viernes, diciembre 2, 2022
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La impostura de la política internacional

Hay dos grandes teorías sobre las relaciones internacionales. Una de ellas, el realismo, presenta el mundo como una selva en la que sobreviven sólo los depredadores más feroces y astutos. No hay lugar allí para la filantropía, nadie puede detenerse en consideraciones morales porque lo que está en juego es la supervivencia. Las relaciones entre los Estados son relaciones de poder, de interés, relaciones en las que cada uno persigue el mayor beneficio para sí. El Estado es un lobo para el Estado y, por mucho que nos esforcemos en remediarlo, por muchísimos tribunales internacionales, organismos, instituciones que fundemos, siempre será así.

El idealismo, por su parte, es más esperanzador y luminoso. Sus teóricos creen que la rivalidad entre los Estados puede mitigarse, reducirse a unos niveles soportables. Quizá el mundo sea una selva, pero es una que puede domesticarse. El Estado puede perseguir sus intereses, cómo no aceptarlo, pero cabe exigirle que lo haga ateniéndose a unos límites éticos, a unas normas. Esa pulsión feroz que los Estados tienen puede encauzarse fomentando la cooperación, creando instituciones.

Ambas teorías son excluyentes, se contradicen. Ora el mundo es un campo de batalla en el que, digámoslo abiertamente, se impone el bando que reúna más sofisticación y crueldad, ora es un lugar hasta cierto punto amable en el que existe la posibilidad de hacer el bien. No cabe defender ambas teorías. Sé que es políticamente incorrectísimo decirlo, pero no hay grises. Como en el descarnado conflicto entre concebollistas y sincebollistas, entre los de la carne poco hecha y los de la carne al punto, uno debe posicionarse. Es uno de esos asuntos que nos exige abandonar la comodidad de la equidistancia y asumir el riesgo que tomar partido siempre conlleva.

Pero el hombre contemporáneo detesta elegir porque toda elección implica una renuncia. Hay quien amanece realista y se acuesta idealista; quien es realista o idealista en función de las circunstancias. Ocurre a izquierda y a derecha, tanto en Podemos como en VOX. Los unos juzgan severamente a Israel, hablan de la necesidad de un boicot cada vez que se desvela una tropelía suya, pero se encogen de hombros y mascullan que la política internacional es así, compleja y brutal, cuando el desmán lo ha perpetrado Venezuela. Los otros hacen lo mismo pero al revés: exigen a la comunidad internacional una intervención militar en Venezuela ―lo cual podría ser necesario, qué sé yo―, pero luego disertan, blablablá, sobre la soberanía de Israel y sobre su derecho a defenderse como le brote, incluso si lo que le brota es bombardear un hospital infantil en Gaza. Para ambos un crimen es abominable cuando lo cometen sus enemigos y un gaje del oficio, una desgracia inevitable, ¡hasta comprensible!, cuando lo cometen sus amigos.

Yo, idealista como soy, estoy dispuesto a dialogar con un realista, a considerar sus argumentos, a dejarme convencer por él. Lo que no haré es transigir con la impostura, con la farsa de quienes denuncian un crimen o se abstienen de hacerlo según quien lo perpetre. Eso nunca.

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