lunes, septiembre 27, 2021

La Flaca Memoria de los Aniversarios

Fatuo día en el que toca volver a ustedes tras el periodo estival. Aciaga memoria que me obliga a dejar a un lado el cuaderno de desagravios para conversar cada semana del que se nutre «El Emboscado». En esta ocasión abro un cuaderno amarillo por el tiempo, de cuando aún creía que el mundo era mejorable, de cuando pensaba que no éramos piezas de un rompecabezas inabarcable hasta para un Demiurgo. Hoy en este once de septiembre se cumple dos décadas de la perdida de la inocencia, la constancia de la vulnerabilidad de todo Goliat, y el día el que todos vimos, sin saber, que nada volvería a ser como antes.

Me niego a dar pábulo al recuerdo que no se merecen por su ignominia, pero cedo ante la necesidad de la memoria, no sólo para los de ese día, si no para las decenas de miles que, desde entonces, en fuegos cruzados, en fronteras incendiadas, en conflictos ancestrales, ya casi borrados de toda memoria, cayeron como pavesas y a los que nadie recuerda.

Da igual de que lado uno esté, da igual que sistema político deseara para su Patria. En aquella fecha se supo que siempre dependeríamos del número de cuenta de ricos enajenados y de las visiones ora por la bruma del Khat o cualquier esencia, ora de unas lecturas perversas de libros sagrados donde pareciera que al lector secósele la mente como al ingenioso Hidalgo. Pero a este le dio por deshacer entuertos, mientras que al primero le dio por querer llenar su testamento de muertos.

En aquella fecha, este aún no Emboscado, escuchaba ávidamente «las posibles aplicaciones de la gestión del conocimiento humano y del talento para la mejora de las organizaciones». Empezaron a vibrar móviles, susurros entre las bambalinas del Salón, y suspensión del seminario por parte de un atribulado funcionario que tartamudeando y con voz quebrada notificaba un desastre de proporciones no vistas antes. Poco tiempo pasaría hasta saber que había tres «mensajeros» más, aparecidos como saliendo de la fantasía de una producción Hollywoodiense. Pero sólo uno podrá ser recordado con justicia poética. 

Todo cambió. Los viejos juegos de guerra tan de película y de libro malo, se convirtieron en guías reales de los acontecimientos sociales, y parecieron ser “documentos premonitorios”, en los que los no menos enajenados, por desconcierto y falta de epistemología, escudriñaban buscando señales que hubiesen anticipado lo que se venía. 

Contra todo pronóstico, nada funcionaba, la locura de los cuatro jinetes se desbocó. Cambiaron las reglas de juego, se acabaron los establishments, se alteraron las leyes dando entrada a los perros de la guerra… todo para la salvaguarda de las naciones y sus modos de vida. Intento fallido como hemos visto en este último mes de tribulación y saltos continuos.

Hoy sabemos que ninguna Homeland Security, ninguna invasión, ninguna venganza a “a sangre y fuego” podrá levantar la losa del miedo que hace dos décadas nos inocularon como la Pandemia de la que aún no hemos salido. Florecieron los expertos que explicaron todo: causas, orígenes, formas de entender lo inentendible, cursos de frikis para convertirse en diez lecciones en sabios en reconocer a los infames, seminarios internacionales para “abrir la mente a escenarios nuevos en temas de seguridad”.

Muchos han logrado vivir bien en este nuevo paradigma. Muchos han lustrado sus “hojas de vida” a golpe de crisis internacional.

La otra cara, la otra perspectiva, la visión de la que llamamos «horda», vio la fragilidad de nuestros valores, los poros de nuestras conciencias, la vulnerabilidad real versus la soberbia de supuestas «fortalezas», John Wayne no tenía discípulos y las «historias» casi nunca tienen fines de justicia poética.

Vimos la maleabilidad de nuestras identidades, la fragilidad de nuestros muros, aparecieron los miedos ante nuevas figuras, que eran sólo nuestra propia sombra; florecieron los temores de una sociedad decadente que olvidó que, para ser mejores, hay que demostrarlo. Ni las inyecciones de casposa testosterona, ni los acuerdos juramentados han servido de casi nada.

Dos décadas después del giro Copernicano a nuestra forma de ver la vida, no estamos en un mundo más seguro, no aumenta la confianza en las instituciones como salvaguarda de nuestros derechos, florecen los radicalismos, los buenísimos, y todo «ismo» que sirva. Mientras, criamos a nuestros hijos viendo caer todos los paradigmas que nos transmitieron, los valores que nos forjaron; reconocemos que nos hemos pasado de postmodernidad hasta el «desarme moral», y de no ver los efectos de nuestra forma de comernos el mundo.

Cada aniversario saco el mismo cuaderno amarillo, leo para no olvidar, como en tres años justos sacaré otro que ya amarillea. Del primero por el tiempo transcurrido empiezo a sacar las conclusiones y las lecciones aprendidas de los viejos textos de Polemología y Clásicos de la Antigüedad. Sólo ellos tienen respuestas. Del segundo, tan cercano, tan vívido, es pronto para saber nada; demasiado «cripto conspiranoico», demasiado uso de lo luctuoso como arma arrojadiza. Esperaremos a que el tiempo pueda darnos luz cuando dejemos de tener los ojos tan húmedos.

Me he negado a nombrar a las bestias durante estas novecientas palabras. No lo merecen. No se les debe dar propaganda, pero no podemos olvidar y debemos enseñar a las nuevas generaciones qué pasó y qué se hizo. Dilema y Nudo Gordiano, irresoluble, del que no saldremos hasta que encontremos la espada adecuada que lo corte como hizo en su momento un impetuoso Alejandro Magno diciendo: «Es lo mismo cortarlo que desatarlo«.

Yo como herencia, recibí una cultura que lo expresó mejor en Fernando I de Aragón en su escudo, en aquel final del mil cuatrocientos de nuestra era: «tanto monta cortar como desatar… Es decir, da igual cómo se haga, lo importante es que se consiga». 

La memoria nos debe valer para encontrar soluciones creativas ante dilemas provocados por cerrazón, crueldad y miopía. De lo contrario caerán más Goliat por hondas asidas por «enajenados de glorias pasadas», o peor, imbuidos de verdades ni evidentes ni demostrables que fundamentan su cultura o costumbre: el Dogma. Es cierto que debemos resolver tajantemente y sin contemplaciones los problemas; pero sólo descubriendo la esencia de este, podremos revelar todas sus implicaciones. 

Vaya pues mi memoria en esta fecha, y hasta donde llegue mi corto entender buscar implicaciones para compartirlas cada semana con ustedes, a ver si logramos que no aumenten los aniversarios.

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