lunes, abril 19, 2021

La mudanza del PP a la nada

Decía Francisco de Quevedo que nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres. Me temo que eso es lo que le pasará al actual Partido Popular si se queda solamente en una mudanza de sede (que, por cierto, se va porque apenas puede pagarla). El problema del Partido Popular no es la sede, ni las siglas, ni el logo, ni tan siquiera sus miembros. Seguramente no hay mejor equipo de gobierno que el del PP. En su mayoría, no siempre, los que están en la sombra y que son fundamentales para acertar en las medidas que se deben tomar, es gente formada y con sentido común.

Desgraciadamente la política es más que los resultados y muchas veces se obvian las propuestas de los equipos de gobierno porque todo se mide en coste de voto. Claro ejemplo el vivido en las pasadas elecciones catalanas, en las que el peor ministro de Sanidad de toda Europa, que ha dejado unos números impresentables, ganó las elecciones. ¿Por qué? Porque en esta era en la que habitamos lo fundamental es la propaganda. Poco importan las propuestas que no se pueden explicar en un vídeo de YouTube o en un hilo de Twitter para que lo capte con facilidad la masa que posteriormente acudirá a depositar la papeleta. Así de triste, pero estos son los bueyes con los que hay que arar. 

Es cierto que Pablo Casado se ha encontrado un panorama mediático completamente en contra por la herencia recibida de Mariano Rajoy. Pero las excusas son de perdedores y las declaraciones realizadas el otro día por parte del Partido Popular para justificar su pésimo resultado en Cataluña son propias de un perdedor sin espíritu de lucha. Cualquier líder que se precie debe crecerse ante la adversidad. Las lamentaciones nunca ayudaron a nadie a mejorar, sino a irse por el desagüe. Los populares viven acomplejados y a la defensiva. Así es imposible ganar nada. La estrategia del silencio en esta época no sirve. Quizás Pablo Casado y Teodoro García Egea se creen que la política se hace igual que cuando ellos empezaron, nada más lejos de la realidad. Hoy en día la política es día a día, hora a hora, minuto a minuto. Tienes que estar preparado para argumentar al segundo los debates que se dan en cuestión de horas y desaparecen como polvo en el desierto en cuestión de 24 horas. No existe el esperar a verlas venir. Creen, víctimas del síndrome que se desarrolla en las cúpulas del partido, que los cuatro lamebotas que tienen colocados como manos derechas que les ríen las gracias tienen razón cuando les dicen que el poder «se hereda». No, el poder no lo vas a heredar porque el bipartidismo murió hace años en España.

Si el PP es incapaz de entender esto, si sus líderes siguen confiando en los inútiles y estúpidos que creen que esto es como la política de hace 10 años, el PP acabará desapareciendo. No se trata de competir contra VOX ni de insultarlo. Se trata de intentar demostrar al electorado que ofreces algo más que el resto y, sobre todo, convencer de que tu proyecto es el mejor. Eso no se hace con el silencio y el eslogan barato de «somos de centro» que te firma en un editorial una pluma agradecida. No se hace poniendo a una banda de amiguetes sin ningún carisma. No se hace renunciando a la batalla cultural. No se hace pensando en qué dirán los que jamás te votarán. No se hace callando cuando la mafia mediática trata de aplastarte como un rodillo con todo tipo de falacias que acabas aceptando como una víctima de los experimentos de Solomon Asch. Son tan torpes que ni siquiera saben sacar rédito de los errores del contrario. No sacan provecho de la pésima gestión económica y sanitaria del PSOE ni tampoco de cuando Vox entregó en bandeja a Sánchez el control de los fondos.

La cuestión fundamental es qué ofrece el PP al pueblo. La respuesta actual es la nada, sumada a complejos y a ninguna posibilidad de que alguien pueda estar dispuesto a partirse la cara por ellos porque lo que producen son vergüenza ajena, cuando no indiferencia. En Cataluña contaban con el mejor candidato de todos los partidos y, a pesar de ello, los resultados fueron calamitosos. La respuesta una vez más la encontramos en la falta de propuestas. ¿Quién narices va a votar a un partido que aboga por continuar todas las políticas socialistas marcadas por la tendencia mayoritaria que se dicta en los medios? El Partido Popular está a favor de la denigrante e injusta Ley Integral de Violencia de Género, de la ley de «desmemoria histérica», de no permitir que los ciudadanos que estudian en regiones bilingües puedan escoger el idioma en el que quieren ser educados, del funcionamiento actual de las autonomías que crean españoles de primera y de segunda, a favor del discurso dominante que estigmatiza como fascistas a los que no lo son (antes lo sufrieron ellos), etc. La gran propuesta del Partido Popular se reduce en bajar medio punto el IRPF a los españoles y decirles que son moderados.

Se dice que en el espectro político el Partido Popular se ha quedado sin espacio y no es cierto. Tiene la oportunidad de llenar el espacio del sentido común que se perdió hace años. Un partido que defienda la propiedad privada, la meritocracia, la educación libre alejada de dogmas ideológicos o religiosos, la inmigración controlada, la libertad individual, los bajos impuestos, la inversión privada, la reducción de la cuota de autónomos, la eliminación de multitud de trabas para emprender, la reforma de las pensiones, la reducción del gasto público, la eliminación del sistema clientelar imperante, el buen uso de los fondos públicos, una ley del aborto como la de 1985, la independencia judicial, un estado descentralizado, modificar la ley audiovisual, recortar el número de diputados y senadores, abandonar las subvenciones a multitud de organizaciones que no aportan nada a la sociedad, etc. Todo eso se puede defender sin caer en mensajes furibundos estilo Trump, pero siempre debe ir acompañado de contundencia y, sobre todo, constancia en el relato. 

Estoy convencido de que el PP seguirá firme en su camino hacia el abismo porque el ego de los advenedizos es lo peor que hay. Incapaces de aceptar sus errores, se resguardarán entre estómagos agradecidos para que nadie les pueda recordar lo mal que han hecho las cosas y así, pensar que hay una especie de cruzada nacional contra ellos mientras sus escaños van saltando a Vox y son incapaces de movilizar a aquellos que confiaron en su momento en ellos.

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