnam

Decían unos versos en una de las estrofas de la popular Oda al Dos de Mayo de Bernardo López García, que «no hay un puñado de tierra / sin una tumba española». Y así eso. Pero puede que no muchos recordemos nuestro paso por Vietnam. Y no una, ¡sino dos veces! La primera sería en 1858, cuando aquello era conocido como la Conchinchina, que aún suena más lejos si cabe. La razón: ser parte de la expedición de castigo contra el emperador Tuc-Duc como consecuencia de la matanza de religiosos católicos que estaba teniendo lugar en el Imperio de Annam. La realidad es que, aunque así estaba siendo, los intereses franceses en la zona desde tiempos de Luis XVI eran el verdadero motivo de aquella incursión. El aliado más cercano (de hecho, doblemente cercano) de Francia era España. Como vecina en Europa, y como lugar de apoyo de las no tan lejanas Filipinas, aún parte integrante del menguadísimo Imperio español decimonónico. Y allí que fueron 1500 hombres bajo el pabellón rojigualdo. Allí lucharon y murieron unos cuantos. Otros quedarían prisioneros. Y el agradecimiento francés fue un terreno de 4000 metros cuadrados en plena ciudad de Saigón: el parque Bach Tung Diep, en la actual ciudad de Ho Chi Minh, que fue de soberanía española hasta 1922, en que alguien debió de pensar que qué puñetas se nos había perdido en la Conchinchina.

Pero años más tarde de ese siglo XX va a estallar lo que será inicialmente la guerra de Indochina, de 1955, y su segunda, que todos conocemos como guerra de Vietnam. Ya saben. La del recluta Patoso, el horror el horror, y colinas de la hamburguesa. ¡Será por películas sobre ella! La pena es que en ninguna van a salir los soldados españoles que por allí anduvieron desde 1967. Porque allí que aterrizaron una docena de españoles, de militares, dentro del marco y el llamamiento efectuado por la Oficina de Asistencia Militar del Mundo Libre (Free World Military Assistance Office – FWMAO), solicitando ayuda médica. De este modo, el gobierno del general Franco, que era el que mandaba en España entonces, permitió una misión militar en la zona, sí, pero únicamente médica y de carácter humanitario. Pues con anterioridad la había negado de manera estrictamente bélica. El presidente norteamericano Lyndon B. Johnson, queriendo llevar a cabo la política de «suma de banderas», esto es, legitimar la presencia americana con cuantos más aliados mejor, imaginó que sería fácil contar con la anticomunista España. Máxime tras los acuerdos para instalar bases militares tras la visita de Eisenhower y el espaldarazo al régimen de Franco.

Pero Franco dijo que no. Es más, en una carta conservada en el Archivo Nacional de Estados Unidos, que sería entregada al presidente norteamericano por el embajador español, Merry del Val, le auguraba poco éxito en el conflicto: «Mi experiencia militar y política me permite apreciar las grandes dificultades de la empresa en que os veis empeñados: la guerra de guerrillas en la selva ofrece ventajas a los elementos indígenas subversivos que con muy pocos efectivos pueden mantener en jaque a contingentes de tropas muy superiores». Acertó el curtido militar. Que sería un dictador y todo lo que se quiera, pero no en vano había llegado a ser el general más joven de Europa. La carta completa no tiene desperdicio y su transcripción pueden verla, así como conocer en profundidad sobre la misión que estamos narrando, en el libro que escribiera hace ya unos años, si me permiten la autocita. El de Siempre tuvimos héroes, donde recuperé este episodio que aquí brevemente dejo a su curiosidad: el de la primera misión humanitaria internacional de nuestras Fuerzas Armadas en un conflicto contemporáneo. 

De este modo, doce militares, siendo cuatro médicos, siete enfermeros y un intendente logístico, llegaron al Delta del Mekong con la idea de reformar y gestionar un «pequeño, deteriorado e insuficiente hospital», en palabras de uno de aquellos soldados españoles. Un sargento estadounidense, a su llegada, les preguntaría a modo de bienvenida: «¿Cuántos sois, doce? Pues volveréis con vida a España seis. Los Vietcong a los que primero disparan son a los médicos». ¡Empezaba bien la cosa! Y, tras 45 kilómetros en un convoy por carreteras imposibles, llegaron a su destino en Go Cong. Un lugar sin equipos ni instrumental, sin casi medicamentos ni plasma, y donde más de 400 pacientes se apretujaban para unas 150 camas existentes.

La labor durante el tiempo que estuvieron estos españoles en la zona fue increíble. Sin apenas medios, lograron, sin embargo, ganarse el afecto y admiración de todos. Del ejército y mando norteamericano, del vietnamita, y también de la población local. Muchos de los primeros volverían a reengancharse con los sucesivos relevos hasta 1971, en que regresarían. Un total de 30 militares, que serían condecorados por el ejército norteamericano, y a los que se les homenajearía, a ellos y a su patria, incluso con un puente. El puente Tây Ban Nha. Esto es: el puente «España». Pues incluso tras la Ofensiva del Tet y haber sido bombardeados por el Vietcong, acabaron pidiéndoles perdón por haberlo hecho, ya que la labor que estaban realizando mereció el respeto y admiración hasta ese extremo. ¡Que hasta el enemigo te reverencie!

A su vuelta, sin embargo, nadie les esperó ni hubo recibimiento oficial a estos héroes. Incluso se les llegaron a negar las condecoraciones pertinentes que les correspondían. Nada. El silencio y el olvido. Como me dijo el entonces teniente Antonio Velázquez, general retirado en Ceuta, y fallecido hace poco: «España nos dijo que fuéramos, y fuimos. Hicimos nuestro trabajo. Y cuando España nos dijo de volver, volvimos. Ya está». Ni más ni menos. ¡Con un par! España manda, y sus soldados obedecen. Y lo hicieron de un modo profesional y ganándose los afectos y el cariño de los habitantes de ese remoto Vietnam. Como así ha sido y sigue siéndolo desde hace décadas allá donde nuestras Fuerzas Armadas han estado en misiones internacionales. Bosnia, Líbano, Iraq, Afganistán… ¿Es o no es un motivo de orgullo el haber contado y contar con ellas? Ya les digo que sí. Con lo que, cuando vean a un militar español, mándenles un abrazo con la mirada. Tan sólo eso. Ellos lo entenderán.

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