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La proyección ideológica de la geopolítica iraní

El líder supremo de Irán, Alí Jamenei. / Efe

Irán, en 1979, cambió de rumbo en Oriente Medio. De un Imperio a la República Islámica en Irán, tras la crisis interna que estuvo a punto de provocar una guerra civil y tras la Guerra de Irak, el gobierno de Irán se vio en la necesidad de diseñar una estrategia que le permitiera poder proyectarse en la región. Esta proyección tendría dos grandes bases.

Chiismo

El chiísmo sería la base de la alianza iraní en sus relaciones internacionales dentro del espectro geopolítico del Oriente Medio, y en los años ochenta y noventa sólo podría ponerlos en práctica a través de la vinculación de los Pasdarán y el Basij con Hezbollah en el Líbano, único grupo armado que no depone las armas tras los Acuerdos de Taif y que monta una estructura de estado paralelo en el Líbano y de forma limitada con Siria.

De hecho, el tándem Siria-Irán mantendrá a Hezbollah en Líbano durante los ochenta, noventa y hasta 2005, momento a partir del cual Hezbollah puede valerse por sí mismo tras la salida de Siria de Líbano. De hecho, en 2009 Hezbollah ya cambió su manifiesto fundacional de 1985.

Sin embargo, dentro del Chiismo ideológico de Irán existía una fuerte vertiente política antisionista y anti wahabista, salafismo que confiere una fuerza ideológica en bloque a estos países que, de forma atropellada, van constituyendo y cooperando en la región mediante ingeniería diplomática, apoyos, intercambios comerciales, geopolíticos, financieros y en materia de inteligencia entre los diferentes estados a fin de identificar enemigos comunes, detectarlos, combatirlos y apoyar estructuras aliadas.

El gran espaldarazo para el bloque ideado por Irán vendrá con la Guerra de Irak de 2003. Cuando Sadam Hussein es depuesto del poder en Irak, el sistema de reparto de poder ideado por Estados Unidos tras el fin de Baaz aparta a los sunitas (considerados radicales de Al Qaeda o criptobaazistas), por lo que el mayor reparto de poder cae entre los chiitas, dirigidos por Ali al Sistani, por lo que la red iniciada por Qassem Soleimani en 2002 y que incluía milicianos, Pasdarán, inteligencia, dinero y apoyo para la posguerra logra apuntalar a las milicias chiitas en torno a los mensajes de Sistani y, en menos medida, de Al Sadr, que da corpus ideológico al gobierno chiita en Bagdad.

Por primera vez, Bagdad y Teherán comparten correligionarios y gobernantes. Sin embargo, el hito del 2003 será revalidado por la guerra de 2006 entre Israel y Hezbollah, en la cual la milicia chiita libanesa será capaz de frenar a Israel, ganando prestigio y demostrando que ya es una milicia madura, independiente y con un servicio de inteligencia y militar al nivel de las mejores organizaciones de Oriente Medio. Sin embargo, la gran oportunidad vendrá con la Primavera Árabe, cuando Irán establece una serie de puntos:

-La ayuda total a Siria en la forma de envío de milicianos y voluntarios Pasdarán y Basij;

-La creación de milicias chiitas proiraníes ideológicamente estables como Liwa y Zainab Fatemiyoun en Afganistán y Pakistán e implantadas en Siria, Yemen e Irak;

-Promoción de milicias autóctonas y regionales: Kataib Imam Ali, Ejército de Al Mahdi, Kataeb Hezbollah, Organización Badr, Asa’ib Ahl al-Haq, Kata’ib Sayyid al-Shuhada, Kata’ib al-Imam Ali, Abu al-Fadl al-Abbas, Harakat Hezbollah al-Nujaba, Saraya al-Khorasani, Kataib Rouh Allah Issa Ibn Miriam, Kataib Rouh Allah Issa Ibn Miriam, Saraya Ashura, Shabak Militia, que más tarde formarían una coalición de milicias llamada Fuerzas de Movilización Popular con mando y estructura unificada (siguiendo la fatwa de Sistani);

-Ayuda a las milicias de Yemen, especialmente al movimiento Ansarullah (Huthies) mediante apoyo de inteligencia, tecnología, dinero y combatientes;

-Envío de oficiales de inteligencia y militares para la ayuda y planificación de operaciones en la zona.

