jueves, mayo 6, 2021

España en Alaska

Divulgando que es Historia

Pues aunque suene raro, así fue. Pero la dejamos perder. Verán, en los lejanos tiempos del «tanto monta monta tanto» de los Reyes Católicos, aparece un día un visionario que dice que puede ir hasta Las Indias, etc., etc., etc. Y el caso es que lo hace, aunque Las Indias resultaron ser el Nuevo Mundo. A su vuelta, y eso no se suele decir, visita al Rey de Portugal, que era mayor potencia naval que Castilla, y éste reclama las nuevas tierras descubiertas. Y lo reclama como Rey que era de aquella época, es decir, por unción divina, al representante de Dios en la tierra, esto es, al Papa. Pero sus Católicas Majestades que habían corrido con el gasto, aprovechan la tesitura de que el Papa era español, valenciano por más señas, un tal Rodrigo Borja (italianizado Borgia, que es como es conocido), mas conocido en la Historia como Alejandro VI, y del que hablamos en una anterior entrega en ‘El Liberal’ en esa sección.

El Sumo Pontífice barre para casa y dicta una serie de Bulas (especie de permisos, autorizaciones o concesiones), entre las que se encuentra la denominada Inter Cetera II, por la que se traza una línea imaginaria de Norte a Sur, situada a cien leguas (480 Km.) al oeste de las Islas Azores (las del Anticiclón famoso), y las de Cabo Verde, adjudicando a Portugal las tierras situadas al Este de dicha línea y a Castilla, hacia el Oeste «todo lo hallado y por hallar». con obligación de evangelizar a los que se encontraran allí. Corría el año del Señor de 1493.
Portugal clama, pues la línea está muy cerca de las costas de sus islas. Después de mucho tira y afloja se firmaría el Tratado de Tordesillas, en 1494, por el que se desplaza la línea imaginaria 300 leguas al Oeste de Cabo Verde. De esta forma Brasil será portugués y el resto de América, incluida la del Norte, castellana.

A este «título» se añadió, poco tiempo después, en septiembre de 1513, la reivindicación que Vasco Núñez de Balboa hace, al descubrir el Océano Pacífico, de todas las tierras que lindasen con dicho Océano para la Corona de España. Lo cual era mucha tierra y mucha España, aunque aún no se la pudiera llamar con propiedad de esa manera. Ni al Pacífico todavía, claro.
Tanta tierra había que ir ocupándola por su orden. Y tardamos más de doscientos años en mirar hacia el Norte. Ya estaba en el trono español Carlos III el cual, a través del virrey de Nueva España, Antonio María Bucareli y Ursúa, ordena explorar la costa del Pacífico Noroeste con el objetivo de llegar a los 60° de latitud norte, cerca de la actual ciudad alaskeña de Cordova (sic). Comienzan así una serie de expediciones españolas que, no sólo llegaron a Alaska, sino que obviamente pasarían previamente por California, la bahía de San Francisco (los primeros europeos en llegar allí), Washington (lo que hoy se conoce como Bahía Grenville la llamamos nosotros rada de Bucareli en honor al virrey), y todo una serie de periplos costeros y de interior que se sucedieron hasta 1793. De hecho, es para llorar, el llamado territorio de Nutka comprendía las islas de Nutca, Cuadra y Vancouver; Flores y otras del Estrecho de Georgia; así como la totalidad del actual Coger Mainland en la Columbia Británica, y la mitad sur de esta provincia canadiense; asimismo como gran parte de los estados de Washington, Oregón, Idaho y Montana en los Estados Unidos. Todo eso nuestro. Y todo fue gobernado desde México, de 1789 a 1794, fecha en la que formó parte del Virreinato de Nueva España. Lo dicho, para llorar como Boabdiles por haberlos perdido.

De esa primera expedición señalada, le siguieron varias que citamos apresuradamente: la de Pérez Hernández (1774); la de Bruno de Receta y Juan Francisco de la Bodega y Cuadra (1775). Al mando de éste último, y tras muchas vicisitudes, el barco Sonora llegó, el 15 de agosto, a Alaska, cerca de la actual ciudad de Sitka. Dieron nombre al Puerto de Bucareli (hoy Bucareli Sound), al Puerto de los Remedios y al monte San Jacinto (renombrado tres años más tarde como Monte Edgecumbe por el inglés James Cook); la de Ignacio de Arteaga y, de nuevo, Bodega y Cuadra (1779), con la misión de evaluar los avances rusos en la zona y capturar al inglés Cook (que había muerto asesinado en Hawái en febrero de ese mismo año); la de Martínez y Haro (1788). Fue Martínez quien, en una nueva expedición, recibió la orden de establecer una base española en Nootka Sound, construyéndose el asentamiento de Santa Cruz de Nuca y el fuerte de San Miguel, ocupado, por cierto, por la Primera Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña; la de Hidalgo (1790) que dio nombre a la Bahía de Cordova (sic de nuevo), y a Puerto Valdez; la de Quimper (1790); la de Eliza (1791), la de Malaspina y Bustamante (1789-1794), que en su interesantísima expedición científica alrededor del mundo llegaron a Alaska en 1791. Hoy el Glaciar Malaspina lleva tal nombre en honor al navegante italiano al servicio de España y Brigadier de su Real Armada. Y algunas otras más.
Hay que tener en cuenta que cada vez que desembarcábamos, además de cartografiar la zona, nombrar lugares o estudiar las costumbres de los indios, realizábamos actos de soberanía, algo indispensable en Derecho Internacional para poder realizar reclamaciones.

Poco nos duró la fiesta. Por el Tratado de Adams-Onís o Tratado de Transcontinentalidad de 1819-1821 (antiguamente titulado Tratado de amistad, arreglo de diferencias y límites entre su Majestad Católica el Rey de España y los Estados Unidos de América), cuyas negociaciones se iniciaron en 1819 aunque no fuera ratificado hasta el 22 de febrero de 1821 por ambas partes, España se retiraba del Pacífico Norte, hasta el paralelo 42º. Perdíamos así, no solo la lejana Alaska (más en manos rusas que de anglos, que tiene su aquel que en tiempos pudiéramos decir que España y Rusia fueron fronterizas), sino el territorio de Oregón, Las Floridas, La Luisiana, y la posibilidad de navegar por el Misisipi. A cambio, eso sí, nos quedábamos con Texas.

Pues ya ven, hoy, con la eterna crisis del Petróleo, y nosotros que a punto estuvimos de ser dueños de grandes yacimientos de este preciado oro negro (que lo fuimos inconsciente de ello durante 150 años). Claro que, peor les fue a los rusos, que vendieron finalmente Alaska por unos milloncejos de dólares, y hoy todavía se estarán haciendo cruces (ortodoxas) de su inteligencia.

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