domingo, enero 29, 2023
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Felipe II y su reinado inglés

Divulgando que es Historia

Ya habíamos hablado en estos pequeños chascarrillos históricos que el director de El Liberal, don Jano García, me permite cada semana, de cuando nuestro Felipe II fuera rey de Inglaterra y de Irlanda. Pero, ¿cómo fue el reinado de Felipe I de Inglaterra, junto con su esposa María Tudor? Sus capitulaciones matrimoniales aprobadas por el Parlamento de la aún no pérfida Albión, en la Ley de Matrimonio de la Reina María, establecía que Felipe sería considerado y tratado como «rey de Inglaterra» (sic). Y que todas las leyes y documentos que tuvieran que firmarse, tendrían que hacerse con la firma de ambos soberanos, al menos hasta que María siguiera viva. Curiosamente una fórmula parecida a la que tuvo que usar Carlos I de España, su padre, mientras viviera la madre del emperador V de ordinal, doña Juana I de Castilla. La primera reina de todos los territorios peninsulares… menos Portugal. Que ya llegaría tal cosa con su nieto.

Pero centrémonos en cómo fueron las andanzas por esas brumosas tierras en las que don Felipe, devenido también rey de Nápoles para tener igualdad de títulos con su mujer (que, además, era su tía, todo se queda en la familia), tuvo que lidiar. O que tragar, porque las condiciones del matrimonio Felipe nunca las vio ventajosas y, además, la reina no era tan agraciada como parecía en los retratos previos que se intercambiaron. Un ayudante del rey, el fundador de la Casa de Pastrana, Ruy Gómez de Silva, llegó a escribir sobre la reina que era una «buen alma», pero que era (o al menos así lo aparentaba) «más mayor de lo que nos dijeron». El que fuera secretario tanto del padre como del hijo, de Carlos como de Felipe, don Francisco de Eraso, fue mucho más directo: «Mucho Dios es menester para tragar este cáliz; y lo mejor deste negocio es que el Rey lo ve y entiende que no por la carne se hizo este casamiento, sino por el remedio deste Reino y la conservación destos Estados», refiriéndose a los ya complicados Países Bajos.

La gran obsesión de María era el quedarse embarazada, y de este modo asegurar la dinastía sobre la base del Catolicismo, al que se había vuelto. Pero el asunto estaba complicado, y la naturaleza no estaba por la labor. Y eso que don Felipe, velis nolis, cumplía con el sacramento del himeneo, y ella estaba que bebía los vientos por su joven y apuesto sobrino. Que en aquél momento no era ese viejo decrépito de los espantérrimos cuadros de Pantoja de la Cruz, sino un vigoroso mocetón de 27 años. Es curioso que ya Felipe se empezaba a dar cuenta de que la cosa no iba bien encaminada, y se dice que comenzó unos acercamientos con su cuñada Isabel, la que luego sería su némesis cuando ambos alcanzaran sus respectivos tronos en España y en Inglaterra, que incluso pasaron por plantear el posible matrimonio con ella. ¿Se imaginan? ¡De nuevo la ucronía se nos presenta como un increíble «¿y si…?» de inimaginables consecuencias para la Historia universal!

En agosto de 1555, Felipe (recordemos, rey de Inglaterra), partiría para comandar los ejércitos anglos contra Francia en Flandes. Que eso si que es una imagen que nos cuesta siquiera imaginar. La verdad es que, como dijera tras la de San Quintín años más tarde, Felipe no veía gracia alguna en el arte de la guerra, sorprendiéndose que fuera cosa tan del agrado de su padre. De hecho, años más tarde perdería el puerto de Calais, en manos de Inglaterra como último reducto en el continente desde la Guerra de los Cien Años, ante los franceses, cosa que no le granjeó mucha popularidad en su todavía reino insular. Estaba claro que la Providencia no le iba a llevar a ser el Príncipe Guerrero que fuera Carlos V de Alemania, y I de España. Para nada. Un reino que llegó a compaginar ya con el de España, al que subiría en 1556, pasando a convertirse, como se dice ahora de manera cursi e incorrecta, en Rey Emérito su padre Carlos. 

Es curioso comprobar que, durante su estancia en Inglaterra previa a su marcha para tener que tomar las riendas de sus nuevos reinos, abogó por la liberación de aquellos nobles que habían tomado parte en las revueltas contra su esposa María, cuya fama de sangrienta tuvo su contrapartida en la magnanimidad del rey Felipe. Cuya leyenda negra, todo hay que decirlo, para nada se le esperaba, y aún le quedaba muy lejos. Cierto es que trabajó para la total vuelta a la Iglesia de Roma (¡y eso que una de esas mandó al Duque de Alba a luchar contra los Estados Pontificios por sus coqueteos con Francia), pero con mucha mayor mano izquierda que María. De nada sirvió. Al tener que marchar a Flandes, Francia y a España, y tras la muerte de la Tudor sin un heredero para el trono, en 1558, su cuñada a la que quiso casar, se dice que incluso con su hermanastro don Juan de Austria, y seguro que con su primo Manuel Filiberto de Saboya, para asegurar la realidad católica inglesa, subiría como Isabel I al trono inglés. Siendo precisamente reconocida como reina legítima por el propio Felipe el primero, que cesaría de este modo en su reinado por derecho de matrimonio. 

No dejo de darle vueltas a esa tontuna de que se hubieran casado y tenido un heredero, Felipe de España e Isabel de Inglaterra… ¿De verdad que no se lo imaginan?

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