sábado, enero 28, 2023
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La Restauración Meiji y la caída de la dinastía Tokugawa

El año 1868 marca un antes y un después en la historia de Japón. Un nuevo grupo de dirigentes se harán con el poder y protagonizarán el comienzo de las transformaciones que revolucionaron los instituciones políticas, económicas y sociales del país, llevándole a un alto nivel de poder y prestigio internacional. 

Desde comienzos del S.XVII el gobierno había estado controlado por una dinastía de caudillos feudales, la familia Tokugawa. Actuaban como sogunes, delegados militares elegidos directamente por el emperador que ejercían el control sobre los grandes dominios territoriales y sometían a los señores de los territorios feudales. A partir de 1640, Japón quedó aislada del mundo exterior, se desarrollaron grandes diferencias sociales, dando comienzo a un gran estancamiento económico.

Ya en el S.XVIII, el comercio interior había experimentado un gran crecimiento y la clase feudal se acomodó a un nivel de vida muy alto. Las tentativas de los señores para aumentar el rendimiento de las tierras agrícolas dieron lugar a rebeliones de campesinos. El monopolio del comercio ostentado por los terratenientes y los comerciantes de las ciudades provocó que los ganaderos más pudientes y la nueva clase de contratistas rurales se revelara contra ellos. En 1850, la eminente crisis del sistema aumentó la oposición al régimen existente. Los ricos comerciantes de las ciudades estaban descontentos con la situación. Los samuráis de menor rango, a los que había alcanzado la pobreza, junto con los campesinos, conformaron los elementos para que cayera el régimen Tokugawa. 

Así, en 1868, el llamado movimiento de “honor del emperador” o Sonno, había hecho posible una alianza de las fuerzas anti-Tokugawa. Aquel movimiento estaba dirigido por una coalición de samuráis de rango medio de los cuatro dominios del oeste del Japón: Satsuma, Choshu, Tosa y Hizen. Además, poseían aliados en los rangos inferiores de la nobleza cortesana, lo que era esencial para tener contacto con el emperador. Finalmente, contaron con el apoyo financiero de algunos comerciantes y con la ayuda activa de muchos caudillos rurales. Estos fueron los grupos sociales que, con el tiempo, pasarían a constituir las clases dirigentes del moderno Japón

En enero de 1868 las tropas dirigidas por los caudillos anti-Tokugawa se apoderaron del palacio imperial de Kioto. Se publicaron decretos en nombre del emperador niño Meiji, éste era su título como rey; su nombre era Mutsuhito, por lo que se privaba al sogunado de su poder y de sus tierras y se afirmaba la responsabilidad directa del emperador en la dirección de los asuntos del gobierno. Los partidarios de los Tokugawa tomaron las armas para defender sus privilegios. Pero después de varias derrotas en las afueras de Kioto, ofrecieron una resistencia sorprendentemente pequeña. En abril se negoció la rendición del sogunado y su capital, Edo, fue oficialmente ocupada. Unos cuantos meses después se trasladó allí la corte, y se dio a la ciudad el nuevo nombre de Tokio. Hasta principios del verano de 1869 no fueron vencidos lo últimos reductos de resistencia Tokugawa. 

El gobierno Meiji comenzó sin recursos financieros y sin aparato administrativo, aunque finalmente gran parte de los antiguos funcionarios Tokugawa pasaron a prestar servicios al emperador. Se obtuvieron préstamos de los comerciantes simpatizantes con el movimiento, se saquearon las cajas de reserva de los Tokugawa y se aumentó la oferta monetaria. Pese a ello, la creación del marco institucional para el nuevo régimen avanzaba lentamente. 

Este sería el inicio del fin del sistema feudal en Japón y el comienzo de la modernización del país en todos los sentidos. Con la gran reforma Meiji se llevaron a cabo cambios en la administración, el gobierno, el ejército, la sociedad, la religión, la educación y la economía. Todo ello llevaría a Japón a convertirse en una de las principales potencias industriales del planeta a comienzos del S.XX.

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