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lunes, abril 19, 2021
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Estamos en guerra y la estamos perdiendo

París, Lyon, Niza, Londres, Berlín, Barcelona, Manchester, Copenhague, Estocolmo, Marsella, Múnich, Turku, etc. Apenas quedan países en los que el terrorismo yihadista no haya actuado en Europa. Ayer le tocó el turno a Viena. La tierra de Leopoldo V de Austria, cuya bandera debe sus colores a él debido a que, tras marchar a las cruzadas para pelear en la batalla de Acre en 1191 sus ropajes de color blanco quedaron totalmente manchados de sangre, excepto la parte que tapaba su cinturón que quedó blanca, sufrió un brutal atentado en pleno centro de la capital del otrora imperio.

La pandemia y los confinamientos nos habían ofrecido una tregua a una guerra que llevamos librando más de una década. Si bien es cierto que es absurdo englobar en el mismo saco a más de 1.300 millones de personas (entre otras cosas porque en ese número de personas es donde se producen el mayor número de víctimas), resulta igual de absurdo negar que existe una corriente fundamentalista dentro del islam que no pretende convivir con nosotros, sino destruirnos. No nos llevemos a engaño, son un problema enorme para la convivencia y la libertad. Los terroristas sólo dejan de matar cuando han vencido o cuando los has vencido. No existe un término medio. Ante esta tesitura solamente tienes dos opciones: acabar con ellos o esperar a que acaben contigo.

El problema se agudiza cuando muchos de los terroristas son ciudadanos que poseen pasaporte europeo, que han crecido y vivido entre nosotros como uno más. Si a ello le sumamos que hemos obviado el problema durante mucho tiempo por la tiranía de lo políticamente correcto impuesta en Occidente, la situación se encuentra en un punto que se antoja casi imposible de resolver. No existe, ni debe plantearse, la expulsión indiscriminada de millones de personas. Sería lo más práctico, sí, pero lo más injusto. Buscar un término medio al problema es muy complicado, pero por suerte otros países del mundo nos han mostrado que es posible. Pero para conseguirlo, hay que aceptar que el islam tiene que ser una religión controlada y aniquilar el buenismo estúpido que nos ha traído hasta aquí. Singapur, que vive ajeno a las chorradas imperantes en Occidente, lo hizo. Eso les ha permitido instaurar una serie de normas tales como:

  1. No está permitido que existan organizaciones islamistas que funcionen al margen del control del Gobierno.
  2. Está prohibido que terceros países financien y construyan mezquitas en territorio singapurense.
  3. Regularmente se envían policías de paisano a las mezquitas para que se cercioren de que no se está dando un mensaje yihadista.
  4. Las mezquitas tienen la obligación de presentar anualmente sus cuentas y detallar de dónde procede el dinero y en qué se gasta.
  5. Las mujeres no pueden utilizar el burka en centros públicos.
  6. A las mujeres musulmanas se les otorga el derecho a divorciarse y son amparadas por la Ley.
  7. Hay dos registros para los matrimonios. Uno el ROMM (para matrimonios entre musulmanes) y otro el ROM (para los matrimonios civiles en los que una de las partes sea musulmán, pero la otra no).
  8. Mohamed Fatris Bin Bakaram, el hasta hace unos meses Mufti de Singapur y máxima autoridad islámica del país, tenía la obligación de presentar al Gobierno quiénes son los que formarán la ‘Majlis Ugama Islam Singapura’ (la institución que rige el islam en Singapur), y es el Gobierno singapurense quien aprueba el nombramiento. Si el Gobierno rechaza a alguno de los miembros, el Mufti tiene la obligación de expulsarlos del consejo y presentar otros candidatos. Aprovecho para recomendar que vean conferencias del Mufti de Singapur, un tipo ilustrado al que da gusto escuchar cómo alaba vivir en un país con tantas religiones.
  9. Para poder residir en Singapur, debes acreditar un puesto de trabajo, que dispones de fondos suficientes para tu estancia en el país en caso de ser despedido y, por supuesto, no está permitido que puedas llevarte a toda tu familia si tu trabajo no te permite costear la vida de tus familiares.

En Singapur, el 17% de la población es musulmana, pero no han sufrido ni un solo atentado. ¿Y por qué no se plantean este tipo de medidas aquí? ¿Por qué hemos de aceptar miles de víctimas por culpa del pensamiento único? ¿Por qué hemos de ver como matan a nuestros conciudadanos en plena calle? Los terroristas no preguntan por ideología, voto, raza, religión o gustos personales antes de apretar el gatillo. Te matan y punto. Cualquiera podemos ser los siguientes y eso es lo que un porcentaje elevado de idiotas no comprende. Por ello, la victoria se antoja cuasi imposible mientras el terror avanza. La sociedad europea ha normalizado lo anormal. Hemos aceptado que es normal que la libertad de expresión esté limitada por un mahometano analfabeto que te degüella por hacer una caricatura de Mahoma. Hemos aceptado que es normal que nos maten mientras paseamos por la calle porque hemos ofendido a la Sublime Puerta en un comentario. Hemos aceptado que tenemos que subvencionar a los que nos quieren asesinar. Hemos aceptado que existan indeseables que justifican la barbarie y hemos aceptado que haya cobardes que callen por temor, como el miserable de Justin Trudeau o una parte de la izquierda española.

Incluso hasta Macron, en un claro gesto de cobardía, habla de resistencia en vez de hablar de atacar. La actitud no es verlas venir y montar funerales de Estado cuando se produce estos brutales atentados. La cuestión es evitar esos funerales y la pérdida de nuestros conciudadanos. Para ello hay que pasar a la acción y extirpar de raíz el problema retirando las subvenciones a los que nos asesinan, limpiando los guetos en los que hemos dejado que impongan la ‘sharía’ en sustitución de nuestras leyes, prohibiendo el uso de vestimentas que son una degradación para las mujeres y expulsando a todos aquellos fichados por los servicios de inteligencia o con antecedentes penales antes de que se lleven la vida de nuestro padre, hermano, madre o hijo. ¿Estamos dispuestos a aceptar que estamos en guerra? Me temo que no.

La voluntad no basta. El lector comprenderá mis pocos ánimos, pero escasos son los motivos para la esperanza en un continente poblado de ancianos a los que no les corresponde esta lucha, jóvenes estúpidos, gobernantes cortoplacistas y medios de desinformación más preocupados de la pantomima que de ayudar a mostrar el verdadero problema.

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