martes, febrero 27, 2024
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Guerra de Ucrania y boca cerrada

La expresión “maestros de la sospecha”, en referencia al triángulo Marx-Nietzsche-Freud, es una expresión que, acuñada por Paul Ricoeur, ha calado hondamente en la bibliografía filosófica. Con ella se refiere Ricoeur a que sendos tres autores (aunque difícilmente armonizables entre sí, sobre todo Marx con los otros dos) arrojan sobre la conciencia -sobre el “ego” reflexivo– la sospecha de estar movida por fuerzas (el ser social, la voluntad de poder, el subconsciente) que la desbordan totalmente. El ego es un momento de lucidez, en un tris de ser inconsistente, expuesto a una dialéctica, a una pugna de fuerzas, de las que nunca puede ser consciente. Digamos que aquel principio antrópico de la homomensura, que había formulado Protágoras (“el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, de las que no son en tanto que no son”), estallaba por los aires con la popularidad de la obra de estos tres autores (por lo menos en su versión divulgativa), dando lugar a una reformulación o nueva fijación del “puesto del hombre en el cosmos”.

En realidad, creo que este hallazgo de Ricoeur es un falso hallazgo, es un descubrimiento del Mediterráneo, por así decir, porque la filosofía, ya desde Platón, es en general una disciplina de la “sospecha”. El autor de la alegoría de la caverna es el verdadero “maestro de la sospecha” al ofrecer una crítica, sin concesiones, a la conciencia “sensible”, ingenua, lo que él fijó en el ámbito de la “pistis”, o creencia (doxa), cuyo contenido son las apariencias (los “fenómenos”, así les llamó). La realidad se da a través de su apariencia, de tal manera que casi nada, nunca, es lo que parece. Y, sin embargo, las apariencias tienen cierto afán de saturar la realidad, de parecerse lo más posible al ser, pero sin ser del todo. Los esclavos que están encadenados en el fondo de la caverna platónica creen que aquellas imágenes, que están viendo proyectadas sobre la pared, son la realidad en su integridad, ni más ni menos, cuando resulta que, en realidad, no son más que un mero reflejo de esta.

Pues bien, los fenómenos que, como imágenes (iconos o sombras) suyas, proceden de la guerra en Ucrania vienen completamente envueltas por el agitprop de cada uno de los dos bandos, de tal manera que tratar de mantener una opinión o juicio cabal, sólido, acerca de lo que ocurre en Ucrania es prácticamente imposible. Y sin el “prácticamente”. Constantemente nos llegan imágenes según las cuales, engarzadas en determinada “narrativa”, la pro-otanista occidental, los cadáveres de Bucha o de Mariúpol son producto de un “genocidio”, el que estaría cometiendo el ejército ruso después de retirarse en determinadas regiones de Ucrania. Por otro lado, también nos han ido llegando imágenes, sobre todo por vía de redes sociales, que representan castigos y humillaciones realizadas por soldados y oficiales ucranianos, muchos de ellos exhibiendo emblemática nazi, torturando a lo que se supone son colaboracionistas prorusos en Ucrania. Imágenes, en este caso, que cuadran mejor con la “narrativa” del gobierno ruso que justifica la “operación militar especial” (de desmilitarización y desnazificación de Ucrania) en defensa de las regiones del Donetsk y de Luhansk, castigadas en este sentido desde el 2014 por el gobierno ucraniano.

El caso es que, unos y otros pretenden que dichas imágenes son perfectamente ilustrativas, y se utilizan como prueba, de lo que están afirmando acerca de la realidad de la guerra, en una suerte de circulo tautológico o vicioso: las imágenes no son sometidas a investigación o escrutinio, sino que se dan por buenas como prueba de aquello que se afirma sobre la guerra. Para el prootanista, Rusia ha invadido una soberanía que no es la suya, y la agresión a Ucrania es ya genocida en sí misma. Para el proruso, Rusia se defiende de los avances de la OTAN hacia el Este, poniendo a un gobierno títere ucraniano al frente y estrechar el cerco a Rusia.

Pero la geopolítica, como análisis de las relaciones dialécticas entre estados, tiene unos límites estructurales evidentes, y es que cualquier estado oculta muchas de sus actividades, sobre todo si estas son agresivas, frente a otros estados (arcana imperii). Por ejemplo, se habla, por parte de Biden, de una derrota de Putin, y de repliegue hacia el sureste, porque no le salieron las cosas como pensaba. Putin, sin embargo, afirma que la “operación militar especial” se conduce según lo previsto, que era, al parecer, unir los oblast que rodean el Donbás con Crimea. La perspectiva del geopolítólogo, aún la del más perspicaz y clarividente, no deja de estar sometida a esa opacidad de los arcana imperii, de manera que los materiales con los que se pueden trabajar tienen la forma de un iceberg. Existe un trasfondo de relaciones necesariamente ocultas, que marcan la dirección y sentido de los movimientos geopolíticos, pero de los cuales sólo se advierte una pequeña superficie, la parte emergida, que suele ser, además, la más engañosa, deformada por la labor de agitprop.

Así, el ya convencido, en uno u otro sentido, dirá que la verdad de lo que ocurre la dice Biden, en el otro caso que la dice Putin, y las pruebas que se ofrecen, en uno u otro sentido, son de nuevo esas mismas imágenes (iconos) ilustrativas de la propia opinión, pero no de la verdad. Y de ahí, de ese círculo vicioso de la opinión, no se sale. Es decir, que, por más que muchos tengan la pretensión de lo contrario, el camino de la verdad es intransitable a propósito de esta guerra, con noticias completamente envueltas en propaganda de comisariado político (y es que así actúa la inmensa mayoría de la prensa occidental, como la rusa). Lo único que se ofrecen son opiniones, sin base sólida alguna.

Ante ello, me parece pertinente, por higiene mental y, sobre todo, social, reivindicar en este punto el platonismo, en lo que tiene de socratismo (docta ignorancia), dado el ruido que produce ese grillerío de opiniones (diafonía ton doxon) que se agitan, a propósito de esta guerra, tanto en las redes sociales como también, en general, en la prensa diaria. Decía Platón, en el Menón, que las opiniones, si no tienen al lado una prueba sólida son como las estatuas de Dédalo, muy bellas, pero que se esfuman al no tener una base firme que las mantenga sobre la tierra. Pitágoras, por su parte, hablaba del silencio como mejor opción, antes de soltar la opinión indocta.

Pues bien, sobre esta guerra habrá opiniones más o menos coherentes, más o menos eruditas, o más o menos sensatas, pero no dejan de ser opiniones, y, en ese sentido, siguen permaneciendo presas de esas sombras proyectadas en el interior de la caverna. Quizás con el paso del tiempo, cuando más adelante se desclasifiquen documentos hoy secretos, etc, se pueda llegar a saber algo (al proporcionar nuevos materiales no tan distorsionados por la propaganda). Quizás. Mientras tanto, lo mejor, en efecto, es mantenerse ascéticamente en el escepticismo socrático y el silencio pitagórico, y no contribuir a ese ruido de opiniones que agitan los medios de comunicación y las redes sociales.

En definitiva, si lo que vayas a decir, oh tertuliano, oh, youtuber, oh tuitero, no es mejor que el silencio, ¡cállate!

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