Esto dará buena cuenta del poder de Irán en la región de Oriente Medio, que, a través del chiismo, creará todo un bloque estable y centralizado controlado por Seyyed Ali Jamenei en la forma de «Primus Inter Pares» (o líder de líderes), por el cual los líderes regionales en Líbano (a través de Hasan Nasrallah), Siria (Bashar al Asad) e Irak (milicias chiitas) están bajo control determinante de Irán, que, a través de los Pasdarán y la VEVAK, sujetan la entente.

Curiosamente, este modelo imperial en bloque lo vemos en la historia de Irán a través de las satrapías: entes regionales con una amplia autonomía interna y externa gobernados por un líder (normalmente autóctono), pero que rendía vasallaje y estaba supeditado al poder del líder (Shah), contra el cual no podía ir, el cual recibía pero al cual también se le exigía auxilio estableciendo un modelo estable basado en un modelo coordinado entre «príncipes» pero supeditados al emperador.

En este caso, el modelo imperial lo sustenta Seyyed Ali Jamenei y los «príncipes» coordinados. Son los modernos líderes de esta entente, que están cómodos con la misma porque sólo en casos de extrema necesidad (como en el caso de la guerra de Siria o Yemen) deben realizar labores supeditados al interés general del bloque, que, al mismo tiempo, responde a los intereses generales de Irán como eje central de la ideología de Teherán como eje garantizador de la existencia de la subcivilización chiita frente a los sunitas.

Iranismo

Frente a este modelo de chiismo, nos encontramos con otro modelo imperial para Irán: el iranismo. Este movimiento hace ver la importancia de la herencia cultural, lingüística y étnica de los pueblos iranios, del cual la República Islámica de Irán se siente como heredero directo de los Imperios persas y, al mismo tiempo, como eje central, protector y promotor de esta cultura.

El escenario donde mejor ha funcionado esta ideología ha sido, precisamente, en Afganistán, donde a través del chiismo se hicieron fuertes como aliados naturales de los hazara, pero, como iranios, se hicieron protectores de los pashtunes y tayikos, lo cual se tradujo en unas relaciones estables y amigables con el Emirato Islámico de Afganistán (Talibanes) a pesar de la grave crisis en 1998 con el ataque al consulado iraní en Kandahar.

Sin embargo, Irán protegió a Gulbuddin Hekmatiar, líder de Hezbi Islami (un grupo radical sunita) y a otros elementos de la región. Esto se debe a que, a pesar de que los pastunes y tayikos hablan sendos idiomas vinculados muy de cerca al persa moderno de Irán, el proceso de urbanización del país atrajo a muchos otros grupos étnicos no iranios a las ciudades y se fueron «iranizando» en sus costumbres, tradiciones y en la lengua, ya que adoptaron el darí (el idioma persa de Afganistán).

No olvidemos que, de hecho, en el siglo XX existieron dos Shah: el Shah de Persia (el último del cual fue el famoso Mohammed Reza Pahlevi) y el Shah de Afganistán: Mohammed Zahir Shah. Ambos tenían una profunda relación de cooperación entre sus dinastías.

Esto se ha traducido en unas relaciones muy poderosas en Afganistán, pero también en una penetración en profundidad en la región que, a veces, ha sido fuente de estabilidad al suavizar relaciones entre radicales islamistas sunitas afganos y población chiita hazara, cuando Irán tiene una influencia moderada en la región. Pero tanto el exceso como el defecto de influencia en la región ha provocado altercados y muestras antichiitas en la región, causando un daño especial a los hazaras, por lo que el papel de Irán en Afganistán es de un profundo equilibrio.

Sin embargo, de nuevo, el papel de las milicias chiitas afganas en paralelo a la creciente influencia sobre ciertos líderes pastunes ha provocado que Irán haya ido penetrando en la región de Afganistán y ganando apoyos en detrimento de Pakistán, que está empezando a ser visto por Kabul como un enemigo más que un aliado. Lo cual, de forma indirecta, ha ido suavizando las relaciones entre la India y Afganistán.

