jueves, mayo 6, 2021

La negritud como espíritu (2)

Lejos de ligar el tráfico de esclavos africanos con su principal origen, la corrección política lo atribuye a la civilización europea, consistiéndose falsear los hechos como se consiente su lógica ignorar la coherencia, tipificando por ejemplo la islamofobia pero no la cristianofobia, la eurofobia o la fobia al libre examen que Sócrates llamaba misología. La misma incoherencia preside el tratamiento de emblemas como la esvástica y la hoz y el martillo, pues aunque hayan amparado masacres cuando menos comparables la corrección política manda prohibir uno y exhibe el otro como símbolo de benevolencia. Cierto totalitarismo le parece el bueno, y no ve sofisma en afirmar que las demás vía políticas –totalitarias o no- están dictadas por intereses inconfesables.

Aportar los factores omitidos, para desmentir los embustes dependientes de simplificar, tiene en este caso la ventaja añadida de mostrar hasta qué punto dicho infundio ofende y maniata subrepticiamente a quien alega querer defender. Ningún individuo y ningún pueblo –mucho menos la diversidad de los comprendidos entre el Atlántico y el Índico- puede reducirse al color de una piel, o a cualquier otro rasgo morfológico, porque nada externo abarca la fusión de aspiraciones y acciones constitutiva de nuestro espíritu, e identificarlo con cualquier cosa distinta de un presente abierto a reformas es desnaturalizarlo, fosilizar algo  donde bulle una libertad más o menos latente.           

Si atendemos un momento al reino animal comprobaremos que los progenitores suelen esforzarse por criar de manera compasiva a su prole, aunque más allá del nido y la madriguera –incluso allí, en algunas especies- cunde el orden de gallineros y palomares, donde el primero pica a todos sin ser picado por ninguno, y el último es picado por todos sin picar a nadie, fundamento último para la pirámide jerárquica del absolutismo político. Dicho rigor podría remitirse a que los humanos bajaron de los árboles bifurcados: unos dispuestos a matar y morir con tal de ser reconocidos como amos, y otros prefiriendo obedecer a luchar. Con todo, degradarse a herramienta de otro desemboca antes o después en descubrir el trabajo como “paciencia de lo negativo” (Hegel), a su vez el único modo permanente y eficaz de transformar el mundo, mientras la molicie mina al amo como la falta de ejercicio consume cualquier musculatura.

Como nuestra historia enseña, lo único que mantiene duraderamente al esclavo es rechazar al tiempo la laboriosidad y la rebeldía, a la manera de Adán y Eva, imaginando que ambas son maldiciones en vez de bendiciones, y conformarse con la existencia parasitaria del indolente. En cualquier caso, la cultura occidental ha sido la primera y única en acabar comprendiendo que pagar bien el trabajo, y limitarlo a personas libres, constituye el camino más seguro para generalizar la opulencia y la dignidad humana. Hoy, cuando ser llamado blanco, amarillo o cobrizo a nadie ofende, pero negro sí ofende, es trágico que denunciar el racismo promueva una conciencia racial, cuando la conciencia es nuestro ámbito de comunidad sustantiva, y por eso mismo una instancia jamás obligada a conformarse con meros hechos, so pena de desembocar en alguna alternativa genocida, o en pasivas lamentaciones.

Por otra parte, una actitud emprendedora y laboriosa es el prototipo de aquello que los pueblos aprenden una y otra vez, si median buena fe y los debidos estímulos, en vez de mentiras e invocaciones a la discordia, y no otra cosa exhibe la genealogía de los Estados de derecho, bien sean las polis democráticas helénicas, el país nacido con la Constitución norteamericana de 1787 o la UE, el último y más formidable vástago del civismo. Tampoco olvidemos que la primera iniciativa de masacrar a una raza ocurre en el Haití de Christophe, al socaire del terror jacobino, donde fueron ejecutados unos diez mil blancos de todas las edades y sexos. Es imposible encontrar un motivo de venganza más legítimo que haber sido esclavizado; pero recurrir al genocidio contribuirá en no escasa medida a que desde entonces esa mitad de la isla sea el Estado paria, el más pobre y peor avenido del planeta.

