miércoles, mayo 22, 2024
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Intelectuales díscolos: Maeztu contra los fusiles del Frente Popular

Al calor de las grandes épocas se han formado pléyades de intelectuales que han acompasado los tiempos, unos —los malos— al son del poder, otros —los buenos— ejerciendo de contrapunto a este último. Pero el coraje para ser inactuales, como diría Chesterton, siempre estuvo reservado para unos pocos.

Fue precisamente esa camarilla la que integró Ramiro de Maeztu, que experimentó una evolución ideológica similar a la de Verstrynge, pero completamente al revés. El giro ideológico del vitoriano pasó por muchas facetas que transitaron desde el coqueteo con el socialismo hasta el conservadurismo monárquico en el sentido más amplio de la palabra.

A la fórmula libertad, igualdad y fraternidad había opuesto el servicio, la jerarquía y la hermandad, que supo proyectar en lo que él entendía la historia de España y su grandeza imperial, especialmente en lo que a la conquista de América se refiere.

Su obra capital, ‘Defensa de la Hispanidad‘, supuso un auténtico terremoto en un año marcado por la revolución y la sangre en España. En lo sucesivo, protagonizaría el 12 de octubre en los actos que se celebraron en el país, pues en 1935 aún había algo que celebrar.

A diferencia de los intelectuales de la Agrupación al Servicio de la República, disueltos poco después por el desencanto con el nuevo régimen, Maeztu había mostrado reticencias desde el principio y se negó a seguir los pasos de sus contemporáneos tal y como ocurrió con otro vasco de su generación, Miguel de Unamuno. A pesar de ello, su peso fue notorio y terminaría condenándole poco después, cuando todo estalló en España.

El periódico ‘Claridad’, controlado por la ejecutiva del PSOE, le había tachado “escritor traidor” en una época en la que aparecer en listas comprometía la integridad física. Ochenta años después, la Memoria Histórica —impulsada por ese mismo PSOE— quitaba calles y colegios a Maeztu, pero también placas a Largo Caballero. La historia tiene esos reveses.

Tras un breve cautiverio, fue sacado de la prisión, paradójicamente el mismo día en el que se cumplía cuatro años de la disolución de la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República, un 29 de octubre. Compartió saca con el fundador de las JONS, Ramiro Ledesma, aunque este último optó por una muerte diferente, tan vehemente como la vida que le había caracterizado.

Ese día, atado en pareja, con alambre y por los codos, Maeztu fue fusilado en el cementerio de Aravaca ante unos verdugos a los que les espetó que ellos no sabían por qué le mataban, pero él sí sabía por qué moría: para que sus hijos no fueran como ellos. Enarboló, ya en sus últimos momentos, el leitmotiv que había caracterizado su filosofía: ser es defenderse. Sirvan estas líneas a modo de reconocimiento a esa pléyade de escritores malditos que, siendo inactuales, supieron enfrentarse al destierro o la tapia.

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