lunes, julio 22, 2024
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Geopolítica y opinión (de mierda), una reivindicación del platonismo

La expresión “maestros de la sospecha”, en referencia al triángulo Marx-Nietzsche-Freud, es una expresión que, acuñada por Paul Ricoeur, ha calado hondamente en la bibliografía filosófica. Con ella se refiere Ricoeur a que sendos tres autores (aunque difícilmente armonizables entre sí, sobre todo Marx con los otros dos) arrojan sobre la conciencia -sobre el “ego” reflexivo- la sospecha de estar movida por fuerzas (el ser social, la voluntad de poder, el subconsciente) que la desbordan totalmente. El ego es un momento de lucidez, en un tris de ser inconsistente, expuesto a una dialéctica, a una pugna de fuerzas, de las que nunca puede ser consciente. Digamos que aquel principio antrópico de la homomensura, que había formulado Protágoras (“el hombre es la medida de todas las cosas”), estallaba por los aires con la popularidad de la obra de estos tres autores (por lo menos en su versión divulgativa), dando lugar a una reformulación o nueva fijación del “puesto del hombre en el cosmos”.

En realidad, creemos que este hallazgo de Ricoeur es un falso hallazgo, es un descubrimiento del Mediterráneo, por así decir, porque la filosofía, ya desde Platón, es en general una disciplina de la “sospecha”. El autor de la alegoría de la caverna es el verdadero “maestro de la sospecha” al ofrecer una crítica, sin concesiones, a la conciencia “sensible”, ingenua, lo que él fijó en el ámbito de la “pistis”, o creencia (doxa), cuyo contenido son las apariencias (los “fenómenos”, así les llamó). La realidad se da a través de su apariencia, de tal manera que casi nada, nunca, es lo que parece. Y, sin embargo, las apariencias tienen cierto afán de saturar la realidad, de parecerse lo más posible al ser, pero sin ser del todo. Los esclavos que están encadenados en el fondo de la caverna platónica creen que aquellas imágenes, que están viendo proyectadas sobre la pared, son la realidad en su integridad, ni más ni menos, cuando resulta que, en realidad, no son más que un mero reflejo de esta.

Pues bien, los fenómenos que, como imágenes (iconos o sombras) suyas, proceden de la guerra en Ucrania vienen completamente envueltas por el agitprop de cada uno de los dos bandos, de tal manera que tratar de mantener una opinión o juicio cabal, sólido, acerca de lo que ocurre en Ucrania es prácticamente imposible. Y sin el “prácticamente”. Nos llegan imágenes según las cuales, engarzadas en determinada “narrativa”, la pro-otanista occidental, los cadáveres de Bucha o de Mariúpol son producto de un “genocidio”, el que estaría cometiendo el ejército ruso después de retirarse en determinadas regiones de Ucrania. Por otro lado, también nos llegan imágenes, sobre todo por vía de redes sociales, que representan castigos y humillaciones realizadas por soldados y oficiales ucranianos, muchos de ellos exhibiendo emblemática nazi, torturando a lo que se supone son colaboracionistas prorrusos. Imágenes, en este caso, que cuadran mejor con la “narrativa” del gobierno ruso que justifica la “operación militar especial” (de desmilitarización y desnazificación de Ucrania), en defensa de las regiones del Donetsk y de Luhansk, castigadas en este sentido desde el 2014 por el gobierno ucraniano.

El caso es que unos y otros pretenden que dichas imágenes son perfectamente ilustrativas, y se utilizan como prueba de lo que están afirmando acerca de la realidad de la guerra, en una suerte de circulo tautológico o vicioso: las imágenes no son sometidas a investigación o escrutinio, sino que se dan por buenas como prueba de aquello que se afirma sobre la guerra. Para el pro-otanista, Rusia ha invadido una soberanía que no es la suya, y la agresión a Ucrania es ya genocida en sí misma. Para el prorruso, Rusia se defiende de los avances de la OTAN hacia el Este, poniendo a un gobierno títere ucraniano al frente y estrechar el cerco a Rusia.

La geopolítica, como análisis de las relaciones dialécticas entre estados, tiene unos limites estructurales evidentes, y es que cualquier estado oculta muchas de sus actividades, sobre todo si estas son de hostilidad, frente a otros estados (arcana imperii).

Por ejemplo, se habla, por parte de Biden, de una derrota de Putin, y de repliegue hacia el sureste, porque no le salieron las cosas como pensaba. Putin, sin embargo, afirma que la “operación militar especial” se conduce según lo previsto, que era, según se dice, unir los oblast que rodean el Donbás con Crimea. 

El ya convencido, en uno u otro sentido, dirá que la verdad de lo que ocurre la dice Biden, o que la dice Putin, y las pruebas que ofrecen, de nuevo, son esas imágenes (iconos) que no son sino sombras que, por sí mismas, nada revelan. Es decir, que, por más que muchos tengan la pretensión de lo contrario, el camino de la verdad es intransitable a propósito de esta guerra, con noticias completamente envueltas en propaganda, y lo único que se ofrecen son opiniones (doxa), sin base sólida alguna (episteme).

Y como lo único que se ofrece son opiniones, me parece pertinente, por higiene mental y, sobre todo, social, reivindicar en este punto el platonismo, dado el ruido que produce ese grillerío de opiniones (diafonía ton doxon) que se agitan aquí y allá, tanto en las redes sociales como también, en general, en la prensa diaria. Decía Platón, en el diálogo Menón, que las opiniones, si no tienen una prueba al lado sólida, son como las estatuas de Dédalo: muy bellas, pero que se esfuman al no tener una base firme que las mantenga en pie. Pitágoras, por su parte, decía aquello de que si lo que vas a decir no es mejor que el silencio, cállate. 

Por mi parte, casi prefiero la fórmula irónica de los Punsetes, y que traigo a colación para calificar lo que se escribe y se cuenta sobre esta guerra, en tertulias y mentideros; en columnas y redes sociales; en entrevistas y en canales de Youtube: venga, “que no pase un día sin que des tu opinión de mierda”.

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