Medio siglo más tarde, comunistas y anarquistas europeos coincidirán en afirmar que la herencia debe ser irrelevante, una tesis que en tiempos de Stalin se politizó hasta el punto de quemar libros de Mendel, perseguir a profesores de disciplinas donde la palabra gen fuese ubicua y confiar la agricultura al ortodoxo Lysenko, alguien dispuesto a descubrir análogos botánicos del reflejo condicionado. Sus planes no ofrecieron el rendimiento previsto; pero la muerte de Stalin le ahorró explicaciones, sin debilitar su confianza en el hombre nuevo prometido por la revolución, cuyo altruismo se imprime sustituyendo el acto deliberado por el automático, como los canes de Pavlov.

De alguna manera, todos somos africanos por partida doble, en función de flujos migratorios separados por eones, pues los más antiguos H. sapiens parecen venir de mesetas ecuatoriales situadas hoy en Kenia y Etiopía, punto de partida para poblar los demás continentes y establecerse desde el Atlas al cabo de Buena Esperanza. Pero es falso y desorientador centrar el tráfico con esclavos suyos en nuestra cultura, porque constituye en realidad un empeño islámico desde el siglo VIII, cuando aparecieron los primeros reinos nacidos del doble esfuerzo de ir por las aldeas raptando gente joven con aspecto sano, para conducirla a través de selvas y desiertos hasta lonjas de ganado humano montadas por ellos mismos.

Eran ya de tamaño colosal las lonjas de Damasco y Bagdad, que a lo largo del Medievo compitieron con Constantinopla y Alejandría como adquirentes de cautivos occidentales, mientras en la futura Europa se cumplía durante casi mil años el ideal de la santa pobreza, y carecer de industria y comercio impuso cazar adolescentes de comarcas o países vecinos como única fuente de moneda capaz de pagar importaciones. Bizantinos y árabes pagaban más por jóvenes rubios y pelirrojos que por negros; pero la extraña forma del río Níger aseguró a Timbuctú la condición de confluencia natural para reatas de infelices venidos del norte, el sur, el este y el oeste del continente, transportados allí siempre a mitad de precio o menos.

Las Leyes de Indias españolas fueron un hito en la historia de los derechos humanos, y solo el analfabeto ignora que los norteamericanos perdieron más blancos combatiendo por libertad de sus negros que todo el resto del planeta junto. En un país donde hispanos e incluso asiáticos son minorías numéricamente superiores, conferir dos mandatos a Obama demuestra hasta qué punto el electorado de ese país es el o uno de los menos racistas del planeta, y desde luego buscaremos en vano algún país de África donde los blancos no lleguen a una quinta parte del censo, y la presidencia del gobierno se confíe a uno de ellos.

Para el africano y el afroamericano, mensajes inversos resultan de entender que la verdad nos hace libres, y de postular –como la actitud posmoderna- “discursos desinteresados por la verdad” (Lyotard). Lo uno apunta a no engañarse -afirmando en definitiva: espabilad, la subvención os eterniza como mendigos-, y lo otro al consejo sartriano de “regenerarse mediante odio eterno al colonizador”, como si el contacto con la civilización europea hubiera supuesto una castración psíquica tan irreparable como estéril, no lo análogo al enriquecimiento eventual que para iberos, anglos o galos supuso ser colonizados por la civilización grecorromana. Entretanto, ejércitos cubanos –“misiones” los llamaba Fidel- armados por la URSS sembraban África de monstruos como Mengistu, imaginando que declarar la independencia y entregar el gobierno de cada país a su FLN bastaría para verlo cubierto por complejos fabriles de última generación, gestionados por una mano de obra sin rival en diligencia.