Al mismo tiempo, es Irán, del cual Afganistán ha sido parte histórica, la que a través de la cultura se ha ido ganando la simpatía de los afganos, especialmente haciendo una ingente campaña de ingeniería social promocionando las fiestas iranias tradicionales (Nowruz, Yalda) y realzando la historia conjunta del país, relatada, por ejemplo, en el Shahnameh, donde el gran héroe Rostam (héroe nacional de Irán) es hijo de Zal (un persa) y Rudabeh (una princesa afgana de Kabul).

Todo esto, a través del iranismo, ha ido calando en profundidad en Tayikistán, región que sufrió la embestida yihadista en los años noventa y que se encuentra bajo una influencia importante de Rusia e Irán. De hecho, a partir del año 2014, los tayikos comenzaron a cambiar sus apellidos del ruso al persa (iranizándolos) como un elemento nacionalista.

Tayikistán, ex república soviética del Centro de Asia, es la última frontera persa antes de entrar al mundo túrquico centroasiático. Sin embargo, el papel de Irán aquí no es religioso, ya que los tayikos y pamiris, a pesar de ser musulmanes sunitas, no tienen en la religión una seña de identidad especial tras más de setenta años de ateísmo de estado, por lo que la influencia de Irán en esta región es meramente nacional e identitaria.

En paralelo a esto, la influencia sobre Turkmenistán, Kazajistán, Uzbekistán y Kirguistán, a pesar de ser una región túrquica a nivel lingüístico y étnico y zona natural a la que Turquía está dedicando un gran esfuerzo diplomático, es, sin embargo, una zona muy ligada a Irán a nivel cultural e histórico. De hecho, estas repúblicas ex soviéticas donde el islamismo radical apenas ha hecho acto de presencia posee una identidad mixta turco-persa que Teherán está aprovechando.

Lo aprovecha promocionando las etapas históricas de unión (especialmente bajo el Imperio Timúrida) y, a nivel cultural de nuevo, promocionando las fiestas tradicionales iranias, como el Nowruz o Yalda.

Entre los kurdos, la estrategia es parecida a la de Afganistán. Esta comunidad, a pesar de haber sido problemática para Irán por sus intentonas secesionistas, es vista como el pueblo iranio más occidental, por lo que posee una alta influencia cultural de Irán a nivel de fiestas tradicionales antes mencionadas, pero también a nivel social y cultural. De hecho, Irán apoyó a los kurdos (y sirios), pero a los kurdos directamente cuando Turquía invadió el norte de Siria en 2019.

De hecho, es Irán un gran equilibrio entre el baaz sirio alawita de Bashar al Asad y varias milicias kurdas del norte de Siria, que Irán protege y coordina con Damasco para normalizar la situación del país.

En todo caso, vemos cómo los ejes del modelo iraní son los que configuran un gran espacio en el Centro de Asia y en Oriente Medio que sea capaz de dinamizar todo un motor iranio. Este bloque tendría como objetivo convertir a Irán en una gran potencia regional en las regiones centrales de Eurasia, mantener un espacio vital de desarrollo geopolítico, comercial y financiero que ayudara a su maltrecha economía. Establecer y aplicar los principios de fronteras avanzadas donde combatir a sus enemigos que habrían pasado de su propia frontera (en el caso de Irak hasta 2003) a la frontera de Siria-Líbano con Israel o el golfo Pérsico con Arabia Saudí.

Al mismo tiempo, este bloque otorgaría densidad diplomática para poder relacionarse de forma bilateral perfecta y en igualdad de condiciones con otros bloques como el árabe sunita-Israel en el Masrek y el Magreb (Oriente Medio y Norte de África) o el Túrquico con Turquía-Azerbaiyán-Centro de Asia, pudiendo coordinar agendas con Rusia o China.

Sin embargo, al igual que los imperios persas históricos, el entramado regional, diplomático, administrativo y territorial de este «imperio» o Gran Irán es endeble y no podría sostener en su conjunto un gran golpe o una crisis grave. Sobre todo, si esta crisis no es en una región periférica, sino que golpea al propio centro neurálgico del Iran-Zamin. Es decir: la República Islámica de Irán.

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