miércoles, agosto 10, 2022

La colaboradora demasiado eficaz

Es frecuente que, en las organizaciones humanas, sean de carácter empresarial, administrativo, deportivo o político, los colaboradores más eficaces sean vistos con recelo por sus superiores. Sucede así cuando éstos son mediocres y la inseguridad generada por su mediocridad les induce a considerar que ésta puede resultar evidenciada por la comparación con la eficacia de los que colaboran con ellos. 

Las noticias publicadas en los últimos meses demostraban a las claras que Pablo Casado y Teodoro García Egea son muestras prototípicas de la mediocridad descrita en el párrafo anterior. Su sabotaje a la renovación de la dirección regional de su partido en Madrid, estando ésta como está afectada por el estigma de accidentalidad que acompaña a toda comisión gestora así lo ha demostrado. Las  declaraciones que han realizado ellos y sus llegados durante los últimos meses, también.

Todo el mundo sabe que, en ausencia de maniobras sucias -muy sucias-, el injustificablemente postergado congreso madrileño del PP va a suponer el encumbramiento de Isabel Díaz Ayuso a la presidencia, cumpliéndose así el anhelo clamorosamente deseado por la militancia y por los votantes populares. Postergarlo solo es explicable desde la mediocridad ya reseñada a la que se suma la envidia del derrotado hacia la victoriosa.

Esto era lo evidente y lo públicamente conocido hasta hace unas horas. Lo que hemos sabido ahora es que, adicionalmente, la mediocridad, la inseguridad y la envidia habían llevado a los mediocres, inseguros y envidiosos a situar su ética enun nivel absolutamente freático. Que desde la dirección nacional del PP se trasladen internamente dudas sobre la honorabilidad de la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, y que se insinuara a periodistas en encuentros off the record la existencia de muertos en el armario de Isabel Díaz Ayuso, demuestra la catadura moral de sus superiores orgánicos. Que éstos le realizaran personalmente un vil chantaje revela el recurso a prácticas propias de la “cosa nostra”. Todo sin pruebas, ni siquiera indicios. 

Y, definitivamente, la utilización del espionaje a la propia presidenta, a su entorno, a sus familiares, a sus exparejas, evidencia la execrable condición humana de los que lo hicieron y de los que se lo mandaron hacer.

Por si fuera poco, uno de los mediocres, inseguros y envidiosos negó al mediodía de ayer que hubiera habido espionaje alguno. Tan solo unas horas después de su negativa pública, sucedieron dos hechos que lo han colocado en su sitio. Primero, la dimisión de uno de sus colaboradores. Segundo la confirmación por un empresario de la realidad del encargo del Espionaje. Nunca una mentira pronunciada públicamente y con tanta rotundidad fue tan de inmediato desmentida de modo tan flagrante. De manera que, además de mediocre, inseguro y envidioso, también es mentiroso. ¿Le queda algún defecto humano por atesorar?

Lo cierto es que el conjunto de acontecimientos que estamos comentando provoca un amargo sabor a los que queremos seguir creyendo en la política. Amargura provocada al comprobar que a Isabel Díaz Ayuso no se le perdona la eficacia con la que preside la Comunidad de Madrid, la eficacia con la que se adelantó a la indigna trampa que le querían tender Ciudadanos y la izquierda, la eficacia con la que triunfó electoralmente, derrotando a los tramposos, y la eficacia con la que se ha ganado merecidamente el fervor de los madrileños.

Como conclusión, el pecado de Isabel Díaz Ayuso es haber demostrado ser una colaboradora eficaz, circunstancia que no le han podido perdonar sus superiores orgánicos, mediocres, inseguros, envidiosos y mentirosos. 

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