lunes, agosto 8, 2022

La venta del alma

Lloremos en cada Alba los desmanes que durante el día y la noche no fuimos capaces de enmendar. Refugiémonos en palabra o ritos, religiosos o no, que consuelen por un segundo la consciencia de las maldades ante las que apartamos la mirada.

Es curioso buscar quienes, en estas épocas de pasión, dolor y resurrección para la mitad del mundo, miran desde la barandilla a aquellos que festejan los días de asueto. No negaré que seguro hay millares de penitentes de fuerte convicción; pero sólo veo las barandillas de quienes a distancia de playa o de taberna siguen sus vidas por encima de penar, haciendas y esfuerzos de los menos afortunados. O quizás de los “dependientes emocionales” de ciertos lazos convenientemente sembrados en descendientes, por el egoísmo, la amargura y la experiencia que la edad otorga para saber jugar con los sentimientos. Esas tentaciones humanas no son viejos arcanos, no son pecados irredentos arrastrados desde Adán, son propias del devenir y fatalidad de la humanidad: egoísmo, ceguera, interés. No hay peor pecado, me decía mi abuela, que el que sonríe mientras se hace una maldad y se hace víctima ante sus propios desmanes.

Esta “venta del alma” toma, con respeto y distancia, el título de la obra de Agustín García Calvo La Venta del Alma, de la que el autor genera una definición propia de ese comercio: “En esta obra el autor incluye la definición de varios improperios (1995: 158) que se puede establecer de la siguiente forma: es el que hace o dice lo que le mandan desde arriba, pero diciendo que lo hace o lo dice porque le sale de sus ideas”.

Negaría mi sangre y a quien me educó si no hiciera lo propio de un “francotirador”, que no es si no delatar en disparos incruentos a quienes con nombres y apellidos hacen tropelías sobre almas, vidas y haciendas, de propios y ajenos para beneficio y regocijo de su propio interés. Sin esperanza de que se cumpla cualquier profecía, sí deseara que al menos una fuera cumplida, Romanos 12:19; ya que al pobre o en mala posición nadie asiste en su desgracia, alejándole cual apestado, no sea que contagie el mal agüero. Quede pues en manos de la providencia lo que la hipócrita mano del humano no cubre, no por incapacidad, sí por ignominia.

Asiduo soy de las tiendas en las que comprar cuadernitos de bajo precio que desde hace más de tres décadas relleno con muchas cosas, siendo pocas o escasas las valiosas, y en exceso las inútiles o vacías. Pero reservo una serie, verde, de tapas flexibles y hojas fácilmente amarillentas por su calidad, para aquellos que merecen un lugar en la “mira”.

El ya conocido de medios, granadino que fervoroso dice ser, pero que somete a penurias económicas a empleados y a quien engatusó en sus ideas, llevándole a la ruina más inmisericorde, sin más explicación que el silencio. Ese, gran directivo de comunicación y pantallas traicioneras, que, al paso del Santísimo Cristo de la Misericordia, dudo mucho que se atreva a mirarlo de frente. Poco tiempo le queda para que la acción del hombre en forma de libro o vara de justicia le ajusten sus “perrucas”, que tan bien escondidas cree él, al amparo de familiares o testaferros. Sus pintonas plumas darán pronto en “Arbolote”, donde seguro hay gente más honorable aun de cuna menos favorecida que él.

Cuando nada hacemos ante la injuria al débil, el avasallar al indefenso, la no protección del menor al que no se le explican los riesgos del “depredador”; cuando reprochamos al desdichado el serlo o culpamos al menor mancillado, cuando la mirada es de superioridad moral sin tenerla, y damos silencio y retiramos como chantaje el calor que un padre o madre deben tener… Entonces merecemos el nombre de “gran depredador”, pues hasta las hienas aman a sus crías más que el humano a sus semejantes.

En este tiempo sagrado para unos y festivo para otros, es tiempo tan bueno como otro para en el silencio de la oración o en la calma del asueto tomar riendas de nuestras acciones y responsabilizarnos de las mismas.

No hay honor en la obediencia debida al traidor. No hay excusa a la penuria o el paro ante el abuso de autoridad; pues más es preferible plantar cara al déspota que decir la hipócrita excusa del “pan de los hijos”, a los cuales ejemplo de cobardía y desprecio a la moral les estás dando. Aquellos que cercenan los sentimientos de justicia de sus hijos, en lugar de ser ejemplo de estos, no podrán luego pedir que no sean abandonados en imaginarias cunetas de la vida cuando han criado egoísmo y latrocinio en sus mesas. Cada año crece la injusta desproporción entre la mejora en ciencia y tecnología y la penuria en pensamiento moral.

Los que peinamos canas somos los responsables del mundo que dejamos, amparados por la molicie que surgió de la sangre de nuestros padres; no aprendimos nada de su ejemplo y decidimos que el estado de bienestar era sólo para nosotros y… tonto el último. Vivimos de espalda a todo credo, civil, eclesiástico o militar; alejados del servicio al Estado y la ciudadanía que el funcionario promete en su cargo, bajo la excusa de entornos inhóspitos o territorios en los que “o te integras o te desintegran”. Mucho hablamos de bullying, acoso laboral y calamidades contra la integridad humana… para beneficio de asociaciones y terapeutas. Mal mundo en el que 3 de cada 5 seres pasarán por divanes y consultas durante al menos media vida, sin esperanza de abandonar la orfandad que nos han provocado. Gran negocio para las farmacéuticas y mayor aún para excusar nuestras debilidades. Habría que preguntarles a los Filósofos de la Sospecha si creerían que la decadencia sería tanta.

Ignoro si es juego de mi mente o es recuerdo real, pero creo que, aunque ningún pasado fue mejor, no hace mucho sentía que el otro estaba más cerca y no le sentía un enemigo. Volvemos a la infame década de los 60´s y 70´s donde guerras, hambre y penurias se hacían un hueco en nuestras mesas. Disculpamos nuestros actos con pandemias, egoísmos energéticos y miedos ante las “fake” que nos rodean. Pero lo cierto es que podemos engañar a los de fuera, e incluso a los próximos, pero no a nosotros mismos.

Si en el “Don Juan” un punto de contrición salvó su alma, a nosotros nos hace falta algo que ya no tenemos: dignidad para elegir nuestro destino. Mis alumnos de ética de hace ya décadas, ante la pregunta de si somos libres ante la amenaza por nuestra vida, todos respondían que no, puesto que somos coaccionados… Error, pues somos libres de elegir plegarnos o no, y asumir las consecuencias de nuestros actos. Raramente vi una mirada que comprendiera de qué se hablaba; pero por fortuna, encontré algunas que por sí mismas justificaron toda mi vida docente.

Si hemos de sufrir “La venta del alma”, que sea al menos por algo digno que dejar a nuestros hijos.

Artículos relacionados

Sánchez y la corbata

Cuando olvida el ingrato se asesina el futuro

La Canícula que ya no existe

El silencio de la inteligencia colectiva

Un expolio ilustrado