martes, junio 28, 2022

La muerte de la monarquía

Uno no deja de sorprenderse, ahora que la cuestión del emérito vuelve a estar candente, de los argumentos que los monárquicos esgrimen y los esfuerzos que realizan para defender la monarquía, pues pareciera que quieren, en realidad, su muerte definitiva en lugar de su resurrección.

Están haciendo un poco como la Iglesia, cuyas reformas de la segunda mitad del siglo XX encaminadas a acercar a los fieles la liturgia y la doctrina — encaminadas, en una palabra, a adaptar la fe a los tiempos— terminaron por vaciar parroquias y seminarios. En ese caso, a ninguno de los reformadores se le ocurrió que es el tiempo el que tiene que adaptarse a la fe, que es el mundo el que tiene que dejarse guiar por la Iglesia y que en ningún caso debe ser al revés; y que es precisamente lo que la Iglesia tiene de institución atemporal lo que la ha mantenido viva mientras el resto de instituciones perecían. Porque lo propio de lo que está sujeto a lo temporal es eso: perecer, morir.

Pero los monárquicos siguen empeñados en que la monarquía asuma los valores de nuestro tiempo. Así, algunos presentan al rey como un empresario de éxito —por los contratos que negocia, por el dinero que logra que se invierta en España—, otros como un relaciones públicas —por los contactos que tiene, por la imagen que da de nuestro país— y los hay hasta que nos lo presentan como una persona normal —porque espera su turno para ser vacunado en el Zendal, porque que se casa con una periodista—. Y entonces uno, que no es ni monárquico ni republicano porque en esto le preocupa más el contenido que el continente, se pregunta por qué no reina Jeff Bezos si lo que necesitamos es un empresario o mi amigo Santi Moyano si lo que necesitamos es un relaciones públicas o yo mismo si lo que necesitamos es una persona normal, que soy muy normal aunque no lo parezca. Uno se pregunta, en fin, por qué reina Felipe VI si podría hacerlo cualquier otro.

Lo que quiero decir es que un rey como el que dibujan los monárquicos hace más por el advenimiento de la república que las peroratas de Podemos et alii. En este sentido, quien desee que la monarquía sobreviva no puede pretender que ésta se modernice, y mucho menos cuando esa modernización atenta contra su naturaleza (¿cómo se come una monarquía igualitaria?). Por eso, igual que la Iglesia, la monarquía sólo sobrevivirá en la medida en que se distancie de los principios que cimientan nuestro tiempo. En la medida, digo, en que no intente ser empresarial, amigable o igualitaria.

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