Apenas sabemos nada del África subsahariana antes del islam abierto, cuyos sabios, poetas y viajeros deslumbraron al mundo, y volvemos a saber muy poco desde el siglo Xl, cuando el integrismo lo ponga a la defensiva, mientras Europa iba saliendo muy poco a poco de su barbarie hasta poner en práctica la navegación a larga distancia, gracias a la cual descubrirá tanto la enormidad del continente situado al sur del Mediterráneo como la del situado allende el Atlántico. Sí sabemos, en cambio, que reafirmando lo mandado por sus abuelos en 1498 un edicto de Carlos V en 1530 prohíbe toda forma de esclavitud, y la importación a sus reinos europeos no ya de indios sino de negros, suponiendo que el destino de ambos será ser vendidos. Como Portugal acabará unido casi un siglo a la corona española, las iniciativas precoces de sus negreros en el Golfo de Guinea se verán frustradas por el llamado primer sistema atlántico, donde hasta el siglo siguiente solo cruzan el mar un 3%  de los llamados a hacerlo luego.

En cualquier caso, el único usufructuario permanente de todas las transacciones, por todas las rutas, es un musulmán cuya ley sigue admitiendo la compraventa del indispuesto a convertirse o indemnizar. Islámico es, por ejemplo, el tratante que vende en Molucas a Magallanes su esclavo Enrique -uno de los escasísimos supervivientes de la vuelta al mundo terminada por Elcano-, y los caciques aludidos por los primeros viajeros europeos al África tropical, que terminan asesinados -como el escocés Mungo Park y varios alemanes- al  descubrirse que sus intenciones eran observar en vez de adquirir ganado humano.

E. M’bokolo, actual profesor en La Sorbona y Kinshasa, calcula que entre el siglo IX y el XIX, musulmanes africanos exportaron unos cuatro millones de esclavos a través del mar Rojo, unos cinco desde sus puertos en el Índico y de once a veinte (“dependiendo de los investigadores”) desde sus puestos en el Atlántico. Aunque el ya senecto M’bokolo empezó siendo maoísta, nacer con vocación de investigador le ha permitido reconsiderar creencias, y entre ellas el rol del llamado imperialismo occidental en África; por ejemplo, la exageración de atribuir a Leopoldo II de Bélgica hasta 15 millones de muertos en una región que mal alcanzaba entonces los 8, y omitir al tiempo que gracias a la guerra belga-árabe cesó una captura y exportación masiva de nativos a través del sultanato de Zanzíbar.

 Es estimulante comprobar que M’bokolo tampoco representa una excepción entre los profesores africanos contemporáneos, y que la mezcla de consejo funesto y velado insulto aparejada a cualquier conciencia racial no cala allí tanto como en los sectores políticamente correctos de Norteamérica y parte de Europa. Consultar estos días algunas entrevistas y conferencias suyas me ha hecho ver que en vez de llamamientos incendiarios o derrotismo predomina entre ellos una denuncia de la desunión y falta de combatividad del africano, tropical y subtropical, comparado con la reacción ante fenómenos idénticos o análogos en Japón, China, Indonesia e incluso India, a despecho de la ferocidad adquirida allí por la secesión de hindús e islámicos.

Sumando mala suerte, charlatanes, gorilas y desfases culturales, para África en general y para colectivos como los negros norteamericanos y europeos, es un desafío de tremendas proporciones sencillamente imitar a otros pueblos en solidaridad y civismo, descartando sin condiciones todo énfasis en la negritud como identidad espiritual. Siendo fuertes, saludables y valientes en medida igual o superior a la media humana, su hándicap más ostensible se diría un familismo incompatible con la reciprocidad, que tribaliza toda suerte de relaciones y pierde de vista por sistema la dimensión universal de los asuntos, empañada por sus formas particulares.

A este resultado ha contribuido decisivamente un milenio largo de égida islámica, culminada en los siglos XVI-XVII por el Imperio songhai, heredero del de Mali, que será derrotado por el reino de Marruecos cuando había convertido el Sahel –la franja subsahariana comprendida entre el Atlántico y el mar Rojo- en “una plantación de esclavos”. Casi tan ilustrativo como esa peripecia es que la heroica y triunfante expedición marroquí estuviera formada por varios regimientos de castellanos mandados por Judar Pasha -Diego de Guevara según su partida de nacimiento-, un caudillo también castellano que empezó siendo secuestrado y castrado a los nueve años por una banda songhai; pero logró escapar, y tras ponerse al servicio del rey acabó siendo conocido como el general de los ojos azules.          

