viernes, enero 28, 2022

La destreza bravucona española

Divulgando que es Historia

He andado estos días disfrutando con la lectura del último libro de mi ilustrador de cabecera (¡y nunca mejor dicho!), don Juan de Aragón, también conocido como El Fisgón Histórico. Me refiero a la que ha realizado al alimón con David Nievas, LOS AUSTRIAS. «La historia ilustrada del imperio donde no se ponía el sol». Y entre Felipes y Carlos, en ese viaje por la España de los Habsburgo me ha recordado las diferencias entre carrancistas y pachequistas, en otro de esos episodios que nos lleva a pensar en esa España cainita y doble, siempre enfrentada entre los de Belmonte o Joselito, tortilla con cebolla o sin ella, desde los tiempos de Sertorio vs. Pompeyo. Cosa que niego. Pero esa es otra historia…

La de esta disputa nos lleva a la España en que las espadas se apellidaban roperas, pues como parte de las prendas que un hijodalgo eran tenidas. Unas espadas más largas de las que se llevaban a la guerra, pero que eran muestra del poderío del que la portaba, y una especie de «ojito, que soy peligroso». Cuando el lance surgía, es normal que se nos venga a la mente una especie de coreografía a lo West Side Story pero con espadas. Un enfrentamiento cuasi galáctico con sables láser. ¡Qué menos que un duelo al estilo del de Montoya y el pirata Roberts en La Princesa prometida. ¡Quiá! La cosa no pasaba de un par de cruces de acero, en un despliegue breve de a ver quién la tiene más larga (la espada, obviamente, no se me despisten), y poco más.

En aquellas épocas, las guerras tenían por armas otras más efectivas. Como las picas, los arcabuces y mosquetes, o las dagas de vela o de misericordia que, tras ocurrírsele a un famoso escritor el nominarlas como «vizcaínas», ha calado tal nombre aunque no fuera cómo se la conocían entonces. Las espadas eran casi un último recurso, y desde luego, sin florituras de esgrima moderna. ¡Y menos de la llamada esgrima escénica! Esto es, la que aprenden los actores para teatro o películas. La realidad siempre acaba siendo más prosaica. Y no se estaba, cuando te encontrabas, qué sé yo, en pleno sitio de Arrás, o en la de Nördlingen, como para ponerte con la mano en la espalda como si fueras Errol Flynn.

Pero otros lances había bien alejados de las batallas. Y estos fueron los duelos. Aunque prohibidos, como bien nos cuentan los autores del libro citado, desde 1480 por los Reyes Católicos, había que seguir publicando y recordando tal prohibición. Incluso fueron condenados expresamente por el famoso Concilio de Trento. Y además de los duelos de honor o por un quítese del paso vuesamerced, que si no le pasaré yo antes por el acero toledano, las calles no es que fueran para nobles y adinerados, lugares muy seguros que se digan. Con lo que, además de portar tales roperas, bueno fuera el saber manejarlas por quienes, en general, no eran soldados.

De este modo se pusieron de moda las escuelas y maestros del arte de la esgrima, que ya les aseguro que, aunque muchos  habremos jugado en nuestra infancia con largos palos o espadas de juguete, nada de juego tienen cuando eran de verdad, estaban afiladas, y que la cosa no era el ir golpeando entre ellas como hacen los jedi en sus coreografías luminosas con sus sables de luz de disco ochentera, sino el darte una mojada que te lleve ensartado como una oliva hacia el otro mundo. Y aprender lo que se conoció como «la Verdadera destreza». Esta escuela española de esgrima, nacería en 1582, por obra de un militar sevillano llamado Jerónimo de Carranza. Como tantos militares en la Historia de España, era docto en letras, pues no en vano había estudiado en la Universidad de Salamanca nada menos. Y en la fecha mencionada, sería cuando publicaría su De la Filosofía de las Armas y de su Destreza y la Agresión y Defensa Cristiana. 

Una obra más que curiosa, donde se mezclan las matemáticas con la religión, y lo técnico con lo espiritual. De este modo, pasaba de los fundamentos de la esgrima, a  referirse a la hipocresía de los bravos, siguiendo por las causas y efectos naturales de la destreza, concluyendo con un estudio sobre el honor, de su ganancia y de su pérdida, y rematando con una reflexión sobre la defensa y la ofensa. Sin duda una obra más que ambiciosa que otro militar, aunque éste no fuera poeta, la condensará para hacer a su vez nada menos que once tratados sobre la Verdadera destreza.

El milite no fue otro que Luis Pacheco de Narváez. Un jienense que llegaría a tener fama en su tiempo, aunque luego lo fuera muy especialmente por convertirse en némesis de un espadachín pendenciero, con mal carácter y mejor pluma, llamado Francisco de Quevedo. Había sido ya maestro de esgrima del Rey Planeta, el tan mal tratado también por los tópicos de la Leyenda Negra, Felipe IV, cuando sus tratados pasaron a ser los canónicos para conocer la mencionada destreza, en contraposición con la que se conocía como «vulgar», entendiendo esto de vulgar como algo ordinario, esto es, del común, pero no como peyorativo… necesariamente.

De aquella época de jaques y matachines quedará el nivel de los esgrimistas españoles como un peligro ante el que tener cuidado de no enfrentarse, pero también una época de pícaros y cortabolsas, que tan bien quedará reflejada en un género literario muy propio de España, como es el picaresco. Y buen ejemplo de ello lo tendremos en las páginas de un admirador de Carranza. Las de un autor llamado Miguel de Cervantes, en su obra Rinconete y Cortadillo. Que les animo a que recuperen la lectura de esta simpática obra, así como la citada al principio de este artículo de mis dos amigos Juan y David porque, sin ser unos príncipes de los ingenios como el alcalaíno, les aseguro que van a pasar un buen rato con ellos. ¡Que no es poca cosa hoy en día! 

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