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La guerra imaginaria

En 1944 el Imperio del sol naciente se extendía por todo el sudeste asiático, las tropas norteamericanas y japonesas mantenían encarnizadas batallas por cada isla. En este contexto bélico es donde encontramos a nuestro protagonista, Hirō Onoda, oficial de inteligencia del ejército imperial japonés. Fue destinado a la isla de Lubang en Filipinas, su misión era realizar una guerra de guerrillas en la que no cabía ni la rendición ni el suicidio. La situación del mermado ejército japonés obligaba a sus soldados a utilizar incluso el arma blanca como habían hecho sus antepasados siglos atrás. 

Ya el 28 de febrero de 1945 las fuerzas estadounidenses tomaron el control de prácticamente el total de la isla, únicamente sobrevivieron cuatro soldados, uno de ellos era Onoda, que ordenó replegarse a las colonias de la isla. Estos soldados continuaron con las escaramuzas, sabotajes y pequeñas incursiones en las líneas enemigas. Escondidos en la selva y racionando los víveres sobrevivieron durante meses. 

Después de la rendición japonesa en septiembre de 1945, encontraron folletos en las poblaciones locales que decían lo siguiente: La guerra terminó el 15 de agosto de 1945. ¡Bajen de las montañas! Onoda y sus soldados tenían la certeza de que se trataba de un engaño para obligarlos a salir y así poder apresarlos. Se mantuvieron estoicos en su misión, pero las fuerzas comenzaban a flaquear. 

El primer compañero de Onoda en caer fue Akatsu que se rindió a las autoridades filipinas en 1950. Shimada fue disparado por una patrulla en 1954 y Kozuka fue asesinado por la policía mientras quemaba unos campos de cultivo locales en 1972. Onoda mantuvo durante años sus ataques a las poblaciones locales y las autoridades, llegando incluso a decapitar a un granjero. 

Como es lógico, Onoda no disponía de suministros para sobrevivir treinta años de conflicto, se dedicaba a recolectar frutas y verduras, además de robar ganado a las poblaciones locales. Onoda había sido declarado muerto por el gobierno japones en 1959, pero tras la muerte de Kozuka en 1972 las autoridades japonesas establecieron la posibilidad de que estuviera vivo, convirtiéndose así en una especie de mito urbano. 

En 1974, Norio Suzuki, se dispuso a buscar a Onoda, finalmente lo encontró y logró convencerle de que la guerra había terminado. Pese a ello, Onoda se negaba a abandonar su posición sin el consentimiento de su comandante. Suzuki era un hombre de fortuna y logró encontrar en una librería a Taniguchi, antiguo compañero de Onoda. Cuando Hirō recibió el mensaje de su comandante confirmándole que la guerra había terminado, Onoda se desmayó.

Pese a que Onoda había aterrorizado a las poblaciones locales y había acabado con la vida de siete personas, el presidente de Filipinas le concedió un indulto total por su gran valentía. A su vuelta al país nipón fue recibido como un auténtico héroe, el mito se convertía en realidad, la leyenda aparecía ante los ojos de la población. Los medios de comunicación lo utilizaron como propaganda de unos valores que poco a poco Japón iba perdiendo, Onoda llegó incluso a escribir una obra, No surrender. My thirty-year war. 

Onoda llegó a un Japón completamente diferente al que había dejado, para ponerlo en perspectiva, imagínense que dejan España en 1950 y regresan en la década de los ochenta, les parecería otro planeta. Onoda había viajado en el tiempo en aquella selva de Lubang, decidió mudarse a una comunidad japonesa en Brasil junto a su hermano, se dedicó a la ganadería e incluso llego a contraer matrimonio.

Años después regresaría a Japón para enseñar valores tradicionales a los jóvenes, fundó el Onoda Nature Camp donde enseñaba técnicas de supervivencia, además de todo ello comenzó a dar conferencias en colegios y universidades comentando su increíble experiencia. Onoda rechazó su pensión militar completa y todas las donaciones privadas que le hicieron hasta que finalmente falleció en el 2014.  

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