Definido eventualmente por la incoherencia de ser “un racismo antirracista”(Sartre), el movimiento de la negritud se considera nacido en 1935 con una efímera revista universitaria dedicada a “conciencia racial y revolución social”, entre cuyos colaboradores estaban el martiniqueño Aimé Césaire, el guyanés León Dumas y el senegalés Leopold Senghor, reunidos en París por sendas becas de estudios. Allí ingresaron los tres en el partido comunista francés, sintiéndose según Dumas como “quien intenta besar la mano de una Europa que la retira temiendo ser mordida”, aunque ninguno tardó en ser reconocido como genio poético y héroe político.

Dumas disertaría largamente en Georgetown -la más antigua y prestigiosa universidad católica de Estados Unidos-, alternando la asimilación profesional con sarcasmos sobre el “asimilacionismo”, que le sitúan entre los primeros supremacistas expresos. Césaire fue durante 56 años diputado por Martinica y alcalde de su capital, sin dejar nunca de identificar mercado y esclavitud, pensando por ejemplo que “la UE es un callejón sin salida tras el cual está Hitler, y tras el capitalismo está Hitler”, ajeno por tanto a la identidad sustantiva del socialismo mesiánico, fuere quien fuere el dispuesto a asumir la redención del resto.

No cabe decir lo mismo de Senghor, que supo deslindar el socialismo democrático de su versión dictatorial, a despecho de las tentaciones aparejadas a ser presidente de Senegal desde 1960 a 1980, y también de la fugaz Federación de Mali, y acabó planteando la negritud como “etapa en el discurrir del mestizaje planetario”. Quizá fue el primer africano inicialmente comunista y capaz de rectificar luego el cliché transmitido por Sartre, entendiendo que el color de la piel no otorga bendiciones ni estigmas eternos, sin perjuicio de ser algo tan determinante y al tiempo accidental como nacer aquí o allá, con una u otra constitución. Anticipando a M’bokolo y sus colegas, Senghor acabó pensando que africanos y afroamericanos no tienen otro enemigo real que su pasividad y desunión, ni otro deber que el de vencerse a sí mismos, como vienen haciendo individuos y pueblos cabales desde el alba de los tiempos; y como hoy cumple de manera prototípica un Extremo Oriente otrora mísero, por albergar sueños de salvación apoyados sobre una ingeniería social genocida.

En cualquier caso, jamás tuvimos los europeos tan claro que el supremacismo es una agresión miserable, sostenida habitualmente por un complejo de inferioridad proyectado como autoimportancia. Está en la naturaleza de toda virtud fraudulenta exaltar el terror como camino más corto hacia ella misma, aunque la enésima reaparición de guerras santas ocurre por fortuna en un planeta cada vez más desengañado de ellas. El hecho de acumularse las excepciones en África subraya lo inesencial de una epidermis u otra, cuando lo nuclear es sumarse al resto del mundo, sosteniendo en vez de abortando iniciativas como la federación malí, que en 1959 reunió Senegal, el Sudán francés, Benín y Burkina Faso.

Incorporando a la minúscula Gambia, dicha agrupación habría reducido la inermidad de un Sahel siempre acosado por la expansión del desierto. Por lo demás, no solo el Sahel sino toda África pasó del dominio islámico a la colonización europea, y de ella a la independencia, lastrado por la trivialidad maligna del racismo antirracista. De ahí que tenga pendiente asumir la libertad como responsabilidad, separar Estado e Iglesia y expulsar de sus castillos a mesías de la discordia, una tarea tan titánica como indelegable. Quien proponga a sus gentes perseverar en el rol de víctima no es su amigo sino un desaprensivo, que desarma adulando al vicio de los vicios, la pereza, cuando justamente ella torna hediondos y avaros sus entornos.

Tampoco olvidemos nosotros que tenemos pendiente separar la economía de veleidades ruinosas, ligadas al reducto totalitario de la casta